José Carreño Carlón
Códigos de la autodestrucción
Lo adecuado para esta entrega hubiera sido el análisis de las
estrategias de comunicación del nuevo régimen. Sólo
que primero habrá que conocerlas en su integridad y no a partir de las filtraciones y los jaloneos anticipados que
continuaban al terminar la primera quincena de noviembre.
Por otra parte, todavía por un tiempo se tendrá que volver a la discusión de las
estrategias y los códigos del último
tramo sexenal del sistema político en extinción. Por un lado, por las claves que ofrecerá para el esclarecimiento del peso
que aquellas estrategias y aquellos códigos del viejo régimen tuvieron entre los factores de su propia destrucción. Por
otro, para anticipar y tratar de prevenir las manifestaciones de una herencia que amenaza con prolongar sus efectos
destructivos en el nuevo régimen.
Para sólo hablar de los últimos meses, la reacción de Zedillo a la publicación del libro
México, un paso difícil a la
modernidad, del ex presidente Carlos Salinas, precipitó una
estrategia de comunicación del gobierno que consistió
en concentrar el resto de su arsenal destructivo contra su antecesor. Sólo que, una vez más, las armas utilizadas tienen
un potencial de destrucción que parece ir más allá del blanco deseado.
Coordinado por Regina Santiago y Rosa Elba Arroyo, próximamente aparecerá un volumen con una serie de
testimonios de analistas, espectadores y actores del viejo y el nuevo régimen sobre el peso que alcanzaron los problemas
de comunicación del gobierno de Zedillo en la crisis surgida del error de diciembre de 1994.
De allí siguieron las
estrategias, las acciones y los mensajes de Zedillo destinados a endosar en su antecesor
las responsabilidades de esa crisis: verdaderos códigos de autodestrucción tanto de las instituciones como del
grupo gobernante y de su proyecto, como son considerados aquellos mensajes en otra investigación en curso basada en
las más actuales metodologías de análisis del discurso y su decodificación por las audiencias.
Y así, hasta llegar a la inverosímil
estrategia que condujo a la histórica derrota electoral del régimen en este
año. Inverosímil, no porque el viejo régimen y su cabeza se hayan convertido a la democracia, como se pretende explicar
a veces su derrota, sino a pesar del estancamiento e incluso la regresión respecto de 1997, que se dio en la
estrategia de manejo de medios del gobierno y su partido como expresión del modelo de subordinación y de colusión de
intereses de dichos medios con el régimen hasta entonces dominante.
No lograron el viejo régimen y su modelo de colusión con los medios detener, con esa
estrategia, su proceso de autodestrucción, acelerado en el sexenio que llega a su fin, pero en cambio mostró el grado de deterioro que el
modelo ha impuesto a la credibilidad de los medios y a su capacidad para producir efectos en los patrones de percepción de
las audiencias: de acuerdo con el informe presentado el 1 de noviembre en la Universidad Iberoamericana por la Cámara
de la Industria de la Radio y la Televisión, en el encuentro de evaluación de la cobertura electoral, no llegó a 28% el
porcentaje dedicado por la radio y la televisión a la campaña victoriosa de la Alianza por el Cambio, campaña que, sin embargo,
logró más de 43% de los votos.
Mientras que, de acuerdo con el monitoreo de
Reforma, ese 43% de los votos se obtuvo con 21% de la
inversión publicitaria total de las campañas, bien utilizada a través de mensajes y técnicas persuasivas altamente eficaces,
a diferencia del PRI, que concentró casi 50% del total de la inversión publicitaria, para no sumar ni 37% de los votos,
con mensajes en buena medida centrados en los códigos y estilos de autodestrucción heredados de Zedillo, si bien, al
final, aplicados contra él mismo por sus frustrados herederos, como hizo él con quien le heredó el poder. Pero hubo un
elemento más de inequidad, expresión por demás grosera del modelo de colusión de intereses, reportado en el encuentro
de la Ibero por Roberto Zamarripa, subdirector editorial de
Reforma: la televisora de mayor influencia le exigió a la
campaña del candidato opositor que resultó vencedor, la entrega de sus
spots publicitarios con una anticipación no menor de
24 horas para entregarlos a la campaña del candidato oficial derrotado, con el fin de darle una ventaja adicional para
el diseño de acciones preventivas y respuestas oportunas.
De enorme utilidad para estudiar los (bajos) efectos de los medios sujetos a modelos de subordinación y colusión
de intereses, resultan los datos aportados al encuentro de la Ibero copatrocinado por el IFE y la Fundación para un
Nuevo Periodismo Iberoamericano, que alienta Gabriel García Márquez por el analista Mony de Swan y el consejero
Juan Molinar Horcasitas, ambos del Instituto Federal Electoral: como ya lo había anticipado Alejandro Moreno Alvarez,
en cobertura "informativa", los medios de mayor audiencia, en particular, las grandes cadenas de televisión, tuvieron
la cobertura más desfavorable para el candidato presidencial ganador.
