Elogio de la conversación
José Carreño Carlón
A la fecha de la muerte de José Luis Lamadrid, el 1 de octubre de 2003, nada razonablemente generoso parecía esperarse ya del primer sexenio del nuevo siglo y del nuevo ciclo político mexicano. Nada, al menos, de sus clases dirigentes.
Del análisis de sus posiciones en los medios, no podía vislumbrarse algún rasgo que tocara al menos
un propósito esencial. De la artificiosa, poco convincente división de esas élites se percibían acaso datos
contingentes conveniencias rabiosamente coyunturales: entre reformistas (partidarias de una modernización
descalificada por sus impugnadores llamándola neoliberal) y tradicionalistas (partidarias de la conservación de
lo que quedaba del Estado postrevolucionario y agrupadas por sus oponentes bajo la etiqueta de populistas).
Lo que tuvimos frente a frente en el periodo ordinario de sesiones de otoño de 2003 fue:
a) Por un lado, una jaloneada y finalmente equívoca oferta reformista, de un calado insignificante de
cara a la profundidad de los retos y rezagos acumulados, reducida al manejo instrumental de dos o tres
variables, sin perspectiva histórica, sin respaldo en habilidades para el cabildeo parlamentario y sin mayor
sustento conceptual e intelectual en los medios ni en la tribuna, y
b) Por otro lado, el rechazo sin alternativa a ese proyecto reformista, con un discurso de
exaltación nacionalistapopulista manejado como instrumento de extorsión para la conquista o la reconquista de
territorios de privilegio, impunidad y poder.
Ya entrado diciembre de ese año, una apología del cinismo fue la contenida en la frase de un vocero del
bando antirreformista en el sentido de que el Presidente se equivocó de interlocutor para la gestión de sus
magras y fallidas reformas en aquel último trimestre de 2003. De hecho esa frase podía descifrarse como una
oferta de venta de protección (o de promesa de respaldo parlamentario en un encontronazo posterior) a un
comprador de protección que aún no se reponía del golpe de ver incumplido el trato por una parte de los
vendedores. Y precisamente uno de los artífices del engaño culpaba a la víctima del engaño de no haber hecho el trato
con los capos efectivos y le garantizaba que la próxima vez sí le cumplirían los términos de la venta una vez
establecido que ahora ellos serían quienes cobrarían por el servicio. Entre sus equívocamente crispados debates
y sus regateos francamente grotescos, más que opciones diversas, nuestras clases dirigentes suelen
mostrar similitudes nada edificantes.
De hecho, en el trimestre que siguió a la muerte de Lamadrid esas élites aparecieron cada vez más
identificadas entre sí por una serie de elementos comunes integrados a su esencia.
José Luis Lamadrid había ubicado estos elementos desde finales de los años 60 y principios de los 70 del
siglo pasado. Los presentaba como constitutivos de un claro proceso de decadencia de esas clases dirigentes, un proceso que, a su parecer, ya hacía crisis en los 80; se interrumpía con la expectativa de una renovación generacional en el gobierno, en el empresariado y en el sindicalismo en los primeros 90; registraba una
recaída y entraba en fase terminal a partir de la segunda mitad de los mismos 90, para llegar a la debacle en los
primeros años de este siglo XXI.
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José Luis Lamadrid Foto: Luis Jorge Gallegos |
Entre los elementos centrales del proceso de decadencia de las élites nacionales del México de las
últimas décadas, Lamadrid señalaba una ausencia de ideas rectoras y una inconsistencia manifiesta en sus
planteamientos. A derechas, a izquierdas y al centro. El inmediatismo de estas élites fue otro elemento identificado de
este proceso de decadencia. Su impaciencia por cobrar rendimientos en los mercados de la política y de
los negocios les ha impedido madurar proyectos sociales, económicos, culturales de largo aliento. Sus
técnicas de venta rápida son una expresión más de un oportunismo que, ya en la época de la competencia electoral
y de la alternancia plenas, terminó reduciendo la diferencia entre las élites políticas y las empresariales a un
mero factor de división del trabajo: mientras que las élites políticas ciertamente no suelen ver más allá de la
siguiente elección, con el cálculo de su siguiente reciclamiento o colocación, las empresariales no ven más allá de
los negocios que esperan impulsar a la sombra de esa misma siguiente elección, con el cálculo de la llegada de
sus patrocinados incluidas aquí todas las opciones viables en los procesos preelectorales, electorales
y postelectorales.
