Reprobados
José Carreño Carlón
Desde antes de la jornada electoral de este 6 de julio la primera elección legislativa de medio periodo del
nuevo régimen inaugurado por el presidente Fox el veredicto se veía ya orientado al fracaso de las campañas
multimillonarias realizadas por el Ejecutivo federal y los partidos, en ambos casos con cargo a los contribuyentes.
El fracaso no sólo se expresaba en la prevista baja afluencia de votantes ni en los también previsibles
estancamientos y retrocesos de las opciones que compraron más tiempos y espacios en los grandes medios, o los obtuvieron por las
hoy diversificadas artes de la colusión. Ese fracaso se podía atribuir a una circunstancia todavía más negativa: la derrota
de la política, de sus contenidos esenciales y de sus instrumentos constitucionales.
Así, los más de diez mil millones de pesos (¡mil millones de dólares!) de los contribuyentes o muchos más, si
nos atenemos a la cifra de un millón 800 mil spots que
El Universal le atribuye haber divulgado a la Presidencia en cinco
meses acaso sólo habrán contribuido a un mayor empobrecimiento y a un mayor desprestigio de la política y de los
políticos, de los partidos y de las instituciones del Estado.
En paralelo, este saldo se habrá traducido en un mayor enriquecimiento material y más poder para los grandes
medios de comunicación, a los que los políticos habrán canalizado la mayor parte de aquella suma aportada por los
contribuyentes y a los que esos mismos políticos habrán terminado por transferir el resto de las atribuciones de los
órganos constitucionales de deliberación y adopción de decisiones públicas.
Con ello, adicionalmente, se habrá acrecentado el poder de esos medios, cada vez menos limitados por las leyes y
las instituciones del Estado de derecho y por los órganos de la democracia representativa.
El nuevo capítulo de la transición política mexicana aparece así como una transición regresiva en tanto jalonea
hacia atrás el trecho andado hacia adelante, como el representado por la entrada en vigor, el pasado 12 de junio, de la
nueva Ley de Transparencia y Acceso a la Información.
Con otros importantes pasos acumulados en los últimos lustros, esta ley contribuye al objetivo de seguir dejando
a los poderes públicos cada vez más acotados empezando por el presidencial y a dejar, también, a cada vez
menos actores de la vida pública, por encumbrados que se encuentren, al margen de la presión social para que informen,
rindan cuentas y asuman sus responsabilidades.
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Foto: Gustavo Guevara |
Sólo que, en contraste, este paso hace más ofensivamente visible el único coto de impunidad que va quedando en
la sociedad mexicana: el de los detentadores, los controladores (desde la inversión publicitaria y accionaria) y los
operadores de los grandes medios de comunicación. A ellos se unen, temporalmente, otros actores en el disfrute de la
impunidad y de la promoción que otorga este nuevo poder dominante: sus elegidos como los gestores y representantes de
sus intereses en los órganos del Estado, los federales y los locales, los ejecutivos, los legislativos y los judiciales.
Así, al lado de las bajas sufridas en el campo del poder político como resultado del deterioro del debate electoral
de este año y de las primeras revelaciones propiciadas por la Ley de Transparencia, en la siguiente columna del
balance tendría que aparecer, consolidado, el poder de los nuevos intocables, inalcanzables por la crítica de los propios
medios, por grotescos que resulten sus excesos en el manejo de sus negocios, sus abusos en el manejo de la información y de
la opinión y sus desplantes en el manejo de las políticas y las decisiones públicas.
Estos poderes no sólo aparecen intocados por la crítica, sino, además, se suelen presentar por los mismos medios
bajo su control, como los nuevos objetos del deseo de los comunicadores, los nuevos merecedores del reconocimiento
social, y los nuevos blancos de la admiración y de la adulación de los espacios mediáticos. Esto último, a extremos que ya
hubieran envidiado los más adulados por los mismos medios hombres del poder político del antiguo régimen.
