Aleida Calleja
En agosto de 2002, la AMARC hizo el Primer Festival de los Medios Comunitarios y Ciudadanos en el país, para mostrar el quehacer de decenas de comunidades que querían el reconocimiento del Estado para tener sus propios medios, y cesara la persecución de las autoridades federales. Este festival congregó a más de 100 emisoras de
inspiración comunitaria.
A partir de eso la entonces directora general del IMER, Dolores Beistegui, tuvo la idea de que la histórica frecuencia que ocupaba la XEQK, que durante décadas dio la hora minuto a minuto, fuera utilizada para que
grupos ciudadanos transmitieran.
Pasaron muchas reuniones para concretar lo que hoy conocemos como la Radio Ciudadana del IMER, ahora en la frecuencia del 660 de AM. En algunas, como AMARC estuvimos a punto de no aceptar nuestra participación pues en su momento esto quería ser utilizado por una parte del sector gubernamental como la solución a la demanda de las comunitarias de contar con frecuencias propias, lo cual no se acercaba en los más mínimo a nuestro planteamiento de hacer efectivo el derecho de las comunidades a operar sus propios medios. (El momento tampoco era propicio para otras organizaciones que veían la transformación de esa frecuencia como estrategia dilatoria para que las organizaciones de la sociedad civil dejaran atrás el reclamo público del tristemente famoso decretazo.)
Dentro de las múltiples discusiones entre diferentes actores sobre esta propuesta, quedaban claras tres ideas. La primera era la necesidad de que un medio como la XEQK había dejado de tener su razón de ser con la programación contenida. La segunda era la demanda de muchos grupos ciudadanos que querían espacios donde expresar sus ideas, sin necesariamente operar de lleno un medio, pues sus objetivos y razón de ser, no eran esos. La tercera establecía la necesidad de implementar un proyecto radiofónico nuevo, que pudiera demostrar la posibilidad de la participación ciudadana, para que los medios del Estado caminaran hacia un modelo público porque aunque en nuestro país los medios pertenecientes a instituciones públicas se denominen a sí mismos como medios públicos, es más el pronunciamiento de una aspiración de lo que quieren ser y no de lo que realmente son, pues al no tener autonomía, independencia y participación asegurada de otros sectores de la sociedad en sus órganos de gobierno, les hace imposible cumplir con dicha definición.
Participé durante cuatro años en el Consejo de Programación de la Radio de los Ciudadanos, que después se llamó Radio Ciudadana a exigencia de algunos grupos feministas que consideraron su visión de género en el nombre (algo en lo que no estuve de acuerdo, pues para nuestro movimiento una radio ciudadana hace referencia a un medio que es propiedad de un grupo ciudadano, y en este caso la propiedad del medio es de una institución de Estado). Pero más allá de eso, a un tiempo de haber salido de ese consejo, creo que aún persisten retos, resistencias y algunos logros de esta experiencia.
El primero de ellos es que si bien es cierto que la creación de un Consejo de Programación y la apertura de la frecuencia para que distintos grupos ciudadanos participaran en su transmisión con distintos mensajes y propuestas de perspectivas sobre diversos temas de índole social, era la posibilidad concreta de ir hacia un modelo de radio pública, y que la frecuencia dejara de ser una radio oficial. La discusión al interior del Consejo Ciudadano, en aquellos tiempos, se centraba en encontrar respuesta a algunos retos: ¿a qué perfil debería responder?, ¿cuál era su auditorio?, ¿cuál debería ser su misión y visión?, ¿cuál su definición editorial?
Aunque se avanzó en documentos sobre su misión y visión, el resto de las preguntas creo que hasta el momento no tienen respuesta clara. La razón de ser de una radio es ciertamente transmitir ideas e información, pero lo es también que del otro lado alguien esté escuchando. Desde mi punto de vista el proyecto de la Radio Ciudadana se sigue debatiendo en el dilema de la pluralidad y la definición de un perfil editorial, artístico y de auditorio de la radio (la identidad sonora de la radio), y más que acercarse a un modelo de radio pública, se acerca más a un modelo de open channel (canal abierto). Me explico.
El open channel, modelo en Estados Unidos y algunos países de Europa, son canales de televisión o frecuencias de radio que el Estado pone a disposición de grupos ciudadanos muy diversos para que emitan sus mensajes. Así que lo mismo en una hora están las feministas que en la siguiente los evangelistas y luego los anarquistas. Tanta diversidad sin una columna rectora editorial, que ordene la programación, entre otras, no hace un público cautivo, por ello sus audiencias son tan pequeñas. La diferencia entre el modelo europeo y el de Estados Unidos, es que en el primero opera directamente el medio una instancia de gobierno, mientras en el segundo es una organización civil que lo tiene por concurso abierto.
Una regla básica en ambos modelos es que hay un derecho y una obligación para los grupos ciudadanos de recibir capacitación previa a la transmisión de su programa, pues dentro de las organizaciones con frecuencia no existe formación desde una lógica mediática; suele pensarse que hacer radio es abrir el micrófono y hablar. Un reto básico de la Radio Ciudadana debiera ser dotar de esta capacitación a los grupos antes de entrar al aire y no después, así como que ésta sea sistemática, pues de otra manera información de gran calidad se pierde por no tener el tratamiento radiofónico que debiera, y termina por ser muy pesada para el lenguaje radiofónico.