Con la limitación de los alcances de sus hábitos analíticos, en el mejor de los casos, al examen de las
encuestas de preferencias electorales o de los vaivenes de los mercados sin más propósito que el de vender y
comprar lealtades y apoyos oportunos en el campo político y comprar y vender ventajosamente negocios y
paquetes accionarios en los frentes mercantiles y financieros nuestras élites no sólo aparecen como incapaces
de plantear a la sociedad análisis políticos, económicos y sociales dignos de ese nombre, sino que, cuando
se llegan a tropezar con algunos, les resultan incomprensibles y por tanto despreciables.
Un papel central en la configuración de este paisaje desolado han jugado las élites de los medios de
comunicación, de la academia y de las iglesias. Su producción intelectual por llamarla de algún modo en
versiones impresas, de audio y de imagen apenas alcanza para definir una agenda pública, por un lado, limitada a
la descalificación mientras más crispada mejor
posicionada de competidores o antagonistas y, por otro,
expandida en una generalización de teorías conspirativas y reflejos volcados a la eliminación de los contrarios.
Desde la extrema pobreza intelectual de la mayor parte de nuestros liderazgos informativos y de opinión,
un diagnóstico de la realidad, una toma de posición o una propuesta de curso de acción sólo pueden
interpretarse como "ataques" a los involucrados en cada situación analizada o como "cobros de facturas" a quienes
han sustentado otra posición o han propuesto otro curso de acción. No es relevante, en esta desolación
conceptual de buena parte de nuestros informadores y analistas en los medios, la sustancia de los señalamientos de
uno a otro actor político, empresarial, periodístico, académico, intelectual o religioso. Lo relevante es la certeza
de que allí no hay más que un "ataque" y lo procedente es el establecimiento automático de
alineamientos conspirativos y deslindes traicioneros a "descubrir" y "denunciar".
Lo mismo en los espacios periodísticos políticos que en los financieros, culturales o religiosos, y como eco
de sus fuentes informantes, inspiradoras y/o patrocinadoras, una suerte de
aznarización aqueja nuestra agenda pública como reflejo de la decadencia de nuestra clases dirigentes. Si para la derecha española toda crítica
o propuesta de reforma a la Constitución es un ataque inaceptable a la Carta Magna y a los valores
inmanentes y trascendentes del Estado, aquí, igual para derecha, la izquierda y el centro, toda crítica o propuesta
reformista es un ataque a la posición del que se siente atacado, quien remite de inmediato ese ataque ya sea a la
nación, al pueblo o al progreso.
Pero si hay un campo en que la improvisación o la decadencia de las clases dirigentes tienen un
reflejo especialmente dramático es en el de las ineptitudes expresivas, como lo ha puesto en evidencia Carlos
Monsiváis a través de sus disecciones del habla del poder desde hace cuatro décadas. Desde los púlpitos de los
gobiernos el federal y los locales los congresos, los partidos, los negocios, los medios, las universidades, la
producción editorial, las iglesias, los sindicatos y otras organizaciones sociales, nuestras élites suelen compartir una
incapacidad radical de raíz para el ejercicio de la palabra y una consecuente y también radical falta de
respeto por las palabras. Esto se hace más evidente en un entorno en el que el registro de los medios de
comunicación suele incluir no sólo los hechos sino, con mucha mayor frecuencia, suele privilegiar los dichos de los actores.
No es que sea excepcional, en el mundo, que hechos y dichos resulten igualmente susceptibles de
ser convertidos en noticias, o de constituirse en mensajes a concurrir en la agenda del debate público. O, con
el sentido de trascendencia en que lo expresa la profesora argentina Liliana Viola desde las primeras líneas de
Los discursos del poder, no se trata de poner en duda que "la historia no sólo está hecha de acciones, sino
también de discursos".
Lo que, para el diagnóstico de las clases dirigentes, en todo caso, resulta fundamental, es la calidad
del debate público, ya sea que, por momentos, la agenda comprenda el tratamiento de hechos o se concentre
en el procesamientos de dichos. Y es en este punto en el que José Luis dio más de qué hablar. De él y del
mundo político y retórico en el que transcurrió su vida.
Si los protagonistas de las noticias y de la historia no sólo suelen ser hombres y mujeres de acción, sino
también de dicción, de palabra, de palabra dicha, expresada de viva voz, Lamadrid perteneció más a este grupo de seres.
