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José Carreño Carlón  José Luis Lamadrid


 Elogio de la conversación


 José Carreño Carlón


A la fecha de la muerte de José Luis Lamadrid, el 1 de octubre de 2003, nada razonablemente generoso parecía esperarse ya del primer sexenio del nuevo siglo y del nuevo ciclo político mexicano. Nada, al menos, de sus clases dirigentes.

Del análisis de sus posiciones en los medios, no podía vislumbrarse algún rasgo que tocara al menos un propósito esencial. De la artificiosa, poco convincente división de esas élites se percibían acaso datos contingentes ­conveniencias rabiosamente coyunturales­: entre reformistas (partidarias de una modernización descalificada por sus impugnadores llamándola neoliberal) y tradicionalistas (partidarias de la conservación de lo que quedaba del Estado postrevolucionario y agrupadas por sus oponentes bajo la etiqueta de populistas).

Lo que tuvimos frente a frente en el periodo ordinario de sesiones de otoño de 2003 fue:

a) Por un lado, una jaloneada y finalmente equívoca oferta reformista, de un calado insignificante de cara a la profundidad de los retos y rezagos acumulados, reducida al manejo instrumental de dos o tres variables, sin perspectiva histórica, sin respaldo en habilidades para el cabildeo parlamentario y sin mayor sustento conceptual e intelectual en los medios ni en la tribuna, y

b) Por otro lado, el rechazo sin alternativa a ese proyecto reformista, con un discurso de exaltación nacionalistapopulista manejado como instrumento de extorsión para la conquista o la reconquista de territorios de privilegio, impunidad y poder.

Ya entrado diciembre de ese año, una apología del cinismo fue la contenida en la frase de un vocero del bando antirreformista en el sentido de que el Presidente se equivocó de interlocutor para la gestión de sus magras y fallidas reformas en aquel último trimestre de 2003. De hecho esa frase podía descifrarse como una oferta de venta de protección (o de promesa de respaldo parlamentario en un encontronazo posterior) a un comprador de protección que aún no se reponía del golpe de ver incumplido el trato por una parte de los vendedores. Y precisamente uno de los artífices del engaño culpaba a la víctima del engaño de no haber hecho el trato con los capos efectivos y le garantizaba que la próxima vez sí le cumplirían los términos de la venta una vez establecido que ahora ellos serían quienes cobrarían por el servicio. Entre sus equívocamente crispados debates y sus regateos francamente grotescos, más que opciones diversas, nuestras clases dirigentes suelen mostrar similitudes nada edificantes.

De hecho, en el trimestre que siguió a la muerte de Lamadrid esas élites aparecieron cada vez más identificadas entre sí por una serie de elementos comunes integrados a su esencia.

José Luis Lamadrid había ubicado estos elementos desde finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado. Los presentaba como constitutivos de un claro proceso de decadencia de esas clases dirigentes, un proceso que, a su parecer, ya hacía crisis en los 80; se interrumpía con la expectativa de una renovación generacional en el gobierno, en el empresariado y en el sindicalismo en los primeros 90; registraba una recaída y entraba en fase terminal a partir de la segunda mitad de los mismos 90, para llegar a la debacle en los primeros años de este siglo XXI.

José Luis Lamadrid
Foto: Luis Jorge Gallegos
Entre los elementos centrales del proceso de decadencia de las élites nacionales del México de las últimas décadas, Lamadrid señalaba una ausencia de ideas rectoras y una inconsistencia manifiesta en sus planteamientos. A derechas, a izquierdas y al centro. El inmediatismo de estas élites fue otro elemento identificado de este proceso de decadencia. Su impaciencia por cobrar rendimientos ­en los mercados de la política y de los negocios­ les ha impedido madurar proyectos sociales, económicos, culturales de largo aliento. Sus técnicas de venta rápida son una expresión más de un oportunismo que, ya en la época de la competencia electoral y de la alternancia plenas, terminó reduciendo la diferencia entre las élites políticas y las empresariales a un mero factor de división del trabajo: mientras que las élites políticas ciertamente no suelen ver más allá de la siguiente elección, con el cálculo de su siguiente reciclamiento o colocación, las empresariales no ven más allá de los negocios que esperan impulsar a la sombra de esa misma siguiente elección, con el cálculo de la llegada de sus patrocinados ­incluidas aquí todas las opciones viables­ en los procesos preelectorales, electorales y postelectorales.

