No estamos a la altura de sus ventajas materiales
Jacobo Zabludovsky
Agradezco profundamente a los integrantes del
Consejo de la Comunicación que preside el ingeniero Carlos
Fernández González el Premio Nacional de la
Comunicación que esta noche me entregan.
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Foto: Brill´s Content |
A estas alturas de la vida y del esfuerzo
profesional es un estímulo, un reconocimiento que viene de
expertos
veteranos en el arte y la artesanía de establecer
vínculos entre los seres humanos. Entré al mundo de la
comunicación hace 56
años, cuando tenía 16 de edad. El 3 de enero de 1945
obtuve el permiso de locutor expedido por la Secretaría de
Comunicaciones. Vi desaparecer los discos de 78 revoluciones, vi
llegar e irse los de 33 y 45, vi llegar las grabadoras de
alambre, las de cinta, las de bolsillo. Vi llegar la Frecuencia
Modulada, la alta fidelidad, los sistemas digitales. Vi llegar
las microondas y los satélites. Cuando la televisión
llegó yo ya estaba y luego fue a colores. Vi morir los bulbos
y nacer
el transistor. Presencié la llegada de la computadora, la
súbita presencia de la Internet, la conmoción de la
cibernética,
vi llegar el fax, desaparecer la hélices, los distintos
tamaños y velocidades de los videos, usé las
cámaras de 16
milimetros, especiales para noticias, las de 35 y las de sonido
incorporado. Aprieto un botón y en mi pantalla aparece
cualquier periódico del mundo. Aprieto otro y mi voz y la
imagen pueden darle la vuelta al planeta.
El andar de más de medio siglo me ha hecho
transitar por todos los asombros de la técnica, por todos los
productos de la imaginación, por todas las herramientas que el
hombre inventó y de las que el hombre dispuso durante la
pasada centuria. Hoy, al recibir el Premio de la Comunicación
me pregunto para qué se crearon tantas herramientas
increíbles y asombrosas. Me preguntó para qué y
pienso que el hombre debe hacer un profundo ejercicio de
reflexión
para responder a la pregunta: ¿les hemos dado a estos inventos
un uso digno, un uso que haya contribuido a la
mejoría intelectual y física de nuestros
contemporáneos? En un mundo que se asoma al siglo XXI con
millones de
habitantes carentes de alimentos, medicinas, casas, educación
y esperanzas, cuando el terrorismo y el combate al
terrorismo muestran formas nuevas de la barbarie, cuando la
comunicación nos ha incomunicado y cuando el mismo
principio científico que opera un rayo para curar un
cáncer mueve una bomba para destruir una ciudad,
¿qué podemos
esperar de los medios? La respuesta es sencilla, sencilla de explicar
y difícil de aplicar: es hora de admitir que no estamos a la
altura de las ventajas materiales de la comunicación
contemporánea. El vehículo viaja más aprisa que
los tripulantes.
El contenido es más débil que el continente. Quienes
nos dedicamos a la comunicación debemos hacer un esfuerzo
para alcanzar a quienes han creado el transporte y hacer que lo
transportado contribuya a la comprensión entre los
seres humanos, al fortalecimiento de sus valores morales, al combate
y derrota de los males antiguos y nuevos que azotan
a pueblos enteros. La comunicación es algo
más que un negocio, un alarde o un pretexto para distraernos y
alejarnos de lo fundamental: lograr que el hombre sea apoyo del
hombre y que la humanidad encuentre la forma de lograr
que el niño que nace hoy pueda vivir sin miedo, sin hambre y
sin odios. Si no hacemos por lo menos el esfuerzo,
nuestra profesión no tendrá ningún sentido.