José Luis vivió por y para la palabra en el filo en el último tramo de una época en que, fuera cual fuere
el espacio de expresión o el medio de comunicación empleado, todavía se otorgaba algún valor a las palabras.
Un tiempo en el que las expresiones verbales, además de una mínima calidad gramatical ahora
prácticamente inexistente tenían la calidad requerida para constituir mensajes destinados a generar sentidos y no
sólo efectos mercadológicos, como los buscados hoy. Y en que era factible provocar la discusión de esos
sentidos generados y no solamente producir, en su lugar, una sucesión espasmódica de frases prefabricadas,
diatribas, poses de perdonavidas y escenarios teatralizados, como ocurre en la actualidad.
Y José Luis se fue muriendo en la medida en que su época llegaba a su fin. Se fue extinguiendo hasta la
muerte en la medida en que avanzaba cada hora de este tiempo mexicano de inmensa desvalorización de las
palabras. Y, sobre todo, de una de devaluación en picada de quienes se atrevían a
discurrir y eran capaces de hilarpalabras, darles congruencia y sentido sin las muletas del tarjeteo de asesores y consultores, de las frases
manufacturadas a pedido, encargadas con un número de caracteres contados cuidadosamente a fin de facilitar el premio de
una cabeza periodística en la siguiente edición o una entrada en el siguiente noticiero.
La agonía de José Luis no se limitó a la larga postración de más de un año de dolencias y tratamientos ni
a las crueldades hospitalarias del verano y los primeros días del otoño de 2003, sino que venía de más lejos.
De hecho se empalmó con la prolongada fase terminal de una crisis de clase dirigente incapaz de producir
un discurso con valor conceptual propio, sin sucumbir a las exigencias formales de los medios ni, mucho
menos, a sus exigencias sustanciales.
Lamadrid no soportaba la visión de una clase política e intelectual entregada a la viscosa adulación a
los medios para ganar la ansiada mención impresa o el
insert de audio e imagen a cambio de respaldar con
algún lenguaje explícito o con el silencio encubridor las causas, los intereses y las posiciones del poder mediático
y de quienes lo controlan. Por eso, en este páramo del discurso político nacional de hoy, la muerte de
nuestro Lama tampoco parece tan extraña. Tiene congruencia. Digamos que hace sentido: su muerte es un
mensaje que genera sentidos y convoca a la discusión de los sentidos generados.
Como sobreviviente de la cultura de la
conversación para beneficiarnos del feliz título del libro de
Benedetta Craveri, una historia de las ideas y de las costumbres de la Francia dieciochesca Lamadrid labró desde
su juventud un dominio magistral del arte y del disfrute de conversar, de discurrir; una tradición rescatada por
la Ilustración sostiene Craveri de los diálogos de los griegos de la antigüedad. No es el lugar ni el momento
de rastrear la llegada de esa tradición a nuestro país, pero es un hecho que todavía se conservó en algunos
reductos de vida civilizada en el México del siglo XX, sólo para entrar en un acelerado proceso de extinción entre las
élites de las últimas décadas de la pasada centuria y del primer lustro del siglo XXI mexicano.
En sobremesas, tertulias, horas de café o de aperitivos, la conversación ha sido un método a la vez eficaz
y amigable de comunicación, de circulación de ideas, un espacio para compartir lecturas, transmitir
experiencias, recibir testimonios de acontecimientos cercanos y remotos y, por supuesto, para seleccionar aquellos
asuntos propuestos por los medios para la atención del público. No en balde Elihu Katz un clásico de los estudios
del espacio público como ámbito de interacción entre medios, individuos y sociedad, así como de los procesos
de formación de la opinión y la acción públicas ha alertado sobre la precipitación de suponer que basta con
que los medios recojan un asunto para que éste quede inscrito en la agenda del debate público. En los
términos de Katz sólo se puede dar por establecido un tema en esa agenda del debate público cuando éste
trasciende de los medios y de sus operadores a las conversaciones del público, a las mesas del desayuno, de las
comidas, de las cenas, en salones y bares, en aulas y centros de trabajo.