Con la limitación de los alcances de sus hábitos analíticos, en el mejor de los casos, al examen de las encuestas de preferencias electorales o de los vaivenes de los mercados ­sin más propósito que el de vender y comprar lealtades y apoyos oportunos en el campo político y comprar y vender ventajosamente negocios y paquetes accionarios en los frentes mercantiles y financieros­ nuestras élites no sólo aparecen como incapaces de plantear a la sociedad análisis políticos, económicos y sociales dignos de ese nombre, sino que, cuando se llegan a tropezar con algunos, les resultan incomprensibles y por tanto despreciables.

Un papel central en la configuración de este paisaje desolado han jugado las élites de los medios de comunicación, de la academia y de las iglesias. Su producción intelectual ­por llamarla de algún modo­ en versiones impresas, de audio y de imagen­ apenas alcanza para definir una agenda pública, por un lado, limitada a la descalificación ­mientras más crispada mejor posicionada­ de competidores o antagonistas y, por otro, expandida en una generalización de teorías conspirativas y reflejos volcados a la eliminación de los contrarios.

Desde la extrema pobreza intelectual de la mayor parte de nuestros liderazgos informativos y de opinión, un diagnóstico de la realidad, una toma de posición o una propuesta de curso de acción sólo pueden interpretarse como "ataques" a los involucrados en cada situación analizada o como "cobros de facturas" a quienes han sustentado otra posición o han propuesto otro curso de acción. No es relevante, en esta desolación conceptual de buena parte de nuestros informadores y analistas en los medios, la sustancia de los señalamientos de uno a otro actor político, empresarial, periodístico, académico, intelectual o religioso. Lo relevante es la certeza de que allí no hay más que un "ataque" y lo procedente es el establecimiento automático de alineamientos conspirativos y deslindes traicioneros a "descubrir" y "denunciar".

Lo mismo en los espacios periodísticos políticos que en los financieros, culturales o religiosos, y como eco de sus fuentes informantes, inspiradoras y/o patrocinadoras, una suerte de aznarización aqueja nuestra agenda pública como reflejo de la decadencia de nuestra clases dirigentes. Si para la derecha española toda crítica o propuesta de reforma a la Constitución es un ataque inaceptable a la Carta Magna y a los valores inmanentes y trascendentes del Estado, aquí, igual para derecha, la izquierda y el centro, toda crítica o propuesta reformista es un ataque a la posición del que se siente atacado, quien remite de inmediato ese ataque ya sea a la nación, al pueblo o al progreso.

Pero si hay un campo en que la improvisación o la decadencia de las clases dirigentes tienen un reflejo especialmente dramático es en el de las ineptitudes expresivas, como lo ha puesto en evidencia Carlos Monsiváis a través de sus disecciones del habla del poder desde hace cuatro décadas. Desde los púlpitos de los gobiernos ­el federal y los locales­ los congresos, los partidos, los negocios, los medios, las universidades, la producción editorial, las iglesias, los sindicatos y otras organizaciones sociales, nuestras élites suelen compartir una incapacidad radical ­de raíz­ para el ejercicio de la palabra y una consecuente ­y también radical­ falta de respeto por las palabras. Esto se hace más evidente en un entorno en el que el registro de los medios de comunicación suele incluir no sólo los hechos sino, con mucha mayor frecuencia, suele privilegiar los dichos de los actores.

No es que sea excepcional, en el mundo, que hechos y dichos resulten igualmente susceptibles de ser convertidos en noticias, o de constituirse en mensajes a concurrir en la agenda del debate público. O, con el sentido de trascendencia en que lo expresa la profesora argentina Liliana Viola desde las primeras líneas de Los discursos del poder, no se trata de poner en duda que "la historia no sólo está hecha de acciones, sino también de discursos".

Lo que, para el diagnóstico de las clases dirigentes, en todo caso, resulta fundamental, es la calidad del debate público, ya sea que, por momentos, la agenda comprenda el tratamiento de hechos o se concentre en el procesamientos de dichos. Y es en este punto en el que José Luis dio más de qué hablar. De él y del mundo político ­y retórico­ en el que transcurrió su vida.

Si los protagonistas de las noticias y de la historia no sólo suelen ser hombres y mujeres de acción, sino también de dicción, de palabra, de palabra dicha, expresada de viva voz, Lamadrid perteneció más a este grupo de seres.