Mientras el candidato priista, reportó Mony de Swan, concentraba a su servicio del 12 de marzo al día de la
elección la mayor parte del tiempo de noticieros, los mejores tiempos, la mayor cantidad de entrevistas y se convertía en el
principal receptor de halagos y aplausos de los conductores entre 55 y 64% en algunos cortes semanales, además de que,
en cortes mensuales, no hubo mes en que no acumulara la mayor parte del tiempo positivo de noticias el
candidato vencedor recibió en el último mes y medio de campaña más de 50% del tiempo negativo de noticieros y en las tres
últimas semanas concentró referencias "noticiosas" negativas desde filtraciones con cuestiones patrimoniales hasta
el involucramiento de asuntos familiares e incluso personales, en red nacional y en voz de los principales conductores
de la televisión en tasas que oscilaron entre 61 y 69% de todas las notas negativas de las campañas.
Respecto del caso Salinas, hasta la semana de la aparición de su libro, las encuestas realizadas por una cadena
radial y un medio impreso le daban una credibilidad que oscilaba entre 20 y 25%, tras casi seis años de un tenaz
discurso destructivo del poder, reproducido abrumadoramente por los medios en el marco del modelo mencionado de
subordinación y colusión de intereses. Esta cifra contrastaba, por ejemplo, con 17% de los votos obtenidos en julio pasado
por Cuauhtémoc Cárdenas tras 12 años de campaña presidencial constructiva de los que, en la última etapa de la de
este año, mantuvo un consistente segundo lugar en publicidad pagada y en concentración de presencia y notas positivas
en los grandes medios, sólo por debajo de la campaña oficial del régimen, mismo que, al alentar de ese modo la
candidatura perredista, pretendía lograr dos metas: tratar de transferirle parte de los votos opositores que acumulaba Vicente Fox
y aparentar una mayor apertura de los medios a la oposición.
Tres acciones, las tres al margen del Estado de derecho y de toda contención ética, constituyeron la respuesta
inmediata de Zedillo al libro de Salinas y a la respuesta favorable del público: 1) la grabación ilegal de una conversación
telefónica entre dos hermanos del ex Presidente, con autoincriminaciones e incriminaciones que incluían al ex mandatario; b)
su difusión en el noticiero de mayor audiencia, y c) su repetición a escala de bombardeo de saturación, de acuerdo con
los cánones de la propaganda bélica.
Si este episodio se analiza en términos de la inevitable tensión entre las
estrategias de las "fuentes" informativas
del poder y las estrategias periodísticas, observamos un fenómeno común a los regímenes autoritarios y, sobre
todo, totalitarios.
Mientras que en un régimen democrático existe la práctica de la filtración de materiales informativos, por parte
de "fuentes" gubernamentales o no a medios independientes que valoran y contrastan los datos con las
"fuentes" afectadas, en un régimen autoritario se confunde la frontera entre la filtración de material informativo y la orden
de inserción de material propagandístico para ser presentado como material informativo. Igual la transmisión de
las supuestas transferencias de fondos de familiares y allegados de Fox que de la inconstitucional grabación de la
conversación de los hermanos Salinas. No sólo se trata de prácticas al margen de las normas mínimas del rigor ético y
profesional, que obligarían a incorporar a la filtración del poder la versión de los incriminados, sino claramente violatorias de
derechos humanos elementales.
Por ello no sólo ha resultado grotesco el hecho de reducir la discusión del episodio de la "filtración" de la
grabación inconstitucional al "derecho" de un conductor o de una empresa de televisión a encabezar la
estrategia comunicacional del Presidente de la República. Más allá del análisis de
estrategias comunicacionales estamos aquí ante una
"devastadora demostración del Poder Ejecutivo (que) no sólo aparece como la respuesta presidencial al libro y a las acusaciones
que contiene, sino como ejemplo de una forma de hacer las cosas que muchos creíamos superada en el sexenio que
ahora termina", según la equilibrada reflexión del politólogo español Ludolfo Paramio.
Ello, para no hablar de ese otro prodigio de la simulación que ha resultado el recurso de pretender organizar un
debate sobre el "derecho" del conductor o de la empresa a no identificar la "fuente" de la grabación ilegal, siendo que
su identidad no dejó lugar a dudas ni ante las audiencias más desprevenidas.
Una vez más la sociedad mexicana fue envuelta en cortinas de humo urdidas con soplidos de supuestos
derechos periodísticos que nadie había puesto en cuestión, al servicio del ocultamiento y la elusión del problema central en
la agenda de un verdadero debate sobre los medios de comunicación en México: el que atañe al modelo de relación
entre dichos medios y el poder que sustentó y en el cual se apoyó el régimen político dominante a lo largo de casi todo el
siglo. Un modelo que, paradójicamente, también contribuyó a la autodestrucción del viejo régimen y que puede llevar su
saga destructiva al nuevo régimen. Un modelo, finalmente, que mantiene a los medios mexicanos en los más bajos niveles
de credibilidad en el mundo.
José Carreño Carlón es director del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y titular de la cátedra Unesco/UIA.