Periodistas, sin rigor ni disciplina
Rubén Álvarez Mendiola
Cuando se trata de defender el ejercicio periodístico, casi la totalidad de los periodistas nos llenamos la boca
con palabras fuertes y nombres propios muy importantes.
Así, cuando nos tocan con el pétalo de una rosa invocamos de inmediato la libertad de expresión (libertad que,
a estas alturas, ya tiene connotaciones verbales sacras) o la supuesta responsabilidad que tienen los medios de
vigilar a los poderes establecidos sin que nos hayamos puesto de acuerdo, si acaso, en cómo lo vamos a hacer ni en
quién va a vigilar a su vez que los medios hagan bien las cosas, y cuando nos equivocamos afirmamos que todo lo
escrito o dicho responde de pe a pa con nuestros códigos de ética imaginarios o reales, en vez de reconocer los
errores, asumirlos y corregirlos.
Se ha descubierto, decía una periodista radiofónica, que decir la verdad es un buen negocio, pero a la
misma profesional con frecuencia se le olvidaba agregar que esa verdad debe ir acompañada de menos plegarias en
alusión a la libertad de expresión y de más rigor y disciplina periodísticas, es decir, de un esfuerzo a veces ni siquiera
titánico por escribir o hablar con sencillez y claridad, buscando servir a los públicos a los que nos dirigimos. La
información, ya se sabe, es un bien público. Pero la responsabilidad de transmitirla, escribirla, decirla o leerla con rigor
profesional, es exclusiva de los periodistas.
Como vivimos un momento de transición (que será largo y que, por lo mismo, no percibimos día con día),
la locuacidad se nos da a los periodistas. Así, todo se vale: los asuntos de mayor calado e importancia nacional
e internacional son relegados, para dar lugar a los juegos de sombras, las dribladas verbales, los quiebres de cintura
o las machaconas zancadillas para ver quién resbala. ¡Defendamos la libertad de expresión!, sí, pero, ¿de quién
la defenderemos?, pues inclusive de algunos periodistas y dueños de medios que la pervierten. ¡Defendamos la
libertad de expresión!, sí, pero, ¿para qué?, pues, para como están las cosas, parece que hay que defenderla para
enterarnos (y aburrirnos) todos los días de las aspiraciones presidenciales de la señora Marta Sahagún o de lo bien o mal que
lo hace Andrés Manuel López Obrador en su camino a Los Pinos. Con esto sólo conseguimos irritar a un
público televidente o radioescucha que es mucho más inteligente de lo que los profesionales pensamos, pero que lo
queremos sorprender con misterios similares al de la nieve a que hicimos referencia aquí en la entrega anterior: si hace frío,
la temperatura desciende a ciertos grados y hay viento, pues sí, cae nieve, ¡ah!, ¡oh! ¡qué perspicaces son estos
muchachos de la prensa!
A los periodistas y a sus jefes les da pereza pensar en que esta profesión no se inventó para reproducir las frases
de los funcionarios hasta el hartazgo. Pero parece que no se enteran o si se enteran no se les ocurre nada para hacer
algo diferente. Y creemos que así se comporta o se debe comportar la sociedad de la información, aunque sea poco lo
que aportemos para la construcción de una sociedad del conocimiento. Gracias a los medios masivos de
comunicación, ¿conocemos más y estamos mejor documentados los mexicanos sobre las carencias en educación?, no. ¿Tenemos
una idea mediana de la repercusión de la crisis de Haití en el contexto geopolítico latinoamericano?, no. ¿Entendemos
la dinámica electoral estadounidense y sus repercusiones en las relaciones bilaterales (para referirnos a lo local) o en
el escenario internacional (para pensar en lo global)?, no. ¿Podemos contar historias de la gente, de las empresas, de
las organizaciones sociales, de la criminalidad como radiografía del malestar social? Sí. ¿Las contamos?, No, o casi no.
¡Cómo te queremos, Ryszard!
De nuevo: de dientes afuera hablamos de profesionalismo, de periodismo comprometido con la verdad, de
ética. Y de todos los nombres propios que más nos gusta citar, como si la sola invocación nos cubriera con el manto
sagrado de la responsabilidad y de la ética, surge como si de un campeón olímpico se tratara el de Ryszard Kapuscinski.
Haga usted la prueba: tome a un periodista, el que sea, sin importar nivel o jerarquía, sin que sea relevante que
tenga un micrófono o aparezca en la pantalla de su televisor. Pregúntele sobre el periodista de origen polaco y
seguramente le dirá algo así: "Pero, ¿qué me pregunta?, ¿está en sus cabales?, ¡cómo no lo voy a conocer!, si es un maestro.