José Luis vivió por y para la palabra en el filo ­en el último tramo­ de una época en que, fuera cual fuere el espacio de expresión o el medio de comunicación empleado, todavía se otorgaba algún valor a las palabras. Un tiempo en el que las expresiones verbales, además de una mínima calidad gramatical ­ahora prácticamente inexistente­ tenían la calidad requerida para constituir mensajes destinados a generar sentidos ­y no sólo efectos mercadológicos, como los buscados hoy­. Y en que era factible provocar la discusión de esos sentidos generados ­y no solamente producir, en su lugar, una sucesión espasmódica de frases prefabricadas, diatribas, poses de perdonavidas y escenarios teatralizados, como ocurre en la actualidad­.

Y José Luis se fue muriendo en la medida en que su época llegaba a su fin. Se fue extinguiendo hasta la muerte en la medida en que avanzaba cada hora de este tiempo mexicano de inmensa desvalorización de las palabras. Y, sobre todo, de una de devaluación en picada de quienes se atrevían a discurrir y eran capaces de hilarpalabras, darles congruencia y sentido sin las muletas del tarjeteo de asesores y consultores, de las frases manufacturadas a pedido, encargadas con un número de caracteres contados cuidadosamente a fin de facilitar el premio de una cabeza periodística en la siguiente edición o una entrada en el siguiente noticiero.

La agonía de José Luis no se limitó a la larga postración de más de un año de dolencias y tratamientos ni a las crueldades hospitalarias del verano y los primeros días del otoño de 2003, sino que venía de más lejos. De hecho se empalmó con la prolongada fase terminal de una crisis de clase dirigente incapaz de producir un discurso con valor conceptual propio, sin sucumbir a las exigencias formales de los medios ni, mucho menos, a sus exigencias sustanciales.

Lamadrid no soportaba la visión de una clase política e intelectual entregada a la viscosa adulación a los medios para ganar la ansiada mención impresa o el insert de audio e imagen a cambio de respaldar ­con algún lenguaje explícito o con el silencio encubridor­ las causas, los intereses y las posiciones del poder mediático y de quienes lo controlan. Por eso, en este páramo del discurso político nacional de hoy, la muerte de nuestro Lama tampoco parece tan extraña. Tiene congruencia. Digamos que hace sentido: su muerte es un mensaje que genera sentidos y convoca a la discusión de los sentidos generados.

Como sobreviviente de la cultura de la conversación ­para beneficiarnos del feliz título del libro de Benedetta Craveri, una historia de las ideas y de las costumbres de la Francia dieciochesca­ Lamadrid labró desde su juventud un dominio magistral del arte y del disfrute de conversar, de discurrir; una tradición rescatada por la Ilustración ­sostiene Craveri­ de los diálogos de los griegos de la antigüedad. No es el lugar ni el momento de rastrear la llegada de esa tradición a nuestro país, pero es un hecho que todavía se conservó en algunos reductos de vida civilizada en el México del siglo XX, sólo para entrar en un acelerado proceso de extinción entre las élites de las últimas décadas de la pasada centuria y del primer lustro del siglo XXI mexicano.

En sobremesas, tertulias, horas de café o de aperitivos, la conversación ha sido un método a la vez eficaz y amigable de comunicación, de circulación de ideas, un espacio para compartir lecturas, transmitir experiencias, recibir testimonios de acontecimientos cercanos y remotos y, por supuesto, para seleccionar aquellos asuntos propuestos por los medios para la atención del público. No en balde Elihu Katz ­un clásico de los estudios del espacio público como ámbito de interacción entre medios, individuos y sociedad, así como de los procesos de formación de la opinión y la acción públicas­ ha alertado sobre la precipitación de suponer que basta con que los medios recojan un asunto para que éste quede inscrito en la agenda del debate público. En los términos de Katz sólo se puede dar por establecido un tema en esa agenda del debate público cuando éste trasciende de los medios y de sus operadores a las conversaciones del público, a las mesas del desayuno, de las comidas, de las cenas, en salones y bares, en aulas y centros de trabajo.

Pero una cultura de la conversación merecedora de ese nombre supone una preparación, un adiestramiento y un entrenamiento continuos. Obtener, seleccionar, jerarquizar, contextualizar y exponer los asuntos de acuerdo con las expectativas, necesidades o simples estados de ánimo de los contertulios han sido habilidades que se han desarrollado más con delectación que como deber, más por gusto que por la necesidad o la obsesión de hoy de colocar mensajes premanufacturados en los diferentes segmentos del público.

