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Revista al mar




Nicolás Alvarado



Está la vista al mar, ésa que ofrece el espectáculo de la inmensidad omnipotente, si bien al recaudo de un vidrio resistente y unos cuantos kilómetros de asfalto o playa. Está la vista al bar, aquella que deviene imagen e idea fija cuando, desolados, no podemos pensar más que en one for my baby and one more for the road. Y está, finalmente, la revista al mar, papel no impermeable y no sanforizado, engullido por la marea del mercado y el oleaje de la oportunidad.

Lo que sigue son naufragios y comentarios, como en Cabeza de Vaca. Peor, porque el resultado más que divertido se antoja deprimente, porque las cabezas son muchas y todas tozudas, cabezas de vaca ­de vaquilla, de hecho­ de editores cabezotas que algún día soñamos con embestir a ese matador sanguinario que es el universo de las revistas independientes.

¡Ole, torero!

* * *

Durante los años más miserables de mi adolescencia, a mi madre le dio por decir ­acaso para explicarse mi carácter retraído, nostálgico, hiperformal y, por tanto, inadaptado­ que su único hijo había nacido viejo. Juicio apresurado e impreciso, desde luego (nací arrugado, sí, pero no más que otros bebés, y disfruté a Don Gato y a los Pitufos cuando y como me tocó disfrutarlos), pero no del todo errado: lo cierto es que, a eso de los 12 años tuve una visión cinematográfica que se reveló celeste ­para ser preciso la visión de Sombrero de copa, cinta de 1935 en la que Fred Astaire y Ginger Rogers presiden una borrachera de baile y música e ingenio y un glamour que hoy habrá que calificar de retro­ y que, apartir de ese momento, me volví un entusiasta del pasado en general y del periodo de entreguerras en particular. Así, entregué mis años mozos a Fitzgerald y a Fritz Lang, cultivé un gusto anómalo a mi entonces edad por el art déco y por la arquitectura de la Bauhaus e hice de la obra toda de Cole Porter mi soundtrack personal.

No habrá de extrañar entonces que, algún tiempo después ­entre 1988 y 1992, cuando contaba entre 13 y 16 años­, deviniera asiduo lector de una publicación estadounidense descubierta por azar mientras eludía el curso de educación física, entregado al deporte mucho más estimulante de hojear revistas en un Sanborns cercano a la escuela. La primera portada adquirida se dividía en cuatro para presentar sendas fotos de un Jimmy Hoffa siniestro, una Judy Garland entrañable, una Grace Kelly radiante y un Charles Manson perturbador. Su cabezal rezaba Memories y, en más pequeño, "the magazine of then and now".

Durante sus escasos y atropellados 48 meses de vida editorial, Memories habría de erigirse en proyecto tan osado como valioso: una publicación bimestral dedicada a presentar reportajes, digamos, en blanco y negro, a contar las historias del pasado con garbo literario y puntualidad periodística, así como a actualizar y contextualizar su posterior devenir. ¿Se cumplían 50 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial? Memories analizaba la percepción estadounidense de Hitler. ¿Otro tanto de la muerte de Herr Doktor Freud? Memories rendía homenaje a su legado y presentaba un reportaje sobre el estado del arte de la clínica psicoanalítica. ¿Warren Beatty estrenaba su Dick Tracy? Memories trazaba los orígenes de la tira cómica original de Chester Gould.

El proyecto habría de nacer en la mente del editor Carey Winfrey, graduado de la revista Cuisine y ex reportero tanto de Time como del New York Times, quien lograría convencer de sus bondades a Peter Diamandis, durante años presidente de CBS Magazines y para 1988 cabeza de su propia editorial, Diamandis Communications. La revista habría de ver la luz el 12 de enero de ese año, con un número de prueba aislado cuyo buen éxito redundaría en su aparición bimestral regular a partir de enero de 1989. Para ese entonces, sin embargo, Diamandis había vendido su empresa al consorcio francés Hachette, factor que a la postre sería determinante en la eventual y pronta muerte de Memories. Y es que, para septiembre de 1990 ­y, con increíble incongruencia, tan sólo unas semanas después del anuncio de la nueva periodicidad mensual de la revista y diez días antes del lanzamiento de su edición televisiva por la NBC­, Hachette cortaba la cabeza a Memories, so pretexto de elevados costos de producción y "reblandecimiento del mercado publicitario".

Antes de morir de una vez y para siempre, Memories habría de tener un estertor último y lamentable: una edición fechada en enero de 1991, ya sin Winfrey a la cabeza del directorio e impresa a una triste tinta en un todavía más triste papel bond, en la que los nuevos editores hablaban de "probar las aguas" una última vez.

Revista al mar, huelga decir.

* * *

Si recuerdo ahora mi querida Memories es porque yo mismo acabo de dar muerte clemente a la revista El Huevo que, como aquella atrevida que se propusiera fundir pasado y presente, cometiera la sana osadía de acercar alta cultura y cultura popular. Memories como El Huevo no son, por desgracia, lamentables hitos aislados: son síntomas de un mercado editorial global empobrecido, hijo de unos lectores, y sobre todo de unos anunciantes, que se sienten felices de vivir en un mundo dominado por el National Enquirer y por TV Pasillo, pero también de unos editores ­así Winfrey, así yo mismo­ que no hemos sabido desarrollar estrategias creativas y originales para remar contracorriente. Así, aquí, las añoradas Viceversa, (paréntesis), arcana y Equis, que no resistieron el oleaje de mierda; así, allá, tantas que incluso han dado lugar a un sitio Web llamado Magazine Death Pool (magazinedeathpool.com), panteón de los náufragos editoriales estadounidenses a cuyas filas de ahogados acaba de sumarse Premiere, la revista paradigmática de cine hollywoodense de los últimos 20 años.

Hasta aquí la primera entrega de este hombre al agua, aferrado ahora a la balsa generosa y valerosa de etcétera. ¿Alguien tendrá un flotis que le sobre?


Periodista y escritor.
nicolasalvaradov@gmail.com

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