No, no un maestro: un maestrazaso. Mis respetos, caray". Y si usted se aventura más y le pregunta al mismo
periodista de su elección si está dispuesto, como Kapuscinski, a estar en el lugar de los hechos, ver, oír, compartir y pensar,
dirá que claro, que cómo no, que cómo se le ocurre dudarlo, aunque luego no sea cierto.
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Paty Chapoy |
Siempre hay un ejemplo a la mano: Paty Chapoy, conductora de
Ventaneando en Televisión Azteca, se ha
presentado en todo momento como periodista antes que como chismógrafa. Es bueno saberlo. Sin embargo, nunca
entendí por qué Chapoy adelantó la noticia de la muerte del ex presidente José López Portillo casi tres horas antes de que en realidad ocurriera. Y lo que en verdad me mató a mí fue que lo dijera con la misma sonrisa con la que se
informa, pongamos por caso, que la primavera ya llegó. Minutos después, Sasha Montenegro, la última esposa de
López Portillo, confirmó a Ciro Gómez Leyva en su programa de radio, que, en efecto, el ex presidente había fallecido.
¿Y sabe cuál fue la fuente de la señora Montenegro? ¡Paty Chapoy!
A las seis de la tarde, es decir, dos horas y 15 minutos antes del fallecimiento real, Carmen Beatriz López
Portillo declaró a José Cárdenas, de Radio Fórmula, que la salud del ex presidente era estable. Televisión Azteca,
mientras tanto, continuaba. Paty Chapoy, toda sonrisa, informaba que otra periodista de gran solidez y serenidad, Lolita de
la Vega, ya se había trasladado a la casa de Sasha Montengro, lo que era toda una demostración de que López
Portillo ya había fallecido. Un señor bobo que acompaña a Chapoy preguntó: "¿Nunca te ha dado un retortijón?" y se escucharon risas de los tertulianos. López Portillo, se infiere, no estaría muerto sino apenas habría padecido
un retortijón.
Lo verdaderamente simpático del caso es que el principal lector de noticias de esa televisora, Javier Alatorre,
entró a cuadro poco después de las seis de la tarde para referirse al mar de confusión que había en torno a la vida de
José López Portillo. Pero ¿quién creó esa confusión? ¡Televisión Azteca! Como la ética nos envuelve a todos a
mañana, tarde y noche, qué tal que Alatorre hubiera dicho: "Ofrecemos una disculpa al público televidente porque en
el programa Ventaneando, que conduce Paty Chapoy, adelantó indebidamente la información de la muerte del
ex presidente José López Portillo. A sus familiares les ofrecemos también una disculpa por el posible daño que
pudiéramos haber causado de manera involuntaria. Y disculpen también la sonrisa de la conductora que, naturalmente,
no venía a cuento. Del tonto que dijo lo del retortijón, mejor ni hablamos".
¿Estuvo Paty Chapoy en el lugar de los hechos, vio, oyó, compartió y pensó? Porque esto es justamente lo
que Kapuscinski pide a los reporteros que hagan. Es más, el periodista nacido en Polonia en 1932, define esa
cualidades como Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir,
pensar), título del primer volumen de la
colección Nuevo Periodismo, que edita el Fondo de Cultura Económica y dirige el periodista y escritor argentino Tomás
Eloy Marínez. Se trata de una serie de libros de distribución gratuita, auspiciada por la Fundación para un Nuevo
Periodismo que preside Gabriel García Márquez.
Citar a Kapuscinski sin intentar mínimamente hacerle caso y poner en práctica sus recomendaciones es un
contrasentido, una forma de hacernos tontos, una manera de mentir al hacer caravana con sombrero ajeno.
Desde luego, podríamos transcribir largas citas de este texto de Kapuscinski, pero prefiero, para los efectos de este compás, ofrecer sólo esta, que es respuesta a una pregunta específica:
"No creo que un periodista de verdad pueda ser cínico. De hecho, durante toda mi vida no conocí a uno que lo
fuera, y me permito decir que traté con varios.
"Eso se debe a que nuestro éxito profesional depende de los otros: no podemos ser cínicos porque la esfera en
la que desarrollamos nuestra profesión se construye entre nosotros y los otros. Ahí se juega todo: la gente nos mira
y nos evalúa, constantemente, y advierte la diferencia entre un periodista que pregunta sobre problemas que
realmente lo preocupan y otro que llegó al lugar para obtener un par de respuestas sin compromiso alguno, y partir.
Sin empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia, no es posible compartir los dolores,
los problemas, los sufrimientos y las alegrías de la gente.
"Insisto: el tipo de relación que establezcamos con el otro definirá nuestro trabajo: si fallamos en este sentido,
no podremos hacer bien nuestra profesión; a la inversa, si establecemos intercambios humanos intensos y ricos,
encontraremos la fuente de nuestro material".