Víctor Ugalde
Una nueva forma de fraude se está practicando en las salas de cine del país. La situación afecta económicamente tanto al fisco como a las empresas distribuidoras y productoras pero, sobre todo, al espectador.
Los fraudes son múltiples y se realizan desde hace años, pero el más reciente es la gota que derrama el vaso. La información fue proporcionada por algunos cinéfilos asiduos a esta columna y la transcribo tal y como se me contó, los subrayados y comentarios son míos.
"Después de mucho pensarlo ya que no le satisfacía la oferta cinematográfica de la semana (que sólo ofrecía 37 títulos en las más de 800 salas de cine que hay en la ciudad de México y su área metropolitana), el viernes 27 de agosto decidió ir a ver la película Colateral, interpretada por Tom Cruise, dirigida por Michael Man y distribuida por U.I.P. a la función de las 21:00 horas en el complejo Cinemark ubicado en el Centro Nacional de las Artes. Cuando llegó se enteró por medio de la sonriente y joven boletera que se habían agotado las localidades y sólo había disponibles para la última función, a eso de las 23:00 o para cualquier película que se proyectaba en las salas del complejo.
"Tenía una cita más noche y no quería llegar tarde (además eso le implicaba pagar más de dos horas de estacionamiento). Lo que ofrecían las demás salas algunas ya las había visto (Un día sin mexicanos) y las restantes, como Anaconda 2, Diario de una pasión o Pelotas en juego, no le atraían en lo más mínimo (él asiste más de una vez a la semana). Ante la disyuntiva de regresar a su casa (y perder otra hora y media de traslado) o deambular por la ciudad para su cita (contaminando, gastando gasolina o el importe de una copa o café) tuvo que ceder a la presión de su pareja que compró boletos para La séptima víctima que estaba por iniciar (que es el pensamiento común de cualquier pareja sin gusto cinematográfico). Él estaba a punto de estallar por la propuesta (es del tipo de espectador que selecciona con bastante tiempo y gusto la película que quiere ver) pero cedió y entraron a ver la película (distribuida por Videocine).
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Foto: Ann Rhoney |
"Al momento de pasar rumbo a su sala y viendo que el joven boletero no estaba en su lugar, se le ocurrió asomarse a ver cómo estaba de agotada la sala de
Colateral y se sorprendió al descubrir que sólo estaba ocupada por unos cuantos espectadores y eso que la función estaba a punto de comenzar (
en realidad iba a iniciar 20 minutos después por eso de los anuncios). Extrañado, decidió quedarse y ver si se llenaba mientras exhibían los martirizantes minutos de publcidad. Cuál sería su sorpresa al descubrir que la función inició con sólo dos tercios de su capacidad ocupada y se quedaron muchas butacas vacías. (
Ese día el taquillómetro reportó que el aforo de las salas 2 y 12 fue de 562 butacas y en sus ocho funciones sólo ingresaron 284 espectadores.)
"Al término de la función los lugares seguían sin ocuparse y él se preguntaba si los sitios vacíos los compró un grupo de turistas neoyorquinos que no llegaron por el tráfico del segundo piso, o una fanática de Tom Cruise que quería todos los asientos para disfrutarlo en exclusiva (y así el resto de los espectadores no la perturbaran con su plática ni se escucharan el cronch cronch de los trogloditas asistentes). Descartadas las primeras hipótesis sólo quedaba pensar en la colusión con la reventa, pero desgraciadamente nadie le había ofrecido boletos a otro precio y el complejo del CNA estaba tan pero tan desierto (por ser fin de quincena y el regreso a clases) que la tercera hipótesis se desechaba de inmediato.
"Después de mucho discutirlo con su pareja y con otro asistente conocido suyo que se topó a la salida, llegaron a la conclusión de que esta práctica, los exhibidores la usan para obligar al público a comprar boletos de otras cintas, sabedores que si un espectador realmente quiere ver una película de su elección regresará otro día, consumirá dos películas el mismo día o consumirá algo en la cafetería o dulcería mientras espera. Ellos ganan de cualquier forma, por el estacionamiento, las golosinas o en el caso de que se decidan a irse saben que regresarán y pagarán nuevamente estacionamiento y boleto."
La conclusión es clara, gana el exhibidor y pierden todos. En primer lugar pierde la distribuidora United International Pictures pues no se le reportan los 16 pesos que les corresponderían de los 46 pesos por espectador que se cobra en la taquilla y pasan a la contabilidad de otra película que beneficia a otra distribuidora y productor. El fisco pierde pues la película afectada puede que no esté amparada y la otra sí, y con esto no le reportan el respectivo peso en taquilla. A esto, agréguenle que "otros exhibidores como Cinemex entregan el boleto de una película no solicitada y permiten entrar a la que usted quiera". El lector se quejó por lo que parecía un error o fraude del empleado de taquilla, pero cuando llegó el gerente descubrió que estaban coludidos. "En la cadena Gabal Coyoacán sólo dan la última función si el número de espectadores supera los diez, en caso contrario se niegan a proporcionar el servicio anunciado".
Aparte de los perjuicios para las empresas, la más dañada es la voluntad del espectador a quien se le obliga consumir algo que no quería o a gastar más dinero por adquirir el bien solicitado, sin que pueda defenderse de este tipo de prácticas fraudulentas. El mal servicio inicia desde que la mayor parte de los cines no proporcionan estacionamiento a costo accesible, tal y como lo estipula el reglamento de establecimientos mercantiles, y culmina con la exhibición de una película que no cumple con la calidad prometida en la publicidad. Las cintas se anuncian en Dolby Stereo y las pasan en estereo frontal, la copia puede estar rayada, incompleta o con algún rollo virado a otro tono y la mascarilla mal puesta y no pasa nada.
Por esto, lo que debería ser un placer estético inigualable por el actual confort de las salas y la expresión cinematográfica de alta tecnología se convierte en un pequeño infierno donde el espectador termina odiando el día que decidió asistir al cine. ¿Y por dónde anda la Profeco?