Filias etarras en La Jornada
Fernando Escalante Gonzalbo
Durante 70 años la estrategia de la izquierda comunista estuvo basada en la mentira; no era la práctica del
disimulo o la demagogia, que hay en toda política, sino un verdadero sistema de negación de la realidad.
Funcionaba dentro de los países soviéticos, pero también en el resto del mundo, donde los partidos
comunistas difundían disciplinadamente el mismo mensaje. Lo fundamental era que la mentira fuese rigurosa, sin la menor
concesión: el informe de Krouchev en el XX Congreso del PCUS sirvió de escarmiento, si hacía falta; no se podía admitir
ningún defecto, ni el más insignificante atisbo de realidad: el éxito de la estrategia dependía de eso. Era posible defender
lo indefendible, a condición de poner en duda la existencia de la realidad toda. Sería difícil de creer que la Unión
Soviética fuese la realización perfecta de la libertad, pero también costaba trabajo pensar que tanta gente alrededor del
mundo viviese en el delirio. En el peor de los casos, quedaba la duda.
Es un reflejo difícil de erradicar. Sobre todo porque tuvo éxito. Basta ver, entre nosotros, el manejo de la
información en La Jornada. En sus páginas, Cuba sigue siendo una democracia más completa, un país socialista amenazado, lleno
de conspiradores, cuya miseria se explica por la política exterior de Estados Unidos. También ETA viene a ser la voz de
los vascos, razonablemente exasperada por la opresión dictatorial del Estado español. Sería interesante, dicho sea de paso, saber de dónde viene esa devoción por un nacionalismo étnico, expansionista, de vocación totalitaria, porque lo
defiende con una consistencia y una atención desmedidas, mientras sus patrocinadores, sus accionistas y colaboradores
miran hacia otro lado, con un ánimo que recuerda al de los acuerdos de Munich.
Por supuesto, no puede defenderse hoy abiertamente la estrategia del coche-bomba y el tiro en la nuca: no lo
hace La Jornada, pero tampoco lo hacen los defensores y portavoces de ETA en España. La sensibilidad del público no
lo permite. De modo que es necesario dar un rodeo, lamentar la violencia, siempre, pero dejar bien claro que se trata
de una violencia defensiva, justificada. Sobre todo, hablar de ella lo menos posible. No es una novedad: también el
Gulag era indefendible, había que retorcer las cosas para hablar básicamente de las amenazas del imperialismo y la
infiltración estadounidense. Seguimos en la lógica de la guerra fría.
La primera semana de diciembre fue otra vez de propaganda etnicista intensiva para
La Jornada, incluyendo reportajes, entrevistas, comentarios y página editorial. El pretexto fue el más reciente golpe de mano del nacionalismo, con el
Plan Ibarretxe, y la torpeza de la reacción del gobierno de Aznar. El plan es una iniciativa del gobierno autonómico,
que propone desconocer el Estatuto de Gernika y la Constitución española para hacer del País Vasco un Estado libre
asociado, incluyendo el anuncio de una futura reivindicación de los "derechos históricos del Pueblo Vasco" sobre los territorios
de Navarra y parte de Francia; se quiere aprobarlo en el Parlamento local, con la mayoría que hoy tiene la
coalición nacionalista, y convocar después a un referéndum. Eso, en el papel, aunque es difícil saber hasta dónde quiere llegar
el PNV: de momento, la polarización le sirve para conservar el discurso victimista y pedir a sus simpatizantes que cierren filas.
La respuesta del gobierno de Aznar, mediante una serie de recursos jurídicos, ha sido descaminada,
marrullera, políticamente irresponsable y de una insensibilidad ofensiva, que no se justifica, a pesar de que la iniciativa sea en
efecto ilegal. Por lo visto, también encuentra rentable la polarización, con miras a sus votantes en el resto de España. Es
más importante, sin embargo, la opinión de los vascos: fuera de la coalición nacionalista en el gobierno, el plan ha sido
rechazado por todos los partidos políticos vascos, que representan al menos a la mitad del electorado, lo mismo que por
las confederaciones de sindicatos socialistas y comunistas, UGT y Comisiones Obreras, y los representantes del
empresariado vasco. Llamarlo Plan para la Convivencia en esas circunstancias es una desvergüenza que daría risa, si no hubiera
muertos de por medio.
