Mario A. Campos Cortés
La noticia apareció publicada el pasado 16 de mayo en la página 2 de
El Universal; en la misma, se daba a conocer que
el diputado federal priista, Gonzalo Alemán Migliolo, preocupado por la salud de los mexicanos, advertía sobre el riesgo
de que contrajéramos el mal de las vacas locas si consumíamos las sopas de res Maruchan. La advertencia sin duda
ameritaba un buen espacio en el medio salvo por un pequeño detalle: el temido objeto de la denuncia no contiene productos de
res. El sorpresivo dato -que aparece impreso en la tapa de las sopas- fue avalado por un boletín de la Secretaría de
Salud, aunque nunca llegó a ser publicado en el mismo medio que dio a conocer la historia.
La anécdota -que pudo haber sido publicada en la mayoría de nuestros diarios pues ninguno tiene el monopolio de
las pifias- ilustra con claridad un rasgo de nuestra prensa, el desprecio por la imagen de instituciones y personas, que se
ven atrapadas en una dinámica nociva. El esquema es muy simple aunque a veces se muestre con distintos rostros, basta
con que alguien diga algo negativo de otro actor, para que esto se convierta en una verdad publicable.
La actitud resulta especialmente paradójica pues si algo caracteriza a nuestro tiempo es el triunfo de lo intangible
-como el prestigio, la reputación o lo que los mercadólogos llaman el posicionamiento- sobre lo material.
Simplemente como ejemplo tomemos a unos pantalones de mezclilla, caso referido por los suecos Jonas Ridderstråle y Kjell
Nordström, en su libro Funky business: "Seleccione una tela barata, realicé unos pantalones basándose en un modelo de un siglo
de antigüedad e intente hacerse rico. Costo de producción: unos 7 dólares. Llámelos Levi's y podrá cobrar 50 dólares
por ellos".
¿Qué es lo que permite el notable incremento en el precio? Simple, la representación mental que tenemos del objeto
y que le confiere atributos de estatus, aceptación social, estilo de vida, etcétera. En pocas palabras, su imagen. Por eso
debe preocuparnos la manera en la que algunos periodistas tratan a este bien, pieza central de la economía y la política de hoy.
 |
Foto: Brill´s Content |
Pero veamos algunos ejemplos. Buscando en la colección personal encontramos una foto en la portada del diario
Reforma (10/I/04), en la que aparece una enfermera -detenida como la presunta "mataviejitos" de la capital- que había
sido aprehendida por unos policías debido a su gran parecido con el retrato hablado que portaban en su patrulla. Pocas
horas después, la mujer resultó inocente aunque tenemos razones para dudar que haya mantenido su misma cartera de
clientes. ("¿Y qué tal que si sí era, sí hasta salió en el periódico...".) Y ni hablar de los célebres casos de Othón Cortés o
Nahum Acosta, que fueron condenados en los medios antes que en los tribunales.
La lista por supuesto podría ocupar varias páginas, y crecería de manera importante si incluyéramos las opiniones
de diversos analistas que dan como ciertas filtraciones, trascendidos o rumores, si se ajustan a su propia agenda. Tan sólo hace unos días, Julio Hernández López publicaba en su "Astillero" (17/VI/05) de
La Jornada, que la violencia del narcotráfico en el país se explica por el relevo de titular en la PGR, pues "el cambio de la gerencia (...) implica revisión
de cuentas de clientes y actualización de precios por servicios oficiales". Afirmación que se hace, por supuesto, sin
mostrar alguna prueba.
El fenómeno del desprecio a la imagen ha crecido tanto que hasta presenta variantes específicas como el
"efecto emboscada", descrito por algunos autores estadounidenses y especialmente adoptado por los periodistas de
espectáculos. El recurso consiste en acechar a una figura pública con cámara en mano, con la esperanza de sacarle de sus casillas
y provocar una declaración desafortunada, o mejor aún, despertar su enojo para que trate de tapar el lente con su
mano, imagen apenas superada por una agresión directa -la corona del efecto emboscada- como lo comprobó hace ya varios
años la hermana del ex procurador Jorge Madrazo, quien golpeó con su bolsa a un camarógrafo de Televisa, brindando
una escena que vimos hasta hartarnos.
¿Qué se puede hacer ante esta tendencia? Poco si nos basamos en la cultura de defensa de los medios. Basta con que
un personaje de la vida política o económica critique a la prensa para que sea señalado como un vulgar censor. Hace unos
días por ejemplo, una señora me escribía muy indignada pues aseguraba que el presidente Fox había "dejado a la libertad
de expresión por los suelos al defender a su señora y decir que tiene muchas faldas porque demandó a
Proceso y a la Sra. Wornat. (...) ¿En donde esta la libertad de expresión?".
En mi opinión, en el mismo lugar en que se encontraba antes de las palabras del Presidente. Vicente Fox bien
puede decir misa y ello no va a alterar la línea de
Proceso ni de ningún medio. El problema sería si el dicho de cualquier
actor público estuviera acompañado de presiones vía la Secretaría de Hacienda, el retiro de la publicidad oficial, la
realización de auditorías del IMSS, acoso policíaco, etcétera. Lo preocupante está en que la clase periodística ha construido
una especie de blindaje ideológico que margina a la crítica, e incluso descalifica hasta los instrumentos legales que los
actores tienen para defenderse.
La verdad en el fondo de esta historia es que los medios que manejan con poco cuidado la imagen de los otros,
suelen ser muy cuidadosos con la propia, e incluso con la de la competencia. No son pocos los casos en que "por
políticas internas" se omite publicar en algún diario, los nombres de aquellos periodistas y medios que han cometido alguna pifia
o irregularidad.
En respuesta a esta situación nos atrevemos a hacer una humilde petición parafraseando a una máxima del
cristianismo: "cubre a tu prójimo como a ti mismo". Si los periodistas trataran a los sujetos de la información como si les
fueran cercanos, se dignificaría sustancialmente su labor. Desaparecerían las imágenes de detenidos -lo mismo por
presunto tráfico de drogas que por no pasar el alcoholímetro- que tratan inútilmente cubrir su rostro.
Las descalificaciones pasarían por filtros de verificación, que incluirían la básica consulta al referido, antes de
la publicación de la nota y no después; poco quedaría de las típicas entrevistas del herido acostado en una camilla que
apenas puede hablar, y naturalmente, las aclaraciones, desmentidos y respuestas de las fuentes ocuparían lugares dignos en
los diarios. En conclusión, toda la escena mediática adquiría un mayor nivel.
No soy ingenuo y conozco que la reflexión y la autocrítica no son parte de la cotidianidad de nuestros medios, pero
no podemos resignarnos a dejar las cosas como están. Finalmente siempre existe el riesgo de convertirnos, por una u otra razón, en la sopa Maruchan del mañana.