Y queda un panorama todavía más desolador en el campo después de la batalla electoral de este año: el
vaciamiento de la política, como llamó el Círculo de Montevideo a su más reciente seminario celebrado en Buenos Aires, del que
dio cuenta Joaquín Estefanía en El País
del 16 de junio, en relación con el Informe sobre el desarrollo democrático en
América Latina que publicará dentro de tres meses el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
En el seminario de Buenos Aires se dio a conocer una encuesta según la cual 60% de los latinoamericanos se
dicen demócratas pero 30% de ellos afirma estar dispuesto a apoyar un golpe militar si ello le va a arreglar sus
problemas económicos cotidianos. Mientras que interrogados los latinoamericanos sobre quién manda
realmente en sus países, un porcentaje creciente, distinto en cada sitio, opina que las empresas financieras influyen más que el Estado, los
partidos y sindicatos e incluso que los militares.
El vaciamiento de la política tendría que ver con un desplazamiento del poder desde los entes electos hacia
otros poderes fácticos que tienen intereses distintos de los generales, en los términos, recordados por Estefanía, del
concepto de complejo militar industrial acuñado hace más de medio siglo por el presidente Eisenhower. Hace décadas, en
México reciclamos la distorsión política señalada por Eisenhower con el concepto de
complejo político empresarial de
control de los medios, que más recientemente ha devenido, como lo muestran las campañas de este año, en un
complejo mediático empresarial de control de la política, de sus procesos y de sus instituciones fundamentales. El orden de
los factores sí altera el producto, pues mientras en los 70 y hasta los 90 del siglo pasado la rectoría del complejo se
ubicaba en el poder político la Presidencia de la República a la cabeza y ejercía un control sobre los medios, con el cambio
de régimen el complejo está regido por el poder de los medios, que ejercen ahora un control determinante sobre la política.
En México, este año, el vaciamiento de la política quedó de manifiesto también en la ausencia de propuestas
legislativas en una elección legislativa que no fueran las grotescas ofertas-señuelo de artículos gancho lanzadas a las clientelas
de los más llamativos mercados de votantes de la temporada (ancianos y parejas jóvenes, por ejemplo).
Esa vaciedad fue más elocuente en la abundancia de mensajes negativos y comparativos aptos, en el mejor de
los casos, para reforzar los efectos de polarización favorables a las opciones propias el voto duro de cada partido y
para reproducir actitudes de crispación y conductas adversarias hacia las opciones descalificadas por dichos mensajes,
pero ineficaces para generar la disposición de los votantes no comprometidos la mayoría absoluta del padrón con la
patética invitación que al final de cuentas ofrecieron las campañas vistas en conjunto: la invitación a escoger entre los malos
y los peores.
Y esa vaciedad fue acaso más evidente a la vista de los restos que dejaron en el campo y en las ciudades las
tácticas de mercadeo y envoltura
(marketing y packaging) de los partidos: la sensación de un muladar nacional de
empaques, etiquetas y presentaciones sin contenido posters, anuncios espectaculares, pasacalles y otras baratijas, por lo
demás, muy costosas: envolturas que al final nada envolvían ni una sola idea, ni un solo programa dignos de esos
nombres pero que ensuciaban calles y caminos, cerros y edificios, como extensiones de los ecos contaminantes que en el
plano auditivo y visual rebotaron de unos a otros espacios de la radio y la televisión.
En cuanto a las pocas y sesgadas referencias a lo que podría remotamente llamarse programas electorales para el
Poder Legislativo, la vaciedad regresiva manifiesta en las campañas del Presidente y los partidos mostró este año un nuevo
rostro del arraigo de la cultura política de subordinación de la función del Poder Legislativo al Poder Ejecutivo: en la
elección federal para renovar la Cámara de Diputados del Congreso federal las campañas no estuvieron orientadas a "posicionar" estrategias o programas legislativos, sino para "posicionar" a los partidos y a sus caudillos en pugna para la
elección presidencial de 2006.
Es en ese plano el de la suplantación del Poder Legislativo por parte del poder presidencial, que se puede
afirmar que el mal ya estaba hecho para la institución presidencial y para las demás instituciones del Estado cuando, 20 días
antes de la jornada electoral, el presidente Fox accedió a responder a la crítica creciente y a la exhortación del Instituto
Federal Electoral, que marcaban la anormalidad democrática originada en el antiguo régimen, pero multiplicada y defendida
con las uñas por el nuevo, de pagar propaganda gubernamental del Ejecutivo, hoy abierta autopromoción
presidencial, sostenida con los recursos de los contribuyentes y asociada a la propaganda electoral del partido del Presidente.
