El público no siempre tiene la razón
Javier Solórzano Zinser
¿Qué trae el público en la cabeza cuando está ante los medios de comunicación? Por más que se haya avanzado
en las investigaciones acerca del tema, no hay duda que el terreno sigue siendo difícil. No es casual que muchos de
los nuevos estudios de la comunicación pretendan con seriedad tratar de introducirse en la cabeza de la audiencia
para conocer qué se piensa, qué se cree y, sobre todo, por qué se toman ciertas decisiones ante la radio y la televisión.
No estamos descubriendo el hilo negro, pero estaríamos seguramente de acuerdo con que se ha avanzado, pero en el
marco de un terreno difícil de asir.
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Foto: Claudia Hernández Ramírez |
Hoy se trabaja sobre las reacciones de la audiencia con base en estudios y encuestas que se supone permiten a
los encargados y los dueños de los medios actuar. Sin embargo, la premisa en la tele y la radio sigue estando más de la
mano de los anunciantes que de muchas teorías y trabajos que supondrían pistas firmes para determinar estrategias. Si
los anunciantes quieren el programa será bueno, si no quieren, a pesar de lo que digan los estudios, el programa no
vale. Ley simple del mercado. En buena medida, la política en materia de programación tiene en los anunciantes un
altísimo porcentaje de definición. Los medios tienen una parte interna que difícilmente aprecia el público y de la cual no tiene necesariamente que
estar enterado. Al público lo que le importa es lo que pasa en la pantalla. Los dimes y diretes le pueden divertir y ser
materia de escarnio en la prensa o en los propios medios electrónicos, pero en el fondo, lo que sale es lo que vale y punto.
Algunas batallas internas deberán quedar en la memoria de los trabajadores de los medios, otras podrían tener en lo público
una distorsión que lleva a interpretaciones más allá de lo que realmente sucede.
A menudo se habla de problemas, y las cosas dentro de los medios tienen otra dinámica. Si las dificultades y
las intimidaciones se aceptan es cosa de quienes ahí laboran. Lo otro es especulación pura. Por ningún motivo quisiéramos
minimizar la situación interna de quienes trabajan en los medios. Sin embargo, es obvio que hoy los sufrimientos
son menos que antes, y por lo mismo pareciera obligado tener actitudes diferentes dentro de los medios. Sobre todo en
lo que corresponde al qué decir y al cómo decirlo. Los tiempos de la maquinaria en los medios parecieran haber
evolucionado. El reciente estudio del Departamento de Estado de EU sobre la dependencia de la televisión mexicana hacia el
poder político resulta con todo y su obviedad interesante para el análisis. La televisión mexicana desde su origen tiene
una relación directa y vital con el poder político. Sin tratar de descubrir nada nuevo, uno de los aparatos más importantes
de gobierno de los últimos 40 años, por lo menos, han sido los medios electrónicos, y en particular la tele. No es lo
mismo pero es igual. Las concesiones han sido parte de los "favores" políticos que la clase gobernante entrega a sus pares.
De lo que se trataba quisiéramos pensar que no volverá a pasar era que se fortaleciera un negocio, un proyecto, y
hasta una forma de mirar la vida.
La visión del Departamento de Estado, con todo y su parcialidad y falta de elementos, coloca sobre la mesa la
imperiosa necesidad de que la televisión deje de ser el único centro ajeno del proceso de cambio de la sociedad. A veces actúa
más por intuición y una sui
géneris sobrevivencia que por convicción. La televisión mexicana, particularmente las dos
cadenas nacionales, juegan a estar cerca del poder como si no supieran qué hacer ahora que las cosas empiezan a cambiar.
Se alejan de la posibilidad de tener una identidad propia. No tendría sentido que Martha Sahagún repitiera errores
de otros tiempos y se colgara del teléfono antes que empiecen los noticiarios para "tirar línea". De esto venimos huyendo.