Pero una cultura de la
conversación merecedora de ese nombre supone una preparación, un
adiestramiento y un entrenamiento continuos. Obtener, seleccionar, jerarquizar, contextualizar y exponer los asuntos
de acuerdo con las expectativas, necesidades o simples estados de ánimo de los contertulios han sido
habilidades que se han desarrollado más con delectación que como deber, más por gusto que por la necesidad o la
obsesión de hoy de colocar mensajes premanufacturados en los diferentes segmentos del público.
El magisterio y el oficio de José Luis en la cultura de la conversación fluían de un amplio e intenso
registro de lecturas de derecho, política, economía, filosofía, historia, literatura, lo mismo que de su seguimiento a
flor de piel de las hazañas más memorables de los toros y el futbol. Como verdadero oficiante de la cultura de
la conversación, José Luis se aplicaba con la misma intensidad y la misma consideración para el interlocutor
si se trataba de discutir el resultado del partido de la víspera, que la interpretación de un pasaje clave de
la revolución francesa, la aportación o el sin sentido del libro más reciente de una gloria nacional o
internacional o el peso que podía tener en los yerros oficiales del momento el entusiasmo presidencial por alguna funcionaria.
Porque no hay qué menospreciar el hecho de que este magisterio fluía también de su posesión de
yacimientos generosos de noticias sobre hábitos, incidentes, anécdotas, versiones en circulación, chismes y
habladurías referentes a mujeres y hombres públicos de varias generaciones: depósitos de recursos siempre
renovables, autosustentables, como se diría ahora, en tanto se reabastecían gracias al flujo incesante de generaciones
de contertulios iniciados en los rituales de esa cultura de la conversación.
Acaso acorralados por un fetichismo academicista o tecnocrático en boga, sus amigos solíamos
reprocharle en vida, a José Luis como lo hizo Ricardo Monreal en una serie de cálidas despedidas e informadas
remembranzas, publicadas en Milenio que no hubiera convertido sus dominios profesionales y disciplinares en
una aconsejable acumulación de artículos y libros publicados y/o en una conveniente colección de títulos
de postgrado que le hubieran dado mayor trascendencia y permanencia a sus aportaciones verbales (y
quizá mayor brillo y cotización a su presencia en el mercado de la vida pública).
Pero quizá ahora estemos en aptitud de descifrar la sonrisa condescendiente con que se limitaba a
responder a esos reproches. Y tal vez también podamos hoy disfrutar con más intensidad la sorna, la histriónica
pomposidad con que se dirigía empezando con un estruendoso ¡Doctor! o con un burlón ¡Escritor! o ¡Escritora! a cada nuevo aventurero o aventurera que veía acercarse a los corredores del poder para ganar el oído de
los poderosos, y desde allí, las nóminas más rendidoras, las prebendas más codiciadas, los apoyos más
generosos para sus proyectos y empresas y los sillones más funcionales y los sitios más rentables en los actos
solemnes, los banquetes, los viajes y las veladas de esas élites. A éstas llegaban a integrarse esos nuevos doctores
y escritores, sin aportar algo memorable, por supuesto, para paliar siquiera la crisis de clase dirigente
anticipada por Lamadrid en sus advertencias desatendidas, sino acaso contribuyendo a acelerarla con su docta
superficialidad y desmedida ambición.
Nada más alejado de las tertulias de Lama, sin embargo, que una actitud antintelectual, antiacadémica
o antilibresca. Al contrario: las conversaciones de José Luis alentaban el desarrollo intelectual de muchas maneras lo exigían de los interlocutores. Prodigaba sugerencias, a veces órdenes, de lecturas: desde las
más elementales de acuerdo con el nivel del contertulio hasta las que suponían una profundidad y un
refinamiento de lector "especializado", salvo que su "especialización", paradójicamente, parecía extenderse a
extensiones enciclopédicas del conocimiento.
Cierto. No presumió de series de tesis de grados y postgrados, ni dedicó libros por millares como llaves
de ingreso a los escenarios del poder, pero a través de sus infatigables conversaciones indujo, nutrió muchas
veces dictó y revisó algunos de los documentos normativos, aportes ideológicos y estudios teóricos y de
divulgación que hoy son indispensables para conocer, valorar y aprender de los principios, alcances y limitaciones
del importante ciclo de aperturas y reformas modernizadoras que entre 1976 y 1996 transformaron al país en
los órdenes de la política, la economía, los derechos humanos, las relaciones Iglesia-Estado, el campo y la
inserción de México en la nueva realidad internacional. Me atrevería a decir en este punto que Lamadrid produjo una
obra conversacional con mayores rendimientos que, digamos, la obra editorial de algunos académicos y de
numerosos y afamados consejeros áulicos de las cabezas del poder político de antes o de los poderes
económicos y de sus vicarios en las clases dirigentes de hoy.
