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José Carreño Carlón  La guerra de Bush


 Demoliendo la utopía democrática de la globalidad

 José Carreño Carlón


Una de las acepciones de la palabra "público" se refiere al cuerpo general de ciudadanos libres pertenecientes a una sociedad determinada. Esta connotación está fuertemente influenciada por la teoría democrática, pues libertad e igualdad de derechos son valores que sólo están "disponibles" ­en los términos de Denis McQuail­ en una democracia.

Los miembros de un verdadero público en una sociedad democrática son libres para asociarse, conversar, organizarse y expresarse sobre todos los temas. Y el gobierno, a su vez, es el responsable final de que resulte atendida la voluntad del "público como un todo", de acuerdo con los procedimientos social y/o legalmente convenidos.

En esta amplia noción de lo que constituye el "público" se basa el argumento por el cual la comunicación pública, en una democracia, reclama garantías para su protección y respeto. Y en ese mismo marco se implanta el concepto contemporáneo de opinión pública, entendida como la visión o las visiones colectivas de una parte significativa del público, en los términos definidos arriba por el autor de la obra ya clásica McQuail's Mass Communication Theory.

Foto: Newsweek
Independientemente de que se suele exagerar el sentido de esta parte significativa del público, al presentarse como una mayoría indiscutible ­medida por estudios o encuestas, precisamente, de opinión­ y que esta exageración pasa por alto el punto esencial de que esta opinión es siempre más diversa, dinámica y en extremo variable, lo cierto es que el concepto y la expresión de la opinión pública así medida se ha convertido en un punto de referencia inexcusable para la toma de decisiones y la adopción de posiciones, actitudes y conductas por parte de las organizaciones e instituciones que actúan en las llamadas sociedades democráticas de mercado. Sobre todo cuando sus líderes se proponen generar, igualmente, en sus audiencias, posiciones, actitudes y conductas favorables a las causas, intereses y productos de esos líderes, organizaciones e instituciones.

Más específicamente, aquellas visiones colectivas de una parte significativa del público expresadas como opinión pública, constituyen, para los gobiernos, como quedó dicho, la referencia obligada para el cumplimiento de su responsabilidad de atender la voluntad del "público como un todo", de acuerdo con los procedimientos social y/o legalmente convenidos.

Estas connotaciones clásicas de las variaciones sobre el mismo tema de la palabra "público", han sido llevadas, una vez más, a escala global, a propósito de las nuevas formas de participación surgidas en el mundo ante el giro de los acontecimientos que se dio tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York.

La globalización, que en muchos sentidos ha llevado a escala planetaria los principios, las normas y los procedimientos de las sociedades democráticas de mercado, ha conducido también a que los conceptos de "público" y de opinión pública se extiendan de las visiones de ciudadanos considerados libres en una sociedad nacional determinada, a las de ciudadanos considerados libres no sólo cada vez en un mayor número de sociedades del planeta, sino en lo que se ha llegado a considerar una sociedad global o planetaria de ciudadanos libres, una ciudadanía global.

Los avances en la organización supranacional de las antiguas naciones europeas ­y el incremento simétrico de los grados de libertad e igualdad de derechos de los ciudadanos europeos como valores sólo "disponibles" en una democracia, en este caso, supranacional­ probablemente no han sido ajenos a esta percepción, que a su vez ha conducido a una connotación igualmente global de la palabra público referida, también cada vez más, a la posibilidad cierta de un cuerpo general de ciudadanos libres pertenecientes ahora a la sociedad globalizada por encima de las fronteras nacionales.

Los medios de comunicación, particularmente televisión, radio e Internet, han hecho su parte, sustancial, en la construcción de estas percepciones en la medida en que ellos han conformado una verdadera agenda globalizada del debate público: un debate al que concurre un público, también globalizado, en el cual se ha generado una demanda de participación, asociación, conversación, organización y expresión "en tiempo real" a propósito de una serie de asuntos, hechos y dichos que han pasado a integrar, precisamente, esa agenda globalizada del debate público. Una agenda y un debate, por lo demás, de los que surgen visiones colectivas de una parte significativa de ese público de la globalidad, a la manera de una opinión pública también globalizada.