Los lectores obedientes de La
Jornada no tienen por qué saber nada de eso: en la masiva información que se les
ofrece, con decenas de páginas en una semana, no hay alguna referencia a los vascos contrarios al Plan Ibarretxe. Son más
de la mitad, pero no cuentan para el delirio etnicista, no son parte del pueblo vasco. Mediante una serie de metonimias,
la redacción de las notas de La
Jornada ofrece la imagen de un conflicto transparente: de un lado están "los
vascos", identificados en bloque con el gobierno actual, con el PNV, con el independentismo, del otro lado está el Estado
español, otro bloque homogéneo encarnado por José María Aznar. Una historia emocionante de buenos y malos, del
pueblo contra la opresión.
Como es de ordenanza, el periódico publica dos largas entrevistas sobre el tema: con el actual jefe del
gobierno nacionalista, Juan José Ibarretxe, y con una representante del grupo portavoz de ETA, Jone Goirizelaia; en ambas hay
el surtido de mentiras, falacias y calumnias que cabe esperar de la propaganda ideológica al estilo del siglo XX. Están
en lo suyo, aprovechando del mejor modo posible la ignorancia del público al que se dirigen. En un alarde de
profesionalismo, la redacción del periódico pone una nota al calce donde explica la publicación de las dos entrevistas: "Por considerar
que es un tema de interés para nuestros lectores". Sin duda. Sólo llama la atención que a sus lectores no les interese
ninguna otra opinión. No digo ya la de José María Aznar, sino las otras opiniones que hay en el País Vasco. La del Partido
Popular del País Vasco, por ejemplo, la del Partido Socialista de Euskadi, cuyos militantes han sido acosados,
amenazados, asesinados durante años; la de las agrupaciones de víctimas del terrorismo, la de la iniciativa ciudadana ¡Basta ya!,
que encabeza la resistencia civil contra la extorsión nacionalista; la opinión de Fernando Savater, por ejemplo, el más
notable de los intelectuales vascos, el que mejor conocen los lectores de
La Jornada, que además ha publicado varios libros
sobre el problema vasco. No. A los lectores no les interesa ni les debe interesar ninguna otra opinión. Tampoco es
saludable que sepan que hace 25 años que gobierna el PNV en el País Vasco, con una política sectaria, de discriminación
sistemática, para consolidarse un electorado mediante la polarización, provocando una fractura cultural que, hoy por
hoy, desemboca en el Plan Ibarretxe.
Una vez depurada la realidad así,
La Jornada puede explicarla en un editorial ejemplar, en el que mezcla noticias
y declaraciones distintas para hacer una sola papilla ideológica, sostenida a base de mentiras. Dice
La Jornada que el Plan Ibarretxe es una iniciativa "para resolver el conflicto vasco en forma pacífica y en el marco del Estatuto de Gernika":
es mentira; en su procedimiento y en su propósito rompe con la Constitución y el Estatuto, contra la voluntad expresa
de la mitad de la sociedad vasca. A continuación,
La Jornada habla de "una serie de medidas antidemocráticas,
represivas y totalitarias adoptadas por las instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales de Madrid", como parte de una
campaña para "impedir la libre expresión de los vascos": es mentira; ni hay esa fantasmagórica conspiración ni la indistinción
de todos los poderes públicos, España no es Cuba, ni nadie aparte de ETA y su entorno impide la libre expresión de los
vascos en partidos, prensa, elecciones. La estrategia, según
La Jornada, pasa por "la proscripción del independentismo" y
"la persecución creciente de las ideas de soberanía": es mentira; nadie ha prohibido el independentismo, ni el del PNV
ni el de Esquerra Republicana de Catalunya ni ningún otro. Se persigue judicialmente a ETA y a quienes colaboran con
ETA, pero no por sus ideas si las tienen sino por los secuestros, asesinatos, extorsiones y atentados.