Otro aspecto característico de la trayectoria de la influencia de su
obra conversacional fue su reformismo medular. Éste lo mantuvo a la vez comprometido sin titubeos con los procesos de cambios e innovación,
pero, también sin vacilaciones, lo sostuvo alejado explícitamente de los llamados a algún tipo de ruptura de
los registrados en el país una década sí y otra también en el último medio siglo mexicano.
Su ilustración y solidez formativa le permitieron andar por la vida con una seguridad, un aplomo que
algunos acomplejados confundían con soberbia y una estabilidad poco comunes en los tiempos de crisis afrontados a lo largo de este recorrido. Y aunados, reformismo e ilustración, a un sentido de arraigo de estirpe
aristocrático como la que dio a luz a la
cultura de la conversación, según la propia Benedetta Craveri una singular
lealtad a las raíces, a todas: a Guadalajara y al Atlas, al PRI y a Reyes Heroles, a la FEG y a la memoria del general
Ramón Corona, lo inocularon y con frecuencia lo hacían rebelarse contra la manifestación más reciente la
que incubó la fase terminal de la crisis de la clase dirigente en México: una tendencia en auge desde finales
de 1988 a la volatilidad y al desarraigo, a la ruptura constante de acuerdos y lealtades. En tres frentes:
a) De las élites políticas, respecto de la pertenencia a sus partidos, con impulsos adictivos a la deserción a
la vista de las ofertas del partido de enfrente, así como con una pulsión al incumplimiento de pactos y
acuerdos dentro y fuera de sus organizaciones asumida como algo natural, consustancial a la vida política.
b) De las élites empresariales a la cabeza, las controladoras de los medios respecto de sus compromisos
con proyectos compartidos entre ellas y de ellas con el gobierno o los grupos políticos una volatilidad
expresada aquí, no en función de entendimientos o desentendimientos sobre el curso del país o los modelos
económicos a seguir, sino de la conveniencia de afianzar, cada una por su lado, sus negocios con la vista puesta en
los humores, las filias o las fobias del poderoso en turno hasta el 2000, y más tarde en consulta con el oráculo
de las encuestas electorales a fin de empezar a cultivar con tiempo el humor del (o de los) que pueden venir.
c) De las élites de la opinión, la información y la cultura, con sus lindes y deslindes, reconocimientos
y desconocimientos, juramentos de fidelidad y proclamas de traición, tanto entre esas élites como respecto
de los compromisos de cada una de ellas con sus (sucesivos o simultáneos) mecenas, clientes, aliados o
contrapartes en colusión en los poderes político y empresarial.
Al calor de la ruptura priista de finales de los 80 ocurrió una jornada conversacional típica de las
oficiadas por Lama. Los contertulios: unos, actores y partidarios de la corriente centrífuga, otros, sus
impugnadores. Lamadrid llevó la conversación a una serie de comparaciones de ese episodio con otros similares del siglo.
La conversación ya había despegado cuando, entre tonos deliberantes cada vez más altos, Lamadrid logró
poner en perspectiva histórica el episodio en curso y contrastar los perfiles de las personalidades y de las
circunstancias de cada ruptura analizada. Ya había tomado bastante altura el intercambio cuando fluyó a otros
rompimientos históricos de grupos gobernantes o dominantes, a escala universal, hasta llegar al de la Iglesia católica.
Quien más, quien menos, todos, incluido Lamadrid, valoraron el cisma luterano con explicaciones y justificaciones
de rutina ante los abusos de Roma. Pero todos coincidieron también en los terribles costos en vidas humanas
de la sucesión de guerras religiosas que siguieron al cisma y todos advirtieron sobre los riesgos de violencia
que se gestaban en las rupturas en curso.
