José Carreño Carlón
En el curso del año próximo México habrá concluido tres sexenios de cambios importantes en economía,
política y comunicación. Esos cambios no tienen por qué gustarnos a todos, ni ser considerados benéficos para todos.
Incluso algunos podrían presentar tantos o más inconvenientes o riesgos que las realidades dejadas atrás en nuestros
procesos de transición acelerados.
En el caso de la comunicación política, el
Departamento de Comunicación de la Ibero y Signum, la asociación de
egresados de esa carrera, entre los actos organizados el año que
termina para conmemorar los 45 que cumplió su licenciatura, realizaron
la penúltima semana de noviembre un seminario bajo el sugerente título
"Los mitos de la comunicación política".
José Woldenberg contó en
Reforma (24/11/05) la experiencia de su participación en el segundo panel del
seminario, presidido por la pregunta "¿Los electores son manipulables (por los medios)?", e integrado por Clemente Cámara,
presidente y director general de Clemente Cámara y Asociados; Roy Campos, director general de Consulta Mitofsky; Guido
Lara, director general de Lexia Investigación Cualitativa; Andrea Castro, consultora de la Central de Estrategias Políticas,
y Manuel Alejandro Guerrero, coordinador de la Maestría en Comunicación, UIA. La intervención de
Woldenberg en
ese segundo panel fue, como siempre, inteligente, experta y equilibrada.
Yo participé en el primer panel, presidido por otra pregunta no menos capciosa: "¿Los medios ganan las
elecciones?". No estoy seguro que mi respuesta haya sido inteligente ni experta, pero sí fue deliberadamente polarizadora.
Empecé diciéndoles a los organizadores que lo que me parecía un mito insostenible planteado con premeditación, alevosía
y ventaja era eso de llamarles mitos en el título del seminario tanto al papel central que tienen los medios en los
procesos y los resultados electorales, como a los indudables efectos que provocan en los electores.
Está bien que había que darles un buen zape a deterministas, reduccionistas y teóricos de
la conspiración que ven a
los medios sumidos hasta el cuello en la empresa de corromper el sistema político, como si antes la política hubiera sido
pura y virtuosa, concedí. Pero la verdad es que se pasaron, les dije, al pretender pasar como mitos las realidades
comprobables que acreditan la centralidad de los medios en las decisiones políticas, con el viejo truco de inducir respuestas
políticamente correctas, obviamente negativas, a aquellas preguntas tramposonas programadas para cada panel, sobre si los
medios ganan las elecciones y sobre si los electores son manipulables.
Son preguntas les reproché, provocadoramente para que todos contestemos en automático: "¡No! ¿Cómo vamos
a ofender a los electores llamándoles manipulables? ¡De ninguna manera! Los medios no
ganan las elecciones. Las
elecciones son ganadas por la conciencia ciudadana. La gente no se deja engañar. ¿Cómo va usted a creer?". Ya la directora
del Departamento de Comunicación, Gabi Warkentin, había anticipado que el título del seminario y las preguntas eran
una especie de artimaña para provocar el debate y así el ejercicio fuera más productivo o al menos no resultara
demasiado tedioso.
Rechazar encuestas como anticipo del rechazo al resultado electoral
Yo les dije que, pues sí, me habían logrado provocar, por lo que tenían que aguantar que les respondiera con
otras provocaciones, reprochándoles a los organizadores y a los participantes, algunos de ellos profesionales muy destacados
de la comunicación política, su doble
lenguaje.
Colegas, y algunos amigos de muchos años,
Leonardo Kourchenko, vicepresidente de Información Internacional de
Televisa; Mario San Román, director de TV Azteca; José Luis Buendía,
director ejecutivo de la Fundación Prensa y Democracia; Santiago Pando,
exitoso publicista y socio y director general de Planeación
Estratégica; Alejandro Garnica, director general de la Asociación de
Agencias de Investigación de Mercado y Opinión Pública; Claudio Flores
Thomas, director Asociado de Lexia Investigación Cualitativa, y José
Antonio Sosa Plata, consultor político, escucharon con civilidad y
paciencia mi reproche de que en los foros públicos ellos suelen
sostener las afirmaciones políticamente correctas, de que los medios no
ganan las elecciones, y de que los electores no son influenciables o
manipulables por los medios, mientras que a sus clientes los actores
políticos les plantean, les ofrecen y les prometen algo muy diferente.
O ya los quiero ver los desafié amigablemente diciéndoles a los candidatos a la Presidencia o a la gubernatura
de algún estado o a alguna presidencia municipal importante, que el paquete que les están vendiendo, o que los
spots que les están presentando, o que la emboscada informativa, mañanera o nocturna, que están fraguando contra algún competidor, o que el