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María Rojo  Señales


 Los marcianos llegaron ya

 María Rojo


En nuestra muy nutrida cartelera cinematográfica comercial, de alrededor de 50 películas, podemos observar que solamente hay cuatro extranjeras, o sea mexicanas (aunque una de ellas coproducida con Chile). Del resto, unas siete son francesas, cuatro españolas, y otras cuantas producidas o coproducidas por países tan diversos como China (Hong Kong), Israel, Canadá, Bosnia-Herzegovina y Reino Unido. El grueso de la cartelera, sin embargo, en número aproximado de 25, lo acapara el cine de casa, es decir el de Hollywood.

La película que actualmente monopoliza más de 105 pantallas, tan sólo en nuestra ciudad, es Señales, del talentoso director estadounidense ­de origen hindú­ Night Shyamalan, de quien ya tuvimos la oportunidad de ver en nuestro país dos excelentes filmes anteriores: Sexto sentido y El protegido.

Esta nueva fábula del triunfo del bien sobre el mal nos llega significativamente en momentos en los cuales en el vecino del norte se despliega una campaña sin precedente de nacionalismo ramplón y patriotero, producto de los traumáticos y lamentables sucesos por todos conocidos. La desde siempre presente saga del superhombre invencible, abnegado y creyente, defensor de los más sagrados valores del american way of life, adquiere nuevas dimensiones al ubicar, ahora, a malignos seres extraterrestres dentro del ominoso eje del mal, que de esta manera rebasa los límites naturales de nuestro planeta. Nada importa que el gobierno estadounidense haya declarado ya, de manera oficial, la supremacía total y absoluta de su país sobre todas las demás naciones de la tierra; siempre hará falta un nuevo enemigo externo que amenace nuestras tan preciadas libertades; la real politik así lo exige, por lo cual este rol de villano de cajón le ha sido adjudicado sucesivamente a japoneses y alemanes, comunistas en sus versiones rusa, china y vietnamita, iraníes, narcotraficantes, talibanes, árabes y musulmanes de todos los matices. Ahora le toca el turno, como sucede periódicamente, a los extraterrestres, puesto que la producción casera se va agotando.

Es una lástima que el gran oficio y talento de Shyamalan, este maestro del suspense metafísico, que nos regala con esta que formalmente puede considerarse muy interesante realización, creando una misteriosa atmósfera de tensión hitchcockiana a través, entre otras cosas, del impecable manejo de los tiempos, así como de un espectacular diseño de sonido, donde predominan los silencios, los rumores inquietantes del viento, se vea desperdiciado con un guión tan deficiente.

Sus encuadres son de una perfección casi matemática del lenguaje cinematográfico, haciéndonos sentir insinuaciones de mundos reales o irreales, internos o externos, pero finalmente desconocidos. Este hacedor de desconfianzas, inventor de sextos sentidos, indagador de hechos no naturales, es un realizador de incógnitas que nos revela imaginadas imprecisiones difícilmente explicables del impenetrable universo de la mente humana. Su hábitat es la nada, el inconsciente donde nacen los sentidos, donde se entremezclan los extremos, la vida y la muerte sin umbrales, sin confines, simplemente la nada.

La realización está más allá del guión que, acatando presumiblemente la actual política de Estado en que se ha convertido la trillada receta del cine de Hollywood, nos presenta una serie de incoherencias que no tienen más propósito ni origen que hacerle creer a todo buen ciudadano estadounidense que, cuando las circunstancias lo ameritan, surge de su seno un Superman invencible, capaz de salvar, él solititito, a toda su familia, ya sea de la hormiga atómica, de Al Qaeda o de los marcianos que llegaron ya. Al fin que del resto del mundo se encarga Bush.

El guión, también de Shyamalan, arranca de un tema absolutamente fascinante, que ha dado mucho de qué hablar desde la segunda mitad del siglo pasado: el fenómeno de la aparición, en infinidad de países del mundo, de misteriosas figuras geométricas, predominantemente circulares, en medio de plantaciones de cereales, con dimensiones que llegan a superar los 500 metros de diámetro; estas figuras, conocidas genéricamente como crop circles, o círculos de cosechas, son formadas por la destrucción, valga la expresión, de una parte de las espigas del sembradío; éstas no son rotas, sino dobladas, quedando entrelazadas entre sí a ras del suelo. El contraste entre las plantas tumbadas y aquellas que no lo son, forma los asombrosos dibujos, sin que hasta la fecha exista una explicación racional del fenómeno, aunque las conjeturas ­desde las más fantasiosas e inverosímiles, hasta aquellas con sólidos fundamentos científicos­ se cuentan por cientos.

Pues bien, la aparición de un crop circle de esta naturaleza en medio de los maizales de una familia de honestos granjeros de Pennsylvania, respetuosos de la ley y temerosos de Dios, es el punto de partida de la cinta. El tema se presta para bordar fino, como efectivamente lo hace el talentoso Shyamalan. Por qué, me pregunto, y no soy la única, echar a perder tan meritorio comienzo, con la vulgarización que implica caer en los cánones de una más bien barata ciencia-ficción, mediante la aparición de execrables y perversos extraterrestres, disfrazados de hombres-rana, cuya presencia y metas nunca llegan a ser explicadas de manera satisfactoria.

La mayoría de las películas hollywoodenses actualmente en exhibición en las salas capitalinas, que ocupan fácilmente 90% de la totalidad del tiempo de pantalla, por supuesto que con la bendición de nuestros tratados internacionales, no alcanza una calificación superior a 2 + estrellas ­en una escala que, creo, es de 5­ según la clasificación que uno de nuestros principales diarios le ofrece a sus lectores. Si considera que el costo por ir al cine está rondando hoy día los 200 pesos por pareja (incluyendo el casi inevitable estacionamiento, los refrescos y las palomitas), bien vale la pena ser muy selectivo a la hora de escoger la película que se quiere ver. Sin caer en fobias viscerales ni tampoco en un malsano chovinismo, considero que hay que darse la oportunidad de ver lo que produce nuestro propio cine, y de asomarnos también a las frecuentemente interesantes propuestas cinematográficas de terceros países, una excelente manera, sin duda, de acercarnos a sus culturas. El cine es una industria y también un entretenimiento; pero no lo olvidemos, es ante todo, un arte, el arte de nuestro siglo.


María Rojo, actriz, es delegada en Coyoacán.

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