De allí la necesidad de preguntarnos sobre los efectos de una acción tan disruptiva de este proceso como la agresión de Washington a estas visiones colectivas de una parte significativa de ese público de la globalidad, a esa forma de opinión pública globalizada.

Entre otros traumas provocados por la decisión del presidente estadounidense, George W. Bush, de atacar a Irak al margen de las instancias jurídicas internacionales, quedó rota la expectativa de una respuesta de carácter global que, en los términos de las percepciones generadas por este nuevo fenómeno de la comunicación pública globalizada, se habría estado gestando en los debates del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El supuesto partía del surgimiento de una nueva época, posterior a la liquidación del bloque soviético y del equilibrio bipolar, significada por un nuevo equilibrio, esta vez multipolar.

Aquella expectativa ­hoy rota­ habría ubicado en ese órgano de la ONU un centro de referencia equiparable a una instancia globalizada y enriquecida con nuevos equilibrios entre bloques de países preponderantemente democráticos o en procesos de democratización. Una instancia supranacional en la que, de alguna manera, se habría supuesto depositada la responsabilidad de atender la voluntad del "público como un todo", que tradicionalmente se ubicó en los gobiernos nacionales respecto del público de las clásicas sociedades democráticas de mercado.

Contra esas percepciones de la opinión pública globalizada, la decisión unilateral del presidente de Estados Unidos entraña una actividad comunicativa ­un mensaje­ de demolición de la utopía democrática de la globalidad en los términos percibidos o alentados por el público de la globalidad. Es una utopía configurada por la renovada ilusión de ciudadanos universales libres expresándose ante poderes a los que supusieron responsables de atender la voluntad y las visiones de esa parte significativa del público de la globalidad o de esa nueva ciudadanía producto de la globalización.

De regreso de la utopía, reinstalados traumáticamente en la realidad, el producto de una nueva ciudadanía planetaria de personas libres, con la capacidad de ser atendidas por los poderes del mundo globalizado, aparece como un producto no deseado de la globalización, hasta donde pretende regirla el poder mundial unilateral del gobierno estadounidense de hoy.

Y en lugar de una instancia supranacional ­de composición multilateral­ responsable de corresponder con sus decisiones a las visiones, percepciones, sensibilidades y voluntades de la parte significativa de ciudadanos libres que se ha expresado con la fuerza de una opinión pública global, aparecen las decisiones de un puñado de gobernantes nacionales trazando un abismo gigantesco con las visiones no sólo de esa opinión pública global, sino de la mayor parte de las propias opiniones públicas nacionales de cuya atención serían responsables incluso conforme a la teoría democrática clásica.

Porque en contraste incluso con los imperativos de esta teoría democrática clásica, ni José María Aznar ni Tony Blair parecen conceder la mínima importancia ni tener ningún respeto por el sentido de los votos que los llevaron al poder. Aznar, el presidente del gobierno de España, en respaldo a la decisión del presidente de Estados Unidos, fue capaz de ignorar a 90% de los españoles que están contra la guerra, y Blair, el primer ministro del Reino Unido, no se inmutó con la mayor manifestación pública realizada en Gran Bretaña en los últimos 30 años ni con la pérdida del apoyo de 140 diputados del Partido Laborista, que lo llevó al poder, lo que lo condujo a sostenerse con los votos del Partido Conservador en el Parlamento de su país.

La guerra de Bush, adicionalmente, atenta incluso contra los avances de la ciudadanía de los europeos libres en tanto introduce poderosos elementos de discordia en su organización supranacional.

Pero no todo resultaba desalentador en las horas previas al despuntar de esta primavera en que se escribían estas notas.