A cambio de nada a la vista del resultado que se veía venir en las urnas el Ejecutivo empeñó el resto de su
margen de negociación con el poder mediático al recibir horas y horas de promoción, compradas con recursos monetarios y
con créditos fiscales en rigor, monetarizables previstos en la anacrónica normatividad del ramo, y probablemente
completadas como ha sido tradicional con "pilones" con cargo a nuevas concesiones políticas como la del decreto del
10 de octubre pasado. Más privilegios, más poder y más dinero para el complejo mediático empresarial que opaca,
diluye y está terminando por subordinar a los poderes y a los actores públicos.
Pero hay, además, con cargo a estos costos a cambio de ningún beneficio electoral, una larga lista de regresiones
en la conducta presidencial. De regresiones sin sentido:
La anormalidad democrática del viejo régimen impensable en los regímenes democráticos modernos constituida
por la transferencia de fondos del gobierno a los medios y/o a sus operadores, para fines de autopromoción, creció en
cerca del 100% del presupuesto de 2000 último del antiguo régimen al presupuesto de 2003.
Entre las entidades que más fondos transfieren a los medios se encuentran las empresas del Estado del ramo
de energéticos (Pemex, CFE) y de seguridad social (IMSS) que imponen sus bienes y servicios (caros e insatisfactorios) a
un mercado cautivo, en condiciones monopólicas, por lo que esas transferencias no se explicaron en el antiguo régimen
y no tienen hoy otra explicación que la de perpetuar las relaciones y la cultura de colusión entre el poder público y
los medios.
Nunca se vio en el antiguo régimen el uso que se dio este año a la figura presidencial, con un Presidente de la
República habilitado como modelo de su propia publicidad, actuando en spots de radio y televisión en los cuales el
modelo-presidente trató de vender las bondades de los programas del gobierno a través de diálogos simulados con otros
modelos que pretendían representar los papeles de las clientelas a las que se dirigen esos programas. Fue éste quizá el
recurso más controvertido de la temporada y tal vez el más costoso para la imagen presidencial.
Fue ésta, además, una transgresión de mayor monto que las que perpetraba el antiguo régimen al principio de
equidad en este rubro: el número de impactos de la promoción presidencial casi triplicó los impactos y la visibilidad de
la promoción del partido del Presidente y de todos los partidos, según la mencionada publicación de
El Universal del 17 de junio con la particularidad de que ambas promociones fueron organizadas bajo el mismo concepto rector del
plan de campaña electoral del PAN.
A la hora de defender lo indefendible de esta situación desde una perspectiva de normalidad democrática, como
la supuestamente alcanzada con el nuevo régimen, los voceros del Presidente y del PAN no se limitaron a repetir las ya
de por sí inconvincentes justificaciones del pasado régimen que el gobierno no tenía por qué dejar de "informar" de
los bienes y servicios que ponía al alcance de la gente o que tampoco podía detenerse la acción gubernamental sino
que incluso fueron más lejos: desde la extravagante declaración del funcionario de la Presidencia que advirtió que "no
le conviene a nadie pegarle a Fox" (es decir, criticarlo por el abuso mencionado) porque "es como si tú eres cristiano y
yo insulto a Dios", por lo cual, concluyentemente, "no puedes competir con un cuate que trae una calificación y una
aprobación de su gobierno y de su persona como las suyas", hasta la, otra vez regresiva, respuesta de un joven senador
panista que atribuyó las críticas a la campaña del gobierno en favor del partido del Presidente, al pasado autoritario y
perverso de los críticos, probablemente desconociendo que en el antepasado, precisamente, las quejas panistas ante los
abusos, trapacerías, injusticias e inequidades electorales, eran sistemáticamente respondidas en el antiguo régimen con el
mismo recurso del que echó mano el joven panista: los quejosos del PAN respondían los voceros del viejo régimen
provenían de las cavernas ideológicas y criminales de la historia de México, eran descendientes de Victoriano Huerta, de
Maximiliano y del Lucas Alamán sostenedor de Santa Ana, lo que los inhabilitaba para la protesta.