Hace algunos años en Canal 13 se presentó un video de un grupo de travestis con el entonces candidato
Cuauhtémoc Cárdenas. Eran los días en que los directores de lo que hoy es Televisión Azteca intentaban supervisar hasta lo que
pasaba en los pasillos. Se exhibió el video sin advertir a los conductores, y la reacción más que una defensa de alguna
causa, que no tendría por qué tenerse fue una gran molestia por la situación que se vivía y que pudo ser conversada y
discutida antes de salir al aire.
Se hizo un gran esfuerzo en la propia emisión de explicar al aire, evitando poner en evidencia las diferencias
internas de lo que estaba pasando bajo el supuesto de que la ropa sucia se lava en casa. Se plantearon varias hipótesis de lo
que había pasado días antes en el Puerto de Veracruz. Era 1993 y las críticas a Cárdenas dirigidas desde la máxima de
que ni los veo ni los oigo eran un día sí y otro también.
Sobre la marcha se pensó en una salida que podría ayudar a desdramatizar el asunto. Se le pidió al público su
opinión a través de las famosas llamadas telefónicas para tener un referente y, de esa manera, exponerse a la opinión pública
del noticiero. El resultado fue inesperado. La mayoría de la gente no atendió lo que se había expuesto con la polémica
que se suponía estaba conllevando el tema. El público, de manera inesperada, participó masivamente. La cantidad de
llamadas fue relevante, acorde con lo que regularmente pasaba en el noticiero.
Sin embargo, el tema central poco o nada importó. Fue más relevante la corbata del conductor o la sección de
deportes, que los hechos que los conductores habían estimado relevantes y ante los cuales incluso habían tenido una especie
de acto de rebeldía en contra de la dirección del canal de televisión. La respuesta del público fue como para que los
analistas y estudiosos de la comunicación tuvieran un curso intensivo.
La pregunta al final del noticiero fue igual que al inicio de la presente entrega: ¿qué es lo que ve el público? De
nuevo, estamos obligados a entender que los medios de comunicación no pueden quedar al amparo de las llamadas
telefónicas o al llamado gusto del público. No se debe perder de vista que la comercialización es una pieza toral y fundamental.
Sin embargo, olvidar el sentido que tienen los medios es perder de vista su esencia, que es entre otras la de su misión
social. Los medios son dirigidos por profesionales y deben actuar como tales. Ya no tiene sentido la frase de "darle al
público lo que quiere". Si esto se cumpliera al pie de la letra, quizá no tendríamos al aire mucha de la basura que se
transmite. Para eso está el trabajo profesional, pero lo más grave es que bajo este amparo de la profesionalización se
están produciendo al aire muchas cosas lamentables.
Queda el camino en el que los medios atiendan más en serio a las universidades. Si bien hace algunos años los
estudios de la comunicación tenían evidentes limitaciones, hoy no hay duda que existe un avance serio. Las universidades
mexicanas están en la investigación de muchos elementos de los medios que deben servir a la industria. El tema del receptor es
de los más importantes y ha tenido un gran avance. Más allá del interés comercial que tienen los medios en él, hay
trabajos teórico-prácticos que muestran nuevas áreas de atención y sobre todo que permiten nuevas estrategias.
Hay que evitar la "telefonitis" que ha surgido. Se cree que por invitar al público a participar con una pregunta, en
buena cantidad de los casos sesgada, se logra tener una idea de lo que la gente piensa. Más allá de las limitaciones técnicas
de este tipo de participaciones, algunos de los cuestionamientos en la radio y la televisión son para alarmar a
cualquiera: "¿Verdad que no le importa que los zapatistas se regresen a los Altos de Chiapas?; sí o no". La profesionalización
urge sobre todo para tratar de encontrar respuestas a la pregunta básica en los medios: ¿qué es lo que piensa el público?
Eso sí, sin olvidar que no necesariamente tiene la razón.