De Orson Welles a la catástrofe de Manhattan
Román Gubern
En la Roma que fue cuna de la civilización occidental se reunían miles de personas en el Coliseo para disfrutar y rugir ante las carnicerías de gladiadores o las matanzas de cristianos despedazados por las bestias.
Siglos después, en el París donde se forjó la democracia europea moderna, decenas de miles de personas se congregaban para asistir con júbilo al funcionamiento imparable de la guillotina. Y mi abuelo me relató cómo, todavía en su infancia, las familias burguesas de Barcelona asistían con sus vástagos a presenciar las ejecuciones públicas de las que Ramón Casas dejó testimonio en su cuadro
Garrote vil (1894) y, tras el macabro rito, propinaban una bofetada pedagógica a sus niños, para que aprendieran a vivir rectamente. De esto hace menos de cien años. Y entre la antigua Roma y el espectáculo del terrorismo global en directo hemos tenido muy lucrativos espectáculos de peleas de gallos y de perros, de boxeo y lucha libre, de corridas de toros, de rugby y de películas de terror. A quien le interese este tema le recomiendo el libro
Why We Watch. The Attractions of Violent Entertainment, compilado por Jeffrey H. Goldstein (Oxford University Press).
Desde Caín existe en la humanidad una cultura de la violencia y del terror. A veces es clandestina, como las torturas que se practican en tantas comisarías del mundo, o en el seno de tantos matrimonios occidentales, o contra tantos niños indefensos de los países subdesarrollados y desarrollados. A veces es tolerada, como en las ablaciones de clítoris de mujeres africanas. Y a veces es pública e impuesta, como en los espectaculares actos de hiperterrorismo en Nueva York y en Washington. Porque hoy el complemento natural del terrorismo global es la televisión global en directo, que nos permite participar sin daño ni riesgo en el espectáculo del terror. Es una experiencia que todos acabamos de vivir virtualmente desde nuestros hogares.
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No me parece casual ni indiferente que, en este momento, el autor vivo que más libros vende en el mundo
sea Stephen King, el manufacturero más activo de literatura de terror. Ni debe sorprendernos la vitalidad, sobre
todo entre el público adolescente, de la cultura
gore en el cine, en los cómics, en los videojuegos y en Internet. En
1974.
La matanza de Texas, filme de Tobe Hooper, abrió un filón prolífico del que ha seguido manando a raudales
sangre Max Factor, con intrigas cada vez más pueriles pero con cuotas de violencia cada vez más elevadas. Sobre
este fenómeno puede consultar el lector con provecho el libro
Deathtripping. The Cinema of Transgression de
Jack Sargeant (Creation Books). Y por lo que atañe a los videojuegos, la polvareda que levantó
Mortal kombat hace un tiempo me excusa de extenderme en el tema.
Fue por esta época, tras el final de la guerra de Vietnam, cuando se empezó a tener constancia de que existía
un género de cine clandestino, los llamados
snuff movies, que exhibían muertes auténticas ante las cámaras. Yo
tuve conocimiento de este fenómeno en 1977, cuando residía en Hollywood, con motivo de un caso que ventiló la
prensa de la época protagonizado, precisamente, por un ex combatiente de Vietnam. Se ha escrito mucho sobre
este fenómeno, yo compré en un videoclub de Boston, hace unos 15 años, dos videocasetes de la serie titulada
Faces of Death, que ofrecen cada uno más de hora y media de muertes reales, extraídas de documentales y
noticias televisivas. Si tales videos se editan y ofrecen al mercado es porque existe un público para ellos. Sobre los
snuff movies salió hace poco en Francia un estudio elocuente:
La mort en direct, de Sarah Finger (Le Cherche Midi).
