Lidia Camacho
Si bien es cierto que a lo largo de muchas décadas de historia las televisoras educativas y culturales han contribuido a
la formación, desarrollo, actualización y entretenimiento de innumerables mexicanos, también es verdad que se ha ejercido
esa labor contra viento y marea, a despecho de exiguos recursos, de tecnologías mermadas, insuficientes y rebasadas, de
incertidumbres de todo tipo. Esta navegación ha sido accidentada y en más de una ocasión ha estado a punto de terminar en naufragio en
medio de los remolinos de los ciclos sexenales, de los microclimas políticos, de las macroatmósferas económicas.
Hoy, las televisoras educativas y culturales enfrentan diversos retos para el siglo que empieza y para el futuro inmediato. El principal es librar la brecha que separa la tecnología analógica de la digital, dado que México ha adoptado
ya un estándar tecnológico de transmisión al que habrán de adaptarse todas las emisoras de televisión y que será el único por el
que podrá transmitirse a partir de 2021. Sin embargo, alcanzar ese estándar no significa únicamente contar con transmisores
digitales. Implica también que las estaciones se incorporen en todos sus procesos a la digitalización, lo que significa inversión en
equipo, renovación de infraestructura y capacitación integral del personal que labore en las renovadas estaciones digitales de televisión.
Esa capacitación integral no se refiere únicamente al manejo de tal o cual consola, de esta o aquella cámara, de ese o
este micrófono. Implica, ante todo, la inmersión en la cultura de la digitalización: saber qué es, cuáles son sus límites y cuáles
sus alcances, cuáles sus riesgos y cuáles sus beneficios. Esa cultura que emana de la tecnología digital debe alcanzar a todos
los técnicos que hacen posible una producción; pero también debe llegar a los que sostienen con su trabajo la vida de las
televisoras. Sólo entendiendo que la digitalización es un proceso global que abarca todas las áreas será posible una televisión eficiente
y coordinada, que aproveche las ventajas de la modernidad.
Ese horizonte digital se extiende al delicado campo de la preservación del patrimonio sonoro y audiovisual, riqueza que
se pierde día con día debido a la carencia de adecuadas políticas de conservación que sistematicen, de acuerdo con las
normas internacionales, la supervivencia de estos materiales, así como su control físico e intelectual para su reutilización y disfrute. Y
he aquí un nuevo reto de la televisión educativa y cultural del siglo XXI: la necesidad de salvar de la desaparición total
nuestra memoria audiovisual con la implantación de estrategias que permitan, gracias a la digitalización, la salvaguarda de nuestro
rico patrimonio audiovisual.
No menos importante es el hecho de que las emisoras de televisión educativas y culturales conquisten una mayor injerencia
en el ámbito legislativo, sea con propuestas consensuadas y específicas, o al establecer nexos con legisladores de ambas
cámaras, teniendo siempre como objetivo el bien de la nación y no la promoción de tal o cual facción política.
Con todo, hay un reto que incide de manera vertical y horizontal en las emisoras de televisión culturales y educativas. Ese
reto es el fomento de la creatividad de todos sus colaboradores, en todos los niveles y áreas. Es necesario instituir, si se me permite
la palabra, la experimentación (fundamentada en investigaciones ordenadas y eficaces) en las áreas tecnológicas, pero también
en aquellas que tienen en el lenguaje televisivo la materia prima de su trabajo, de su obra, de sus propuestas.
Es urgente que en la televisión se dé cabida a las búsquedas de las múltiples posibilidades que ofrece la televisión
como lenguaje y medio de expresión estético, con características y horizontes propios. Creo que la televisión no es, en su ser
más íntimo, procreadora de frivolidades, ahijadora de ignorancias, alcahueta de banalidades y tonterías. Tampoco es, en esencia,
cuna de sabiduría, recinto de inteligencia, emisor de verdades incontrovertibles. No. La televisión es (valga la perogrullada) un
medio de comunicación: una vía por donde puede transitar lo mejor y peor, lo más alto y más bajo del ser humano. En este camino,
la televisión educativa y cultural de México ha sido ejemplo de tenacidad, ingenio, valor y coraje, valores puestos al servicio de
la difusión de lo mejor que tiene nuestro país.
Acaso el mayor reto de la televisión educativa y cultural no radique sólo en quienes trabajamos en los medios de
comunicación, sino en todos aquellos que conforman su auditorio y que con su mirada la han hecho crecer, con sus oídos la han hecho
más profunda y con su percepción la han hecho más grande. Hoy más que nunca se requiere de la existencia de públicos
críticos, inteligentes, cómplices en las diarias tareas de la construcción de nuestra cultura. Espero que las generaciones futuras la
encuentren sana y fortalecida, con su herencia más grande, con sus miras más amplias. Es labor de todos nosotros que eso sea una realidad.