De pronto, fuera de agenda, sin proponérselo, como se producen los hallazgos en las conversaciones
de verdad, José Luis empezó a desplazarse por un canal que lo condujo a verbalizar el perfil de un modelo
de conducta y actitud en medio de las rupturas mayores o menores entre quienes plantean cambios por
vías diferentes. Y de pronto, también fue cayendo en un relato que concluía en que el verdadero reformista de
aquel verdadero hito histórico fue un reformista ilustrado como el que más del Renacimiento. Reformista
verdadero porque se aferró a promover una nueva forma de ser de la Iglesia, sin caer en la ruptura, sin dejar el seno
de ésta, a pesar de que la línea dura romana se empeñó en combatirlo, en identificarlo como enemigo, en
aislarlo como autor intelectual del cisma. Y porque se mantuvo en su posición reformadora, crítica de Roma, a pesar de que Lutero mismo se empeñó en denostarlo y en acusarlo de estar al servicio del papado por no estar
del lado de la ruptura y la guerra a muerte contra la Iglesia, es decir, por aferrarse al genuino proyecto de
reforma de la institución y no a su destrucción.
Erasmo, dejó caer Lamadrid, era un modelo de actitud a observar ante el ciclo de desestructuración
institucional y de naufragio de lealtades que en todos los órdenes empezaba en México y en el mundo en
aquel tránsito de los 80 a los 90 del siglo pasado, y que en nuestro país tomó su mayor impulso en la segunda
mitad de los 90, con un proceso de autodes-trucción institucional y demolición de lealtades que hasta el final de
los días de José Luis seguía provocando estragos, particularmente, los expresados en la incapacidad de las
clases dirigentes para alcanzar acuerdos duraderos.
Las frustraciones, las purgas, la dispersión de los actores generados por este proceso, aunados al fin
natural de los días de los más añosos de sus contertulios, hicieron que, con el propio ciclo vital de José Luis,
también se fuera agotando el elenco de practicantes de
cultura de la conversación que convocaba el magisterio de
Lamadrid. Desaparecía de la escena la clase dirigente que había sido su interlocutora por cerca de medio
siglo, incluyendo los presidentes que incidieron en su trayectoria.
Para finales de los 90, por ejemplo, ya resultaba inviable una conversación que así pudiera llamarse con
una de las cabezas del proceso de descomposición y autodestrucción institucional, con una personalidad de
la simpleza (vendida como sencillez) y del hermetismo (presentado como sobriedad) del presidente Zedillo y
sus bloqueos y retorcimientos insondables.
Tampoco hubiera resultado transitable un intercambio que pasara como conversación con el presidente
Fox. En este caso no tanto por el hermetismo y los bloqueos de su antecesor, sino por el extremo contrario:
su ausencia de diques y canales para contener y dar cauces a ideas, asociaciones e informaciones, así como
para organizarlas conforme a esa suerte de refinada ingeniería que está en la base de la
cultura de la conversación.
Sólo desde esa ingeniería resulta factible la adecuada recepción y la necesaria retención de los flujos
conversacionales, para finalmente estar en aptitud de incorporarse a ellos de manera activa, conducente. Lo
demás en la voz estentórea de Lama al abandonar, airado, lo mismo una sesión parlamentaria que una reunión
de grillos o una sala de juntas de la alta tecnocracia no era más que "¡Puro desorden mental, Rolando!".
El otoño mexicano de 2003 no sólo dijo adiós, por un tiempo indefinible, a las posibilidades de concretar
la nueva generación de reformas que ahora exige la viabilidad del país. También puso fin a las
conversaciones del último exponente del reformismo ilustrado del siglo XX mexicano. Si el primero fue un adiós
preocupante, el segundo fue un adiós más bien triste, silencioso. Quizá así tenía que ser el adiós a un impulsor destacado
de un reformismo todavía en entredicho desde la crisis de 1995, en gran parte por la decisión de Zedillo de
aplastar en el desprestigio al gobierno que lo precedió y, con él, al ciclo que aceleró la anterior generación de
reformas, con el efecto de aplazar indefinidamente la continuidad y la profundización del proceso. Lamadrid
reivindicó hasta el final de sus días que aquél fue un ciclo que dejó un valioso y trascendente legado de
reformas, ciertamente incompleto, pero quizá habría agregado si hubiera sobrevivido hasta diciembre de ese año
a diferencia de la raquítica oferta reformista que finalmente logró sacar la cara en el nuevo siglo, el
ciclo modernizador de finales del siglo anterior sí fue capaz de trazar una perspectiva histórica, señalar de
dónde venía y a dónde apuntaba y construir un respaldo conceptual y un sustento intelectual que en
importantes aspectos permitieron que aquellas reformas calaran en lo profundo de algunos no en todos, por supuesto de los principales retos y rezagos del país.