El magisterio y el oficio de José Luis en la cultura de la conversación fluían de un amplio e intenso registro de lecturas de derecho, política, economía, filosofía, historia, literatura, lo mismo que de su seguimiento a flor de piel de las hazañas más memorables de los toros y el futbol. Como verdadero oficiante de la cultura de la conversación, José Luis se aplicaba con la misma intensidad ­y la misma consideración para el interlocutor­ si se trataba de discutir el resultado del partido de la víspera, que la interpretación de un pasaje clave de la revolución francesa, la aportación o el sin sentido del libro más reciente de una gloria nacional o internacional o el peso que podía tener en los yerros oficiales del momento el entusiasmo presidencial por alguna funcionaria.

Porque no hay qué menospreciar el hecho de que este magisterio fluía también de su posesión de yacimientos generosos de noticias sobre hábitos, incidentes, anécdotas, versiones en circulación, chismes y habladurías referentes a mujeres y hombres públicos de varias generaciones: depósitos de recursos siempre renovables, autosustentables, como se diría ahora, en tanto se reabastecían gracias al flujo incesante de generaciones de contertulios iniciados en los rituales de esa cultura de la conversación.

Acaso acorralados por un fetichismo academicista o tecnocrático en boga, sus amigos solíamos reprocharle en vida, a José Luis ­como lo hizo Ricardo Monreal en una serie de cálidas despedidas e informadas remembranzas, publicadas en Milenio­ que no hubiera convertido sus dominios profesionales y disciplinares en una aconsejable acumulación de artículos y libros publicados y/o en una conveniente colección de títulos de postgrado que le hubieran dado mayor trascendencia y permanencia a sus aportaciones verbales (y quizá mayor brillo y cotización a su presencia en el mercado de la vida pública).

Pero quizá ahora estemos en aptitud de descifrar la sonrisa condescendiente con que se limitaba a responder a esos reproches. Y tal vez también podamos hoy disfrutar con más intensidad la sorna, la histriónica pomposidad con que se dirigía ­empezando con un estruendoso ¡Doctor! o con un burlón ¡Escritor! o ¡Escritora!­ a cada nuevo aventurero o aventurera que veía acercarse a los corredores del poder para ganar el oído de los poderosos, y desde allí, las nóminas más rendidoras, las prebendas más codiciadas, los apoyos más generosos para sus proyectos y empresas y los sillones más funcionales y los sitios más rentables en los actos solemnes, los banquetes, los viajes y las veladas de esas élites. A éstas llegaban a integrarse esos nuevos doctores y escritores, sin aportar algo memorable, por supuesto, para paliar siquiera la crisis de clase dirigente anticipada por Lamadrid en sus advertencias desatendidas, sino acaso contribuyendo a acelerarla con su docta superficialidad y desmedida ambición.

Nada más alejado de las tertulias de Lama, sin embargo, que una actitud antintelectual, antiacadémica o antilibresca. Al contrario: las conversaciones de José Luis alentaban el desarrollo intelectual ­de muchas maneras lo exigían­ de los interlocutores. Prodigaba sugerencias, a veces órdenes, de lecturas: desde las más elementales ­de acuerdo con el nivel del contertulio­ hasta las que suponían una profundidad y un refinamiento de lector "especializado", salvo que su "especialización", paradójicamente, parecía extenderse a extensiones enciclopédicas del conocimiento.

Cierto. No presumió de series de tesis de grados y postgrados, ni dedicó libros por millares como llaves de ingreso a los escenarios del poder, pero a través de sus infatigables conversaciones indujo, nutrió ­muchas veces dictó­ y revisó algunos de los documentos normativos, aportes ideológicos y estudios teóricos y de divulgación que hoy son indispensables para conocer, valorar y aprender de los principios, alcances y limitaciones del importante ciclo de aperturas y reformas modernizadoras que entre 1976 y 1996 transformaron al país en los órdenes de la política, la economía, los derechos humanos, las relaciones Iglesia-Estado, el campo y la inserción de México en la nueva realidad internacional. Me atrevería a decir en este punto que Lamadrid produjo una obra conversacional con mayores rendimientos que, digamos, la obra editorial de algunos académicos y de numerosos y afamados consejeros áulicos de las cabezas del poder político de antes o de los poderes económicos y de sus vicarios en las clases dirigentes de hoy.

