Javier Ordóñez
Durante el fin de semana que inició el viernes 17 de marzo, aproximadamente 300 mil personas compraron boleto en
la taquilla de algún cine para ver Un papá con pocas
pulgas de Walt Disney Productions, mientras que la mitad, otras
150 mil, prefirieron hacerlo para ver la película dirigida por Luis Estrada
Un mundo maravilloso. Las dos cintas se
estrenaron en México el mismo día.
Lo anterior estuvo lejos de ser indicador de un éxito taquillero para ambas, pero en el caso de la mexicana ocurrió
a pesar del intenso recorrido por los medios que el director Estrada, animado por la posibilidad de hacer de su obra
un fenómeno político y social, realizó por diversos espacios informativos tratando de convencer al público de que su
película era, como lo declaró a La
Jornada, "una sátira del sistema político y económico que vive el país" y un "mural en el
que estamos representados todos", que surgía de la lectura de que "el país está parado en una bomba de tiempo social".
Por su parte, el actor principal de
Un mundo maravilloso, Damián Alcázar, se sumó a los esfuerzos publicitarios
del director con declaraciones como las que días después hizo al mismo periódico donde afirmó entre otras cosas que "el
país va directamente a la ruina con este gobierno" y que la cinta "es para que nos pongamos a hacer algo, porque si ahora
las cosas están mal, mañana estarán de la chingada".
Como aportación adicional a esos esfuerzos promocionales, dos días antes del estreno los directivos de la
distribuidora Twentieth Century Fox, experta en exprimir dinero a cualquier cosa que se pueda presentar como película, hicieron
alarde de creatividad publicitaria al ordenar añadir a sus inserciones en las secciones de cartelera de los diarios un letrero
que decía "bienvenidos a foxilandia".
El propósito era simple, seis años atrás existieron en México circunstancias que permitieron que otra cinta dirigida
y estelarizada por la misma fórmula Estrada-Alcázar,
La ley de Herodes, diera ese paso tan importante para las
producciones cuyos méritos cinematográficos no alcanzan para llenar las salas, que consiste en generar o al menos acercarse a la
posibilidad de un escándalo.
En los últimos años, muchas películas trataron de ser llevadas por sus productores y distribuidores por ese
rentable camino en el que su publicidad se convierte en provocación. Unas con más éxito que otras, pero tal fue el caso de
El crimen del padre Amaro, Y tu mamá
también, La pasión de
Cristo y conejo en la luna por sólo mencionar algunas.
Sin embargo, será que las segundas partes nunca fueron buenas, pero la ruta polémica y taquillera
de La ley de Herodes estuvo cerrada para su sucesora
Un mundo maravilloso. Las causas radicaron quizá en las películas mismas y otro
tanto precisamente en que se trata de contextos diferentes.
La reflexión del personaje central de
Un mundo maravilloso en relación con que "¡Es mejor un día como rico que
una vida de pobre!" se convierte lo mismo en el grito de guerra que a lo largo de una irregular trama se lleva hasta sus
últimas consecuencias, que en el concepto rector de la publicidad de la película.
En una sociedad tan desigual como la nuestra y en un momento en el que el debate y las campañas políticas se
construyen mediante el énfasis en las dramáticas diferencias entre ricos y pobres para llamar la atención, hacerse de clientela y
ganar votos, no es extraño que surja una película como ésta y que los ejecutivos de Twentieth Century Fox la vean como
un producto con gran potencial.
La primera mitad de la película tiene buenos momentos en los que logra caricaturas ingeniosas y eficaces del
discurso y del modo de ser y reaccionar de algunos actores políticos y gubernamentales, además de una parodia de los medios
de comunicación que más allá de lo periodístico informan sobre los asuntos públicos a partir de sus particulares
prejuicios, intereses e interpretaciones de la realidad.
Sin embargo, en la medida en que se acerca a su final, la cinta pierde ritmo y se vuelve lamentable. Los chistes caen
en lugares comunes o son relevados por secuencias más bien melodramáticas, hasta llegar al desenlace de las aventuras
de Juan Pérez, el personaje de Alcázar, que resulta francamente sórdido.
Si Un mundo maravilloso quiso funcionar o ser aprovechada como panfleto político u otra forma propagandística
en favor o en contra de alguna de las ofertas electorales que hoy se disputan los votos, resultó ser un intento muy torpe y
muy probablemente sus efectos resulten contraproducentes. Si la empresa distribuidora piensa seriamente que lo que se ve
en su película es "foxilandia" y eso le parece chistoso, nos preguntaríamos si el final de la cinta les mueve a la risa o les
da ideas para Un mundo maravilloso 2.
Por lo pronto, el resultado de taquilla apunta a que el público no llegó a verse representado en este "mural" de
"foxilandia" y que tampoco apreció demasiado lo que vio en la pantalla como una sátira política inteligente, ni como una
simple comedia, ni mucho menos -esperemos- como la propuesta movilizadora de la reflexión a la acción en los términos en
los que Alcázar lo planteó al diario citado, que por cierto fue el rotativo más entusiasta en hacer eco del potencial social
y político de la película.
Hoy en México se exhibe prácticamente cualquier cosa que no esté expresamente prohibida por la ley. Por más que
se busque topar con una reacción en contrario de la autoridad, está visto que el gobierno actual no interpone censura
ni límites extralegales a la difusión de contenidos por provocadores o irresponsables que resulten, al margen incluso
de juicios sobre su calidad. No ha podido, no ha querido o ninguna de las dos cosas, y al término de su sexenio parece
haber declinado ya de cualquier intento por hacerlo.
Esto es una pésima noticia para los vendedores de películas y escándalo, aunque no deja de ser una paradoja
considerando las ideas y actitudes marcadamente conservadoras de algunos funcionarios foxistas. Pero es sobre todo un indicador
de que en algunas áreas existen instituciones que cuentan ya con servidores públicos y con reglas capaces de garantizar
-al menos hasta ahora- su buen funcionamiento al margen de quienes las dirigen. Esto es una buena cosa de la democracia.
Por supuesto que el ejercicio pleno de la libertad para decir, hacer, exhibir y ver lo que nos dé la gana no es de
ninguna forma una concesión gubernamental. Ha sido una decisión de los ciudadanos que no acepta retrocesos.
En este mismo sentido, otra buena noticia podría ser que tal vez una porción cada vez mayor del público
mexicano comienza a generar una actitud más crítica frente a la oferta de contenidos de los medios, ejerciendo su derecho de
exigir una mayor calidad, premiando los buenos productos y castigando con su indiferencia a los demás, entre los cuales le estarán dando ya la bienvenida a Un mundo maravilloso y de paso a Un papá con pocas pulgas.