La década perdida del cine mexicano
Víctor Ugalde
El primero de enero de 94 dejó huella permanente en la vida de México. Dos hechos nos marcaron: el
levantamiento zapatista y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLC). Hasta el momento
son conflictos vivos que siguen demandando urgentes resoluciones y mientras no se haga algo habrá inestabilidad e
incertidumbre en el futuro de la nación.
Una década después, se podría afirmar que por los efectos del TLC en la industria cinematográfica nacional gran
parte de los artistas y productores dedicados a la creación cinematográfica de nuestro país han pasado a engrosar las filas
del desempleo y la pobreza. Con el tratado se destruyó, en unos cuantos años, lo que tardó más de seis décadas
en construirse: un cine fuerte con identidad propia.
Hace diez años, los promotores de la firma del TLC sostenían que con el acuerdo trilateral nuestra economía
recuperaría su dinamismo, se incrementarían los niveles de la producción, ampliaríamos los mercados gracias a las exportaciones,
se diversificaría la oferta nacional y se reducirían los precios de los productos, además de que disminuiría la inversión
estatal, la burocracia y un largo etcétera de sin razones.
A principios de los 90, previendo las graves consecuencias negativas que implicaría dejar en manos de los
grandes monopolios transnacionales el futuro del cine mexicano, algunos cineastas nos opusimos y exigimos que se dejara
fuera del tratado la producción cultural cinematográfica. Los tecnócratas en turno se desentendieron de la petición
aduciendo que nuestro cine resistiría los embates del libre comercio tal y como había resistido nuestra cultura por mas de 30
siglos. ¡Grave error!
Inteligentemente, Canadá mantuvo al margen del tratado sus industrias culturales, creando un capítulo de
excepción y los resultados positivos saltan a la vista. A la fecha mantiene constante su producción de 60 largometrajes al año
y destina más de 400 millones de dólares canadienses al estímulo de su cine. Gracias a esta prevención conservó
su autonomía en la toma de decisiones para beneficiar el fortalecimiento de su expresión cinematográfica.
Estados Unidos vio crecer su producción de 459 largometrajes que realizaba a principios de los 90 a 680
largometrajes anuales en tiempos del TLC, logrando un crecimiento de 32.5% en el periodo. Esto fue posible gracias a su política
de apoyo a la producción en 37 de sus 50 estados, los millonarios incentivos fiscales que otorga a sus productores y el
control oligopólico que mantiene de los mercados del área.
Los resultados en México, que junto con EU incluyó al cine en el sector servicios transfronterizos, han ido
exactamente en sentido contrario. En diez años, la producción de largometrajes cayó a niveles alarmantes para un país con más de
100 millones de habitantes y el mercado hispanoparlante más grande de América. De 1994 a 2003 la producción de
películas mexicanas se redujo de 747 películas que se realizaban en la década anterior a sólo 212 largometrajes. La caída
fue superior a 71.62%. Al dejarse de producir 532 filmes se creó un brutal desempleo con el consecuente cierre de
empresas, la reducción del pago de impuestos, la subutilización de nuestra capacidad industrial instalada, la caída de
nuestras exportaciones y el incremento de las importaciones de películas extranjeras. Drásticamente se redujeron las
posibilidades de expresión de los artistas mexicanos y la comunicación con su público, baste como ejemplo señalar que en 2002
sólo 9% de los mexicanos consumieron cintas nacionales y 80.32% se formó sentimental e ideológicamente con cintas
de origen estadounidense. Por esto hemos llegado al grado de convertirnos en el quinto exportador de regalías por
consumo de productos audiovisuales de Estados Unidos.
Las compañías de la iniciativa privada son las que más resintieron los efectos del tratado. El 90% de los
productores en activo no alcanzan a recuperar lo invertido debido sobre todo a que los distribuidores y exhibidores, de fuerte
presencia transnacional, se quedan con la mayor parte del ingreso en taquilla. Esto ha venido provocando que los
inversionistas se alejen cada vez más del cine y sólo produzcan de manera constante las compañías con capital cercano a los
oligopolios de la telecomunicación, lo que les permite sobrevivir a pesar de las malas condiciones de nuestra cinematografía. En
el periodo 94-03 la iniciativa privada nacional redujo su producción de 64 a 13 películas por año (ver cuadros 1 y 2)
dejando de producir 518 películas, que realizaba con sus propios recursos, ya que el apoyo gubernamental para ellos se
canceló desde principios de los 70.
Contrario a los supuestos enarbolados por los neoliberales en tiempos del TLC cada día que pasa se necesitan más
los apoyos estatales para la coproducción de los inversionistas privados y así poder competir en igualdad de
circunstancias con los millonarios apoyos que le otorgan a sus producciones nuestros socios comerciales. En 2003, de las 28 cintas
que se produjeron 16, es decir 60%, necesitaron de apoyos gubernamentales para existir.
Antes de la entrada en vigor del tratado impulsado por Salinas de Gortari, los gobiernos neoliberales destruyeron
partes significativas de la cadena productiva cinematográfica nacional. Primero fueron los recortes a los apoyos a la
producción y el cierre de empresas cinematográficas, después el cambio normativo de 92 y, por último, la venta de la
infraestructura industrial cinematográfica en 1993 que había hecho posible la existencia de nuestro cine por más de 40 años. Por
el desastre económico que provocaron estas medidas junto con el TLC se tuvo que rectificar e incrementar la
intervención gubernamental través de la creación de los fondos, Foprocine en 1997 y Fidecine en 2001, para coproducir con la
iniciativa privada.
Con estas medidas extraordinarias el gobierno apenas logró mantener el mismo nivel de producción de la
década anterior. Con sus ocho largometrajes al año su presencia crece hasta 39.15%, pero antes del TLC el mismo número
de cintas sólo representaban 10.3%.
Hay que revertir la tendencia a la baja de la producción cinematográfica. Para esto, con el fin de recuperar la
autonomía en las decisiones nacionales en materia cinematográfica, urge modificar las condiciones comerciales pactadas en el
TLC. Al respecto, en 2004 se abre nuevamente la posibilidad de ajustar el tratado y por los resultados obtenidos en diez
años del TLC, los poderes Ejecutivo y Legislativo deberían atender la demanda de la comunidad artística mexicana
sacando las industrias culturales de ese acuerdo comercial, actitud que iría en concordancia con la política promovida por
la Unesco que está elaborando un protocolo para la defensa de la diversidad cultural de las naciones, asegurando la
protección y estímulo de las industrias culturales en materia audiovisual.
En caso de que no se haga nada y se mantenga todo como hasta ahora, la comunidad cinematográfica podría
solicitar las salvaguardas indicadas en el capítulo VIII del TLC, ante la amenaza de grave daño que vive el sector
productivo nacional.
Urge hacerlo, sobre todo ante la amenaza que representa para nuestra expresión audiovisual la próxima firma
del Acuerdo de Libre Comercio de América (ALCA) y del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (GATS por sus
siglas en inglés). Hecho que resulta muy preocupante, sobre todo si recordamos que en el GATS el gobierno
estadounidense pretende incluir como servicios las creaciones elaboradas a través de las industrias culturales, es decir, las películas y
los programas de televisión, lo que condenaría la expresión cultural cinematográfica de las próximas generaciones
de mexicanos.
La censura económica que viven los cineastas mexicanos, que es la peor de las censuras a las que se puede reducir
la expresión de un artista, hay que evitarla garantizando su acceso a este medio de expresión que necesita de
gran inversión para poderse concretar. La censura está ahí, no en el corte o supresión de imágenes, por esto después de
diez años de TLC no se ha realizado ningún largometraje en 35mm sobre Marcos y el EZLN ni sobre el asesinato de
Colosio. Recuperemos nuestra voz, recuperemos nuestra industria cinematográfica, seamos nuevamente un cine fuerte con identidad propia que nos devuelva el orgullo de ser mexicanos.