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Hugo L. del Río  Simulaciones


 Empresarios y políticos disfrazados de editores

 Hugo L. del Río


Todos los profesionales hemos vivido la experiencia: el despido fulminante por haber lastimado, casi siempre involuntariamente, los intereses del empresario o político propietario, accionista mayoritario o patrocinador vergonzante del medio (por comodidad los llamaremos editores, aunque no lo sean).

Foto: Raúl Ramírez M.
Muchos reporteros sudaron sangre para ganar una nota exclusiva y fueron premiados con la pérdida del empleo. El editor impone su código y considera que desde el director hasta el barrendero todos deben conocer y acatar la línea, esto es, la defensa de sus intereses. En este escenario el surrealismo a la mexicana es un actor que se niega a volver al camerino. Se castiga la falta, pero también es punido el periodista por la simple sospecha de infringir la ley no escrita. Una cabeza ­o sumario o balazo­; una foto o su pie; una caricatura; un editorial institucional o un análisis político; la mera publicación de una nota o una carta de un lector bien o mal intencionado, si despiertan las aprensiones ­siempre a flor de piel­ de los dueños garantizan el pase automático del periodista al desempleo y, en ciertas ciudades de provincia, su ingreso a la lista negra.

¿Por qué ocurren éstas injusticias? Son muchas las razones o sinrazones que uno puede plantear.

El lector que no existe

Quizá la raíz del problema se encuentra en algo que nos resistimos a reconocer: al mexicano le repugna leer. Durante décadas se pensó que los mexicanos no compraban diarios ni revistas como una manera de protestar por partida doble: los periódicos dependían del gobierno y, como resultado de ésta aberración, era abiertamente parcial y muy baja la calidad de los materiales tanto en el área informativa como en los espacios de opinión.

Pero desde hace años cambiaron las cosas. Y para bien. En México se publican ahora unos cuantos diarios y revistas que con todo el derecho del mundo se declaran independientes tanto de la burocracia política como del sector patronal. Por lo demás, hay que decirlo, no ha mejorado mucho la calidad de los materiales que ofrecen los medios independientes. Como sea, algunos hacen esfuerzos por superar ciertas fallas que hemos venido heredando de una a otra generación.

Uno pensaría que el leeperiódicos mexicano ahora puede escoger entre varias opciones.

Lo triste, más bien lo trágico, es que el leeperiódicos mexicano no existe.

Dos más dos son tres

No tiene objeto entrar en detalles. Más o menos se conocen el tiro y la circulación real de diarios y revistas. Aquí tenemos un enemigo con dos cabezas: la venta de ejemplares es muy baja; el editor, entonces, ordena un tiro digamos de dos o tres mil copias; este tiraje tan pobre encarece los precios de producción. Cada ejemplar del diario tiene un costo total superior al precio de venta. Si mandara imprimir cien mil ejemplares le bajarían muchísimo los costos, pero no lo hará porque sabe que en el mejor de los casos venderá dos o tres mil.

La publicidad tendría que llenar esta brecha, pero los técnicos del gobierno y el sector privado conocen la realidad de los medios y les niegan o escatiman los anuncios.

Si los números respondieran a la realidad diríamos que los editores mexicanos pierden. Pero aquí Pitágoras y Descartes se vuelven locos. Los propietarios ganan dinero. Ya no son las cosas como en el antiguo régimen, pero aunque el sector público asegure que ya suprimió los subsidios ­y eso habría que verlo­, de todas formas hay grupos y organizaciones que están en condiciones de financiar las operaciones de un periódico que muy pocas personas leen. (No resisto la tentación de reproducir el razonamiento del dueño de un pasquín. Lo importante, dijo, es que mi periódico llega a la casa y a la oficina del señor tesorero.)

Políticos y empresarios; narcos y lenones

Ahora bien, ¿a quiénes les interesa financiar este tipo de publicaciones? A mucha gente: políticos de segundo nivel para abajo, provisionalmente fuera del presupuesto, que quieren torpedear a los que están adentro para quitarles la chamba; políticos de la misma, digamos, categoría, que gozan del presupuesto pero por supervivencia o ambición están en guerra con otro grupo; pero también tenemos empresarios y políticos de primera línea con intereses muy fuertes. Me refiero a gente que puede manejar muchos millones de dólares, no necesariamente de los fondos públicos. Están los narcos, desde luego: los narcoperiódicos y los narcoperiodistas existen, son reales.

Y luego, en los barrios lumpen de todas las ciudades, en círculos donde cortarle el cuello al vecino es rutina de todos los días, tenemos ejemplos a veces de tan lastimosos que hacen reír, como algunas de las películas de Juan Orol, dicho sea con respeto al maestro Orol. Aquí llegamos al subsuelo. Hablo de las publicaciones ateas (las católicas salen cuando Dios quiere; las ateas, cuando Dios se descuida) que son patrocinadas por policías, lenones, cantineros, etcétera.

Prohibido informar u opinar

¿Qué tiene que ver todo esto con la contradicción entre editores y periodistas? Mucho. Los intereses del patrocinador se convierten en los intereses del editor. Y la lista es muy larga. Una simple nota de página roja, por ejemplo, un pleito de borrachos en la Zona Rosa puede involucrar a la amante o la hermana o la hija de la amante del señor que pone el dinero. Y el reportero escribe el nombre sin saber que ha hecho algo prohibido. A fines del sexenio pasado un amigo mío escribió en el matutino defeño donde hacía un suplemento semanal un análisis que no le gustó a cierto funcionario. El telefonema llegó como a las diez y media de la mañana y antes de las once ya lo habían despedido. A otro compañero lo despidieron hace años de un diario porque adelantó que un sector de productores agropecuarios ya tenía autorización oficial para subir los precios. Recientemente se dijo que a Carlos Monsiváis le cerraron las puertas de La Jornada por una crítica que desagradó a los maximalistas de las, digamos, izquierdas.

Hay miles y miles de casos.

¿Por qué suceden estas cosas? En última instancia, porque nada más los periódicos y revistas independientes viven ­y no muy bien­ de la venta de ejemplares y la publicidad. Muchos medios impresos sobreviven sólo gracias a los subsidios. En una publicación que no depende de un ingreso vergonzante, el periodista no tiene miedo de lastimar intereses. Pueden correrlo si perdió una nota, cometió un error muy grave o hizo cosas con mala fe, pero no lo van a despedir porque escribe que perenganito se asoció con zutanito para hacer negocios o ganar posiciones políticas.

Y, puesto que de finanzas hablamos, tenemos derecho a preguntar hasta qué punto es confiable el material que publican medios cuyos dueños aparentes son periodistas, aunque en la vida real los propietarios o accionistas mayoritarios son empresarios vinculados a la política.

¿Por qué este maridaje antinatura? Porque no existe el leeperiódicos mexicano, quien debería decidir qué publicaciones se han ganado el derecho a la vida y qué medios deben desaparecer. A partir de la ausencia de lectores empieza la cadena de la corrupción.

Pero todo esto, incluido el despido injustificado de periodistas, es apenas la punta del témpano.


Hugo L. del Río es periodista. Ha trabajado en diversos medios, fue jefe adjunto de Información Internacional de Excélsior cuando Julio Scherer lo dirigía, subdirector de la revista Tiempo, responsable del área de opinión editorial de El Nacional bajo la dirección de José Carreño Carlón; actualmente colabora en Día Siete, Excélsior y Universo del Búho.

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