Francisco Báez Rodríguez
En una de las novelas del famoso escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, aparecen unos bichos horribles. Unos nano
robots con forma de mosca que vuelan en parques, plazas y calles, se introducen en casas, autos, comercios, fábricas y oficinas, y en
vez de zumbido producen jingles comerciales. Estás en pleno embotellamiento y por la ventana del carro se te mete una mosca que
te dice insistentemente al oído: "Corre de boletazo por una Coca-Cola".
Philip K. Dick, el autor de las obras en las que se basaron
Blade Runner, Vanilla Sky, Minority
Report y El vengador del futuro, entre otras, suele pintar sociedades marcadas por la esquizofrenia y la mentira. Sociedades sin regulación alguna, enfermas por
la venta indiscriminada de sueños al por mayor.
La televisión mexicana se parece cada vez más a esas distopias.
Pensemos, por ejemplo, en la abundancia de comerciales, más allá de los límites fijados por nuestra obsoleta regulación.
Las principales televisoras no sólo suelen pasarse en el tiempo permitido para la comercialización, sino que introducen, de
manera cada vez más clara, comerciales dentro del tiempo de programación (que supuestamente está bien definido por la ley). Dentro
de la programación hay comerciales, y dentro de esos comerciales hay otros comerciales, como en las
matriushkas rusas.
Pensemos en las transmisiones del futbol. Tenemos la publicidad estática de la cancha, la que llevan los jugadores en
sus camisetas (esas ni modo de quitarlas, pero ahí están); tenemos las superimposiciones programadas sin ton ni son, así que
pueden esconder el drible del futbolista que se acerca al área (y que en Televisión Azteca son a cada instante); también están el
omnipresente globo de Telcel presentándote la repetición de una falta mientras se desarrolla en tiempo real una jugada de peligro; los
robapantallas de Azteca, que hacen minúscula la imagen del juego, rodeada del anuncio; las tomas digitales a las gradas, donde
aparecen anuncios gigantes (a menudo de políticos en campaña) y, para colmo, los cada vez menos ocasionales anuncios y
promocionales en boca de los cronistas (como cuando "Rafa Márquez avanza
en infinitum por el medio campo").
De los 90 minutos de juego, ¿cuánto es "programación"? Según las televisoras, los 90 minutos, aunque la transmisión
haya estado plagada de moscas comerciales.
Sigamos en el fin de semana. A los concursantes de
El rival más débil se les hacen preguntas de Helados Holanda; los
participantes de Bailando por un
sueño danzan bajo el manto protector de Boletazo; y eso por no hablar de
Vas o no vas o del decano de las
matriushkas comerciales: En familia con
Chabelo. Entre semana, ni siquiera El privilegio de
mandar se ha salvado. Y ahí tenemos al
PG, a Chente Fox, a Martita
Según promoviendo el consumo de los más distintos productos.
Detrás de esta calamidad hay razones de fondo. El control remoto permite zapear con facilidad mientras están las
pausas comerciales, la publicidad dentro del programa impide dicho zapeo y obliga al televidente a recibirla.
Un comercial entre programa y programa cuesta menos que un comercial en los
breaks publicitarios a lo largo de un mismo programa. Bajo la misma lógica, la publicidad dentro de los programas cuesta más.
Aceptemos que el control remoto ha quitado tiempo real de exposición de la teleaudiencia a los comerciales. Aceptemos que
la televisión privada no vive de sus programas, sino de la venta de
rating. Quedemos, entonces, en que es válido hacer
publicidad dentro de los programas, dentro de ciertos límites razonables.
Lo que no se vale es que dicha publicidad pase de contrabando como si fuera parte de la programación. Lo que no se vale es
que el televidente se tenga que zampar en comerciales y promocionales la mitad de su tiempo frente a la pantalla, y que el Estado
se haga de la vista gorda ante tales excesos.
Hay una solución muy sencilla. Hagamos como en España. Cuando Ramón García, en
El gran prix conduce un concurso basado en unos focos "muy ahorrativos", de los que canta las loas, en la parte superior de la pantalla aparece una superimposición,
que dice con toda claridad: "Publicidad". Ese tiempo no forma, legalmente, parte del programa, sino de la pauta publicitaria.
Claro que para llegar a esta solución en nuestro país habría, primero, que aplicar la ley existente y, después, que reformar
la normatividad, de tal manera que la publicidad dentro de la programación fuera abiertamente permitida, pero ta bién
claramente regulada. Y eso, en tiempos de una campaña electoral centrada en los medios electrónicos, es punto menos que imposible.
Así que, querido lector, a aguantar las moscas.