Como gran paradoja, el cine
snuff inmortaliza la muerte, al retener su imagen sobre un soporte
duradero, permitiendo a sus adictos renovar el placer de su contemplación. Su emergencia ha corrido paralela con las
muertes reales que nos presentan con tanta frecuencia los telediarios en nuestros hogares (guerras, atentados,
catástrofes y suicidios ante las cámaras, convertidos en un nuevo género narcisista-televisivo). Al llegar a este punto es
pertinente plantearse, a la vista de obras artísticas tan alabadas como el
Laocoonte o la foto de un miliciano
español alcanzado por un disparo que nos ofreció Robert Capa, la pregunta de si existe una estética de la muerte
violenta. La primera es una obra de ficción, pero la segunda es una fotografía documental, un testimonio de una
muerte auténtica. El anonimato que permite Internet ha reactualizado el tema de la muerte como espectáculo, pues
la oferta de pornografía sadomasoquista en la red, para su público especializado, puede ser la antesala o el
corredor que conduzca a la pornografía de la muerte, protegida de nuevo por el anonimato de sus emisores y consumidores.
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La violencia es una forma de pornografía que, curiosamente, suele estar menos perseguida o
desprestigiada socialmente que la pornografía sexual. En este punto, los países escandinavos constituyen una meritoria
excepción a la regla, al preferir el hedonismo genital al sadismo, mientras Japón ocupa el extremo de la tolerancia hacia
la violencia, asociada a la severidad frente al erotismo, en una correlación que parece significativa. Fue
Krafft-Ebing quien acuñó y definió los conceptos clínicos de sadismo y de masoquismo en el siglo XIX y Freud abrió el debate
sobre esta cuestión al proponer, en
Más allá del principio del
placer (1920), la existencia de una forma de placer
asociada al displacer y definirla como "el sector más oscuro e impenetrable de la vida anímica". De ahí surgió su
hipótesis del instinto de muerte, como forma de regresión biológica.
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Orson Welles en 1938 |
En Occidente la muerte se ha convertido en espectáculo ambivalente, como sugería Freud, y fue su
presencia reiterada en las telepantallas la que provocó el hartazgo de la opinión pública estadounidense acerca de la
guerra de Vietnam y obligó a sus políticos a cancelarla. Por eso la censura militar impidió que la muerte apareciera en
las imágenes de la guerra del Golfo, guerra aséptica por antonomasia, servida por precisas "bombas inteligentes" y con sus bombardeos nocturnos mostrados como candelas encendidas en un árbol navideño. Con la catástrofe
de Manhattan hemos vuelto de nuevo a esta censura, pues en nuestras pantallas no han aparecido cadáveres.
Aparentemente, los aviones-bombas eran armas destructivas, pero no asesinas. Y, por eso, el pánico provocado en
las masas despavoridas parecía el susto engañoso de los radioescuchas de Orson Welles en 1938. Una vez más,
la realidad parecía querer imitar a la ficción.
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Cancelada la guerra fría, parecía que John Le Carré estaba condenado al desempleo, igual que los espías
occidentales "sovietólogos", pues no es fácil reciclar a los expertos en política y lengua eslava en especialistas en
árabe e islamismo. La CIA se las vio y se las deseó para reemplazar sus antiguos equipos de kremlinólogos. El vacío
de este interregno, ciertamente, se ha notado de modo clamoroso y las consecuencias y estropicios ahora están a
la vista. Pero Le Carré ya tiene un nuevo terreno de juego internacional, entre zocos y mezquitas, para
complementar la política-ficción triunfante de Tom Clancey, quien ya nos adelantó sagazmente en 1995 en un
bestseller lo que iba a pasar en Manhattan. E incluso auguró una nueva guerra civil en España, que aparentemente no ha
inquietado demasiado al Cesid.
La violencia es un producto mediático, literario y audiovisual, que vende bien, con la condición de que garantice las dosis de adrenalina que cada consumidor desee liberar. En la guerra del Golfo, la primera guerra televisada en directo de la historia, el contraste entre la hiperinflación mediática y la escasez adrenalínica fue tan grande, que Baudrillard pudo escribir un ingenioso libro titulado La Guerra del Golfo no ha tenido lugar. Supongo que no hizo gracia a quienes fueron heridos o enfermaron a causa del coctel bacteriológico que circuló por la zona. Pero Baudrillard acertó en su diagnóstico de la violencia virtual, que parecía la puesta en escena de un estudio de Hollywood. Y lo que hemos visto ahora, gracias a las cámaras de la CNN, parecía también una película catastrofista producida en la Meca del Cine.