Incluso sin ser esta vez atendidas, los millones de personas que en las últimas semanas se consideraron libres para asociarse a escala global, conversar a través de los océanos, organizarse de unos a otros continentes y expresarse contra la guerra, han logrado escucharse entre ellas en su concurrencia al establecimiento de una agenda global del debate público que rebasa la primera etapa del concepto de agenda setting: la del qué ­el asunto de la guerra como tema de la conversación central de este público de la globalidad­ para pasar a la segunda etapa, la del cómo abordar este tema de conversación: el discernimiento, el juicio que le merece la guerra de Bush a este público y a esta opinión pública global.

La pregunta clave en este punto es sobre los efectos que tendrán los mensajes de la acción bélica unilateral en la apreciación, las actitudes y los comportamientos de este público, de esta opinión pública, de estas audiencias de la globalidad, cuyas visiones colectivas han sido desatendidas por quienes tenían la responsabilidad de atender la voluntad del "público como un todo", en consonancia con la teoría democrática y de acuerdo con los procedimientos social y/o legalmente convenidos.

El pensamiento más lúcido de la academia y de los medios de comunicación estadounidenses han advertido insistentemente sobre los enormes costos previsibles de esta acción de su gobierno.

Pero también desde fuera de Estados Unidos podríamos advertir el costo adicional de no tomar en serio uno de los efectos más trascendentes del crecimiento y la aceleración ­como producto del proceso globalizador­ de las redes económicas, culturales, comunicacionales y, ahora, políticas, que operan a escala planetaria y sobre una base mundial. Enfrentar con un simplismo mesiánico, a todas luces anacrónico, este complejo conjunto de flujos y procesos es ignorar el resultado de los grandes cambios y desarrollos de los mercados y las corporaciones multinacionales, de las tecnologías de la comunicación y de los medios, y de sus sistemas mundiales de producción y consumo, a los que hay que agregar la generación de expectativas, a escala también planetaria, en el orden de la participación democrática en la conformación de las decisiones que afectan esos mismos sistemas, procesos, redes y flujos de la globalidad.

La guerra de Bush tiene el carácter predecible y organizado del viejo imperialismo, irrumpiendo en un escenario mucho más complejo y menos organizable con las reglas de otras épocas. Más que ordenar o someter al orden al mundo de los insumisos, la guerra puede acarrear efectos disruptivos sobre las fronteras y las seguridades históricas que se pretenden garantizar o reinventar, con criterios seculares, frente a una opinión pública globalizada y movilizada por redes mediáticas que facilitan formas cada vez más rápidas y eficaces, más extendidas y más interdependientes de intercambio y participación global.

Para el público mexicano o la opinión pública de nuestro país, finalmente, el saldo de los primeros 20 días de marzo tampoco resultó desalentador. El gobierno del presidente Fox asumió su responsabilidad de atender la voluntad del "público como un todo", de acuerdo con los procedimientos social y/o legalmente convenidos, ante una opinión pública entendida como la visión colectiva de una parte significativa del público: 82% de la población.

A diferencia de Tony Blair, Fox no sólo actuó en línea con la mayoría, sino en línea y en congruencia con una de las fuerzas en que se sustentó su arribo a la Presidencia de México: la Iglesia católica, cuyas jerarquías, a nivel universal, desde la curia vaticana, y a los niveles locales, desde las conferencias episcopales, han jugado un papel sobresaliente en las redes globales y nacionales de resistencia a la guerra. Pero la decisión de Fox no ha prescindido de costos, cuyo monto resulta ahora difícil de apreciar. El principal de ellos, el enfrentamiento con otros poderosos patrocinadores de su llegada al poder presidencial: el empresariado nacional y algunos sectores del capital y del conservadurismo estadounidense.

Son éstas, expresiones adicionales de las complejidades de la globalidad, que se resisten a las simplificaciones de otras épocas.


José Carreño Carlón es director de la División de Estudios Profesionales de la Universidad Iberoamericana y titular de la Cátedra Unesco/UIA.

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