Lo importante es el conocimiento, no la información
Martha Paz / Mario Bunge
Filósofo nacido en Argentina, autor de 40 libros y casi 500 artículos en una docena de lenguas, Mario Bunge, recientemente investido como doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, conversa en esta entrevista sobre un tema de moda: la sociedad de la información versus la sociedad del conocimiento.
Pensadores y filósofos contemporáneos coinciden en decir que estamos viviendo la sociedad de la información. Otros ya hablan de la sociedad del conocimiento. ¿Cuál es la diferencia?
La información en sí misma no vale nada, hay que descifrarla. Hay que transformar las señales y los
mensajes auditivos, visuales o como fueren, en ideas y procesos cerebrales, lo que supone entenderlos y evaluarlos.
No basta poseer un cúmulo de información. Es preciso saber si las fuentes de información son puras o
contaminadas, si la información como tal es fidedigna, nueva y original, pertinente o impertinente a nuestros
intereses, si es verdadera o falsa, si suscita nuevas investigaciones o es tediosa y no sirve para nada, si es
puramente conceptual o artística, si nos permite diseñar actos y ejecutarlos o si nos lo impide. Mientras no se sepa
todo eso, la información no es conocimiento.
Y lo que importa es el conocimiento. No tiene interés, creo yo, insistir en la información. Hay que insistir
más bien en la relación que ésta tiene con el conocimiento y el poder económico y político. Hay que averiguar
quiénes son los dueños de las fuentes de información y de los medios de difusión. Si la información está
distribuida equitativamente, puede beneficiar a todo el mundo. Si, en cambio, está concentrada en pocas manos, va
a beneficiar primordialmente, sino exclusivamente, a los dueños de esas fábricas de información.
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Mario Bunge |
Lamentablemente, lo que existe ahora en el mundo industrializado es una concentración creciente de
los medios de información. Urge luchar contra eso. Así como en algunos países hay leyes contra el
monopolio industrial y comercial, es preciso trabajar también por una legislación contra el monopolio informativo. Las
leyes actuales están favoreciendo la concentración de los medios de difusión. Y eso es un peligro muy grande
para la democracia porque implica alimentar a la gente con información unilateral, ocultándole la verdad,
distrayéndola para mostrarle aspectos poco importantes de lo que en verdad sucede en el mundo.
Por ejemplo, se le da mayor relevancia a actos terroristas en los que mueren una o dos personas que
al terrorismo constante al que se ve sujeta la gente que no tiene agua para beber. Todos los años fallecen por
lo menos 70 millones de personas porque no tienen acceso a agua potable y beben agua contaminada. Hay
niños que no llegan al año de edad debido a que mueren de diarrea causada por el agua contaminada. Es que el
agua potable está mal distribuida, en manos de poca gente.
En general, el problema principal del mundo contemporáneo también lo fue del antiguo es la
concentración de la riqueza y de los bienes en pocas manos. La desigualdad, un problema de siempre, un problema
que sólo se podría resolver tomando medidas económicas, culturales y políticas. Hay que distribuir el poder. Y
esa mejor distribución debe abarcar, entre otros aspectos, a los medios de comunicación.
Hablar de la nueva sociedad nos lleva necesariamente a hablar de las llamadas nuevas tecnologías o
tecnologías de la información. ¿Cómo han cambiado a la sociedad?
Han cambiado a sólo una parte de la sociedad, a una sexta parte de la humanidad. Las cinco sextas
partes restantes casi no han sido afectadas. Pero ese cambio ha sido muy profundo. La cantidad de
información accesible es mucho mayor y la velocidad con que se la puede conseguir ha aumentado enormemente.
Antes la gente pasaba horas o días buscando una información. Ahora puede encontrarla muy rápidamente a
través de Internet.
Pero esa mayor facilidad tiene un lado negativo, que es la sobrecarga de información. Debemos
ahora protegernos contra esa sobrecarga, crear filtros para que no nos llegue tanta información mala o impertinente.
Necesitamos más tiempo para reflexionar y menos para buscar información. La gente gasta
demasiado tiempo mandando y leyendo "emilios", sin necesitarlos para trabajar y sólo por seguir perteneciendo a
comunidades y redes culturales.
Por eso es que yo no estoy enchufado. Me desenchufé hace muchos años. Hubo una época, hace 30
años, en que yo pasaba dos días por semana respondiendo correspondencia común y ordinaria.
Si bien uno está contento de pertenecer a una red cultural, llega un momento en que se necesita más
tiempo para la reflexión. De lo contrario, ésta es superficial, demasiado rápida, sin tiempo para asimilar,
criticar, sopesar. Hace falta más tiempo para ensimismarse, para reflexionar en silencio y soledad.
¿Lo mismo se puede decir de la sociedad de la imagen en la que estamos inmersos?