Otro aspecto característico de la trayectoria de la influencia de su obra conversacional fue su reformismo medular. Éste lo mantuvo a la vez comprometido sin titubeos con los procesos de cambios e innovación, pero, también sin vacilaciones, lo sostuvo alejado explícitamente de los llamados a algún tipo de ruptura de los registrados en el país una década sí y otra también en el último medio siglo mexicano.

Su ilustración y solidez formativa le permitieron andar por la vida con una seguridad, un aplomo ­que algunos acomplejados confundían con soberbia­ y una estabilidad poco comunes en los tiempos de crisis afrontados a lo largo de este recorrido. Y aunados, reformismo e ilustración, a un sentido de arraigo de estirpe aristocrático ­como la que dio a luz a la cultura de la conversación, según la propia Benedetta Craveri­ una singular lealtad a las raíces, a todas: a Guadalajara y al Atlas, al PRI y a Reyes Heroles, a la FEG y a la memoria del general Ramón Corona, lo inocularon ­y con frecuencia lo hacían rebelarse­ contra la manifestación más reciente ­la que incubó la fase terminal­ de la crisis de la clase dirigente en México: una tendencia ­en auge desde finales de 1988­ a la volatilidad y al desarraigo, a la ruptura constante de acuerdos y lealtades. En tres frentes:

a) De las élites políticas, respecto de la pertenencia a sus partidos, con impulsos adictivos a la deserción a la vista de las ofertas del partido de enfrente, así como con una pulsión al incumplimiento de pactos y acuerdos ­dentro y fuera de sus organizaciones­ asumida como algo natural, consustancial a la vida política.

b) De las élites empresariales ­a la cabeza, las controladoras de los medios­ respecto de sus compromisos con proyectos compartidos entre ellas ­y de ellas con el gobierno o los grupos políticos­ una volatilidad expresada aquí, no en función de entendimientos o desentendimientos sobre el curso del país o los modelos económicos a seguir, sino de la conveniencia de afianzar, cada una por su lado, sus negocios con la vista puesta en los humores, las filias o las fobias del poderoso en turno hasta el 2000, y más tarde en consulta con el oráculo de las encuestas electorales a fin de empezar a cultivar con tiempo el humor del (o de los) que pueden venir.

c) De las élites de la opinión, la información y la cultura, con sus lindes y deslindes, reconocimientos y desconocimientos, juramentos de fidelidad y proclamas de traición, tanto entre esas élites como respecto de los compromisos de cada una de ellas con sus (sucesivos o simultáneos) mecenas, clientes, aliados o contrapartes en colusión en los poderes político y empresarial.

Al calor de la ruptura priista de finales de los 80 ocurrió una jornada conversacional típica de las oficiadas por Lama. Los contertulios: unos, actores y partidarios de la corriente centrífuga, otros, sus impugnadores. Lamadrid llevó la conversación a una serie de comparaciones de ese episodio con otros similares del siglo. La conversación ya había despegado cuando, entre tonos deliberantes cada vez más altos, Lamadrid logró poner en perspectiva histórica el episodio en curso y contrastar los perfiles de las personalidades y de las circunstancias de cada ruptura analizada. Ya había tomado bastante altura el intercambio cuando fluyó a otros rompimientos históricos de grupos gobernantes o dominantes, a escala universal, hasta llegar al de la Iglesia católica. Quien más, quien menos, todos, incluido Lamadrid, valoraron el cisma luterano con explicaciones y justificaciones de rutina ante los abusos de Roma. Pero todos coincidieron también en los terribles costos en vidas humanas de la sucesión de guerras religiosas que siguieron al cisma y todos advirtieron sobre los riesgos de violencia que se gestaban en las rupturas en curso.

De pronto, fuera de agenda, sin proponérselo, como se producen los hallazgos en las conversaciones de verdad, José Luis empezó a desplazarse por un canal que lo condujo a verbalizar el perfil de un modelo de conducta y actitud en medio de las rupturas mayores o menores entre quienes plantean cambios por vías diferentes. Y de pronto, también fue cayendo en un relato que concluía en que el verdadero reformista de aquel verdadero hito histórico fue un reformista ilustrado ­como el que más­ del Renacimiento. Reformista verdadero porque se aferró a promover una nueva forma de ser de la Iglesia, sin caer en la ruptura, sin dejar el seno de ésta, a pesar de que la línea dura romana se empeñó en combatirlo, en identificarlo como enemigo, en aislarlo como autor intelectual del cisma. Y porque se mantuvo en su posición reformadora, crítica de Roma, a pesar de que Lutero mismo se empeñó en denostarlo y en acusarlo de estar al servicio del papado por no estar del lado de la ruptura y la guerra a muerte contra la Iglesia, es decir, por aferrarse al genuino proyecto de reforma de la institución y no a su destrucción.