El capítulo de los adjetivos y las comparaciones tiene su interés. De acuerdo con el canon comunista, predominan
las hipérboles: se hacía en otro tiempo para dar a entender que la represión en Estados Unidos era igual, si no peor que
en la Unión Soviética; en la noche de la desmesura, todos los gatos son pardos. Así, el editorial de
La Jornada propone que José María Aznar "se mire en el espejo de Slobodan Milosevic". Una y otra vez, la política del gobierno español
resulta ser "totalitaria": las decisiones del Poder Ejecutivo, los mandatos de la Audiencia Nacional, las resoluciones del Tribunal Constitucional o del Tribunal Superior del País Vasco son una misma cosa, "una serie de medidas totalitarias",
obedientes a la sola voluntad del jefe de gobierno en una "ofensiva totalitaria". No hay diferencia entre la Alemania de Hitler, la
Unión Soviética de Stalin y la España actual. Lógicamente, sólo puede concluirse una cosa: "el peligro se llama Aznar",
la democracia española está amenazada "de manera clara y contundente" por parte de "Aznar y los suyos", de modo
que sólo queda esperar que "la ciudadanía española sea capaz de deshacerse". Como capacidad, no hace falta gran
cosa: todo está en que quieran votar por otro partido, pero el tono épico del editorial sugiere que hace falta algo más,
que alguien les ayude, por otros medios, a deshacerse de la camarilla totalitaria.
El acompañamiento ha correspondido en esta ocasión a Luis Hernández Navarro y Gilberto López y Rivas, en
sendos comentarios publicados la misma semana. López y Rivas adopta sin dudas ni complejos la postura del nacionalismo
étnico que en su artículo se convierte amablemente en "la izquierda del pueblo vasco": le parece obvia la existencia de ese
sujeto místico lo llama "sujeto jurídico" que es el pueblo vasco, con derechos transhistóricos, y sin más dice que "es
cierto" lo que han dicho ETA y Batasuna, que el Plan Ibarretxe es insuficiente porque no contempla la anexión inmediata
de Navarra y el País Vasco francés, que son "cuatro de los siete territorios vascos" según la fantasía nacionalista.
Hernández Navarro, por su parte, no se para en barras para mentir con una soltura asombrosa: literalmente dice que en España
"las ideas han sido ilegalizadas" y que "ser independentista en el País Vasco se ha convertido en causal de
detención, incomunicación y cárcel". Después de eso, se puede decir cualquier cosa.
Lo más significativo es que para el periódico y sus colaboradores el terrorismo no es más que un pretexto para
justificar el "totalitarismo" del gobierno español. Se detiene en México como en España a "personas honestas,
responsables, trabajadoras", y se les detiene, por lo visto, sin motivo. La emocionada preocupación que muestran todos por el
pueblo vasco excluye a todas las víctimas de ETA, a las decenas de modestos políticos vascos que han sido asesinados por
sus ideas, por atreverse a aparecer en las listas electorales del PSOE o el PP, a los periodistas, profesores
universitarios, intelectuales que han sido asesinados por oponerse al nacionalismo étnico; su compasión no alcanza a los
empresarios, funcionarios públicos que han sido secuestrados, ni a los centenares de víctimas de los atentados con coches-bomba,
ni a los miles de vascos que viven amenazados. Nada de eso les preocupa ni les parece que pueda ser una amenaza para la democracia. La Jornada, en hermosa sintonía con Jone Goirizelaia, piensa que el terrorismo es una
insignificancia, que no vale la pena casi ni mencionar. Salvo para decir que la monstruosa campaña de persecución del gobierno de
Aznar "abona el terreno para los violentos": es decir, el terrorismo de ETA, lamentablemente, está justificado.
Quod erat demonstrandum.