Eso es mucho peor. La imagen, demasiado rápida, reemplaza al pensamiento. Y aunque se dice que
una imagen vale por mil palabras, lo cierto es que queda muy poco de ella, se la olvida con facilidad. La imagen no tiene contenido conceptual. Puede suscitar ideas en algunos casos, pero es muy superficial. Porque lo
que podemos ver es apenas la piel de las cosas. La mayor parte del mundo está oculta a la vista, hay que
conseguirla, hay que imaginarla, hay que conjeturarla. Y la imagen nos restringe a las apariencias. La palabra
puede transmitir conceptos, algo que la imagen no puede. Y solamente con conceptos se accede a lo invisible,
que es la mayor parte del universo.
Ahora se ve a la hiperconectividad como algo positivo, como un fruto saludable de la sociedad de la
información y del conocimiento. ¿Qué dice al respecto?
Muchas veces nos conectamos con sectores que no nos interesan. O, por lo contrario, se refuerza la
relación con personas de la misma especialidad, lo cual cierra la posibilidad o el aliciente para conectarse con
grupos que se ocupan de otras cosas. Por ejemplo, en los viejos tiempos, uno iba a la biblioteca a buscar un libro
o una revista que se ocupaba de la especialidad de uno y, a los costados, se veía, sin querer, material de
disciplinas anexas. Esa búsqueda o mirada a lo aledaño enriquecía la investigación propia, favorecía la formación
de interdisciplinas.
Hoy día, la hiperconexión o la facilidad con que uno se conecta con los especialistas de la misma
especialidad hace que uno se aísle de las demás especialidades valga la redundancia. Eso es lo que se ha llamado
la "balcanización de la ciencia", algo que no es bueno. Es justamente en los intersticios entre ciencias
diferentes donde se encuentran novedades. La división entre disciplinas es arbitraria. Por ejemplo, ¿quiénes se ocupan
de la distribución de la riqueza? Los economistas dicen: "Eso es cuestión de los sociólogos". Los sociólogos
dicen: "No. Puesto que se trata de riqueza, son los economistas los encargados". Entonces, nadie se ocupaba de
eso, hasta que, finalmente, algunos socioeconomistas se dieron cuenta del problema y lo estudiaron. Ahora
existe la socioeconomía como nueva interdisciplina, con su propia sociedad, su propio órgano. Lo mismo pasa con
la psicología y la neurociencia. Durante muchos siglos estuvieron separadas. Hoy día existe una
interdisciplina llamada neurociencia cognitiva, que es la que se ocupa de investigar en el cerebro los procesos mentales,
cosa que antes hacían solamente los psicólogos.
Hay que fomentar la interdisciplinariedad. Y a eso no siempre contribuye Internet. Al contrario, muchas
veces dificulta la formación de interdisciplinas.
¿La sociedad de la vigilancia es otra consecuencia de la tecnología de la
información?
Claro. Ahora pueden vigilar nuestra manera de pensar, nuestra manera de comunicarnos con otros.
La información electrónica se puede captar, es accesible a la policía. Y eso es un peligro. Coarta las
libertades individuales y la formación de grupos simplemente disidentes, que no están conformes con el orden
social actual.
¿Y qué opina sobre la obsolescencia de las tecnologías, que año tras año, mes a mes, e incluso día a
día, cambian tanto? ¿Eso es ético? ¿Es ambiental?
Hay cambios necesarios y otros que son puramente cosméticos, provocados por la industria para obligar
al consumidor a comprar nuevos productos. Hace ya mucho tiempo que los automóviles tienen las
mismas características. Es cierto que hubo un gran adelanto hace unos 20 años, cuando aumentó su rendimiento
y disminuyó el consumo de gasolina, lo cual está bien. Pero muchas veces, los fabricantes de computadoras,
por ejemplo, introducen pequeños cambios que no son esenciales. Primero, hay que comprarlos, son caros.
En segundo lugar, hay que aprenderlos y el aprendizaje se vuelve costoso también. Se trata de pequeñas
mejoras técnicas que no son precisamente favorables al consumidor. Lo mismo ha pasado siempre con la moda.
Son adelantos cosméticos no esenciales.
Una vez hecha esta caracterización de las tecnologías de la información y de la sociedad del
conocimiento, ¿cuáles piensa usted que son los retos culturales como para que el hombre sobrelleve todo esto sin
convertirse en esclavo?