Erasmo, dejó caer Lamadrid, era un modelo de actitud a observar ante el ciclo de desestructuración institucional y de naufragio de lealtades que en todos los órdenes empezaba ­en México y en el mundo­ en aquel tránsito de los 80 a los 90 del siglo pasado, y que en nuestro país tomó su mayor impulso en la segunda mitad de los 90, con un proceso de autodes-trucción institucional y demolición de lealtades que hasta el final de los días de José Luis seguía provocando estragos, particularmente, los expresados en la incapacidad de las clases dirigentes para alcanzar acuerdos duraderos.

Las frustraciones, las purgas, la dispersión de los actores generados por este proceso, aunados al fin natural de los días de los más añosos de sus contertulios, hicieron que, con el propio ciclo vital de José Luis, también se fuera agotando el elenco de practicantes de cultura de la conversación que convocaba el magisterio de Lamadrid. Desaparecía de la escena la clase dirigente que había sido su interlocutora por cerca de medio siglo, incluyendo los presidentes que incidieron en su trayectoria.

Para finales de los 90, por ejemplo, ya resultaba inviable una conversación que así pudiera llamarse con una de las cabezas del proceso de descomposición y autodestrucción institucional, con una personalidad de la simpleza (vendida como sencillez) y del hermetismo (presentado como sobriedad) del presidente Zedillo y sus bloqueos y retorcimientos insondables.

Tampoco hubiera resultado transitable un intercambio que pasara como conversación con el presidente Fox. En este caso no tanto por el hermetismo y los bloqueos de su antecesor, sino por el extremo contrario: su ausencia de diques y canales para contener y dar cauces a ideas, asociaciones e informaciones, así como para organizarlas conforme a esa suerte de refinada ingeniería que está en la base de la cultura de la conversación.

Sólo desde esa ingeniería resulta factible la adecuada recepción y la necesaria retención de los flujos conversacionales, para finalmente estar en aptitud de incorporarse a ellos de manera activa, conducente. Lo demás ­en la voz estentórea de Lama al abandonar, airado, lo mismo una sesión parlamentaria que una reunión de grillos o una sala de juntas de la alta tecnocracia­ no era más que "¡Puro desorden mental, Rolando!".

El otoño mexicano de 2003 no sólo dijo adiós, por un tiempo indefinible, a las posibilidades de concretar la nueva generación de reformas que ahora exige la viabilidad del país. También puso fin a las conversaciones del último exponente del reformismo ilustrado del siglo XX mexicano. Si el primero fue un adiós preocupante, el segundo fue un adiós más bien triste, silencioso. Quizá así tenía que ser el adiós a un impulsor destacado de un reformismo todavía en entredicho desde la crisis de 1995, en gran parte por la decisión de Zedillo de aplastar en el desprestigio al gobierno que lo precedió y, con él, al ciclo que aceleró la anterior generación de reformas, con el efecto de aplazar indefinidamente la continuidad y la profundización del proceso. Lamadrid reivindicó hasta el final de sus días que aquél fue un ciclo que dejó un valioso y trascendente legado de reformas, ciertamente incompleto, pero ­quizá habría agregado si hubiera sobrevivido hasta diciembre de ese año­ a diferencia de la raquítica oferta reformista que finalmente logró sacar la cara en el nuevo siglo, el ciclo modernizador de finales del siglo anterior sí fue capaz de trazar una perspectiva histórica, señalar de dónde venía y a dónde apuntaba y construir un respaldo conceptual y un sustento intelectual que en importantes aspectos permitieron que aquellas reformas calaran en lo profundo de algunos ­no en todos, por supuesto­ de los principales retos y rezagos del país.


José Carreño Carlón es director de la División de Estudios Profesionales de la Universidad Iberoamericana y titular de la Cátedra Unesco/UIA.
Correo: jose.carreno@uia.mx

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