En conflicto por una relación de negocios
Joaquín López-Dóriga
Existen muchos temas que deben ser dilucidados al hablar sobre la actual relación entre el gobierno federal y los
medios de comunicación.
De hecho, lo que podríamos denominar como la "toma hostil" de las instalaciones del Canal 40 en el cerro
del Chiquihuite con todo su mar de fondo se convierte hoy en el detonador de un necesario análisis, no sólo del
status quo del cuidado del Estado de derecho en nuestro país, sino del papel mismo que hoy día juegan los medios de
comunicación, frente a su responsabilidad ante la sociedad y en cuanto a su relación con los diferentes grupos de poder,
no sólo el gubernamental.
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Foto: Gregorio Cortés |
Y es que los lamentables hechos registrados la madrugada del 27 de diciembre del año pasado en el cerro
del Chiquihuite, motivan a que amplios sectores de la sociedad nos formulemos preguntas que van más allá del
primer impacto de la toma de las instalaciones de Canal 40, que es un detonador, y nos obligan a reflexionar sobre las
circunstancias que se viven hoy día al interior de los propios medios de comunicación, para luego poner a éstos en
perspectiva respecto de sus relaciones con el Estado, con el poder.
En este punto, yo me preguntaría si, tras reconocer que al día de hoy, la relación entre los medios de
comunicación y el gobierno ha sufrido significativas transformaciones, los medios de comunicación hemos también entendido,
todos a cabalidad, ¿cuál puede o debe ser nuestro papel en el nuevo entorno? o más aún, si hemos entendido ¿cuáles
son nuestras verdaderas oportunidades y responsabilidades?
En el caso del Canal 40 creo que la mayor pérdida será la ausencia de una de las opciones televisivas en el país, y
rechazo eso de las llamadas "opciones pequeñas"; en periodismo no hay opciones pequeñas.
Ya lo hemos visto y lo seguimos viendo con este conflicto. Creo que para nadie será difícil aceptar, reconocer,
que, para bien o para mal, nuestro entorno, el entorno de los medios, se ha transformado. Para bien o para mal, deseo
que para bien o, al menos para mejor, insisto, vivimos un nuevo entorno, y las relaciones entre gobierno y medios
de comunicación no podían ser la excepción, apartándose de las transformaciones que nuestra sociedad ha emprendido.
Ahora que las viejas reglas parecen haber desaparecido, el control absoluto de los medios no es ya una realidad
en México, y espero que no lo sea nunca más, pero también es cierto que en algunos casos, los medios, algunos
medios, han corrido vertiginosamente hacia el otro extremo, olvidando que antes que ser motivo de escándalo, o hacer
alarde de escándalo, la responsabilidad de todos los medios es la de garantizar información y alternativas a la
sociedad, convirtiéndose en el escaparate de la diversidad de pensamientos, pulso de la variedad de expresiones y necesidades
de una sociedad como la nuestra.
También es cierto que ante la nueva relación "medios-gobierno", no puede soslayarse la falta de una eficaz
estrategia de comunicación por parte del propio gobierno. Y ante la falta de una estrategia clara, lo obvio, lo natural, lo que
vemos, es que los diferentes grupos de poder, formal o informal llenen, se apoderen de esos vacíos y aprovechen sus
espacios de influencia en los medios para atraer la atención hacia los temas que les son de interés particular: sus propios
intereses siempre.
En este caso del conflicto TV Azteca-Canal 40 que formalmente no nos convoca, pero nos llama, nos debe llamar,
no podemos dejar de ver los acontecimientos tal cual son y reconocer que en materia financiera y legal, una de las
partes involucradas parece haber cometido más errores que la otra, errores que seguramente le costarán caro a los
tenedores originales de la concesión televisiva, y quien quiera que hoy la tenga luego del "aseguramiento" de la señal
primero embarrada, transmitían barras por acuerdo del gobierno que anticipaba así su ida a negros en todos los sentidos.
Pero, otro de los tópicos que nos mueven a la reflexión y quizá el más relevante para la sociedad en su conjunto,
es sin duda el evidente letargo con el que el Estado de derecho se hizo cumplir en este caso en particular, y es que en
este sentido el proceder de las diferentes partes involucradas ha sido muy alejado de lo que cualquiera podría haber esperado.
Es cierto que desde meses atrás se oían voces interesadas que daban por hecho el posible fallo favorable a TV
Azteca como otras, también interesadas que decían lo contrario una vez que se diera a conocer el laudo arbitral; "la
forma es fondo", se dice en política, lo decía don Jesús Reyes Heroles, pero en derecho, la forma es legalidad y estoy
firmemente convencido de que nadie debe pasar por encima de la ley o ejercerla por propia mano, lo que es inaceptable en el
espacio de lo legal y de la justicia.
En el caso de las instalaciones del Chiquihuite es evidente que, independientemente de los conflictos mercantiles
en una sociedad de negocios entre los presidentes de ambas empresas televisoras, que así comenzó todo,
tengámoslo presente, una de las partes ignoró los procedimientos judiciales existentes y tomó la ley en sus manos.
Y desafortunadamente no pudimos ver una autoridad capaz de actuar de manera inmediata, oportuna, que
hiciera respetar el Estado de derecho. Recordemos que "los bienes del Estado son de interés público" y que en estricto
sentido, la concesión que da pie a la creación del Canal 40 es un bien del Estado, operado y explotado por particulares. Bajo
esta premisa, el Estado mexicano debió haber actuado inmediatamente aunque, como todos sabemos, en la práctica
decidió no hacerlo y guardar silencio, irse de vacaciones, como si el Estado, alguna vez, pudiera estar de vacaciones en un
Estado de derecho.
Independientemente de a quién asista la verdad jurídica en el conflicto de negocios entre las partes, que afecta
la libertad de expresión por haber anulado una opción informativa, parece haber sido la presión de la opinión pública
la que finalmente provocó una reacción del gobierno. Si deseáramos ir aún más lejos, podríamos recordar que este
conflicto que, insisto, inició de un conflicto mercantil, tiene ya dos años de iniciado, y que en ese lapso no hubo tampoco
muestras de que la autoridad deseara intervenir para dirimir la disputa buscando una interpretación justa de los convenios
que el propio gobierno, a través de la SCT, autorizó en su momento.
Este problema, como otros, se dejó crecer sin evaluar las consecuencias, y como en todo, al final a alguien tenía
que explotarle en las manos el asunto, lo que hoy debe resolverse al amparo de la razón y el derecho. Sinceramente, por
el bien de nuestras instituciones y el de nuestro país, deseo que esta clase de acontecimientos no se repita.
No lo permitamos.