Principalmente, facilitar el acceso a la cultura. La enorme mayoría de la humanidad no tiene acceso a la
cultura moderna, en particular a la cultura científica y técnica. No solamente no tiene, sino que en muchos países
está disminuyendo el porcentaje de los jóvenes que se interesa por la ciencia y por la técnica. Las facultades de
ciencia y técnica se están vaciando. Hay universidades, por ejemplo en Canadá, cuyos departamentos de física
han cerrado. Siguen teniendo escuelas de ingeniería, pero no de física, lo que es ridículo porque no hay
ingeniería moderna sin física y los grandes avances en ingeniería suelen ir precedidos por los grandes avances en
física. A veces, eso se debe a la miopía de los administradores y otras, a la falta de vocaciones. Hay poca gente
joven que se interese por la física o por la matemática. Todos quieren ganar dinero y creen que hay más porvenir
en ciencias de la computación, finanzas o administración de empresas que en matemáticas o física. Es un
error. No hay suficientes egresados en física básica, química básica, matemáticas. Ése es el desafío.
Le he escuchado decir que antes que formar tecnólatras debemos formar cerebros.
Hay que formar cerebros porque solamente el cerebro bien formado puede, no solamente usar la
técnica existente, sino mejorarla con ideas nuevas y originales gracias a su curiosidad y a que está investigando. Si
se insiste con la misma información a la gente, en lugar de cultivar su curiosidad, terminará por aburrirse.
Es importante enseñar a estudiar por cuenta propia, a buscar por cuenta propia, a asombrarse.
Decía Aristóteles que el origen de la ciencia está en el asombro, en la curiosidad. El que no se asombra por nada,
nada va a investigar.
¿Qué le sugiere el analfabetismo tecnológico, es decir, aquellas personas que se resisten a?
Sí, sí. Aquellas personas como yo, por ejemplo. Hace 30 años yo sabía desarmar un carburador de
automóvil y arreglarlo. Eran mucho más sencillas las cosas. Hoy en día, las unidades de los vehículos suelen estar
selladas y no se pueden desarmar con destornillador para repararlas. Hay que llevarlas a un taller donde dicen
que utilizan computadoras para diagnosticar los defectos y ubicarlos. Hace falta ser todo un ingeniero para
desarmar un automóvil. Antes eso no era preciso. Entonces, los que no tenemos esa habilidad ni disponemos
de tiempo necesario o, simplemente, nos aburrimos con ello, quedamos al margen y a la merced de los
especialistas, lo que es bueno pero también malo porque, para corregir defectos mínimos, uno depende de
expertos que nos explotan, resultando todo muy caro.
¿Cómo enseñar y transmitir representaciones, reglas y valores en pro de la cultura tecnológica y de la
reflexión al respecto?
A mí me preocupan las cinco sextas partes de la humanidad que no tienen acceso a la técnica básica. Esa
gente tiene que aprender a cavar, tiene que aprender elementos de carpintería, de mecánica, de electricidad,
todas las cosas que se sabía hace uno o dos siglos. Hay que empezar por ahí. Mucho después, se plantearán las
nuevas tecnologías. Lo que la enorme mayoría de la gente necesita ahora es saber cosas más básicas, por ejemplo,
que en cada aldea debería haber letrinas públicas. En gran parte de los países del Tercer Mundo no hay letrinas,
la gente defeca al aire libre y las amebas corren entonces por el aire, la gente se infecta con sólo respirar.
En muchas partes, se cree que para beber agua hay que ir a un charco o a un pequeño arroyo, cuando ya
están contaminados. Hay que enseñar a la gente que hay que cavar pozos y poner bombas, no bombas
eléctricas porque no hay centrales eléctricas en esos lugares, sino manuales como las que había en Argentina hace
100 o menos años. Molinos, hace falta multiplicar los molinos.
Se cree que cuando hay un avance técnico, las técnicas anteriores ya no sirven y eso no es cierto, las
técnicas anteriores pueden seguir sirviendo. Allí donde hay una caída de agua, se puede instalar un pequeño
motor eléctrico para iluminar la casa o incluso un villorio. No hay que desechar lo viejo, pues puede seguir siendo útil.
Hay experimentos muy interesantes en Bangladesh. En lugar de separar a mano el grano de la paja, se
puede hacer con una pequeña máquina que se acopla a una bicicleta sin ruedas y que no tiene nada más que
el engranaje. Hay un banco que presta dinero, 50 dólares a cada cual, para instalar esos aparatos. Se trata de
una técnica bancaria interesante. Préstamos a pequeña escala, respaldados por la aldea. Se hace responsable de
él, no solamente quien lo contrae sino toda la aldea. Si falla esa pequeña empresa familiar, se hace cargo de
la deuda el resto. Entonces, todo el mundo está interesado en que tenga éxito.
Así, las técnicas no sólo son de ingeniería, sino también sociales. No abarcan únicamente la ingeniería,
sino también la administración de empresas, el derecho, la educación, el trabajo social, muchos sectores de
la sociedad.
¿La ciencia y la tecnología son válidas para el Tercer Mundo?
Claro que sí. La verdad científica no tiene fronteras, no tiene nacionalidad ni tiene sexo. Están,
naturalmente, los relativistas culturales que sostienen que el conocimiento es siempre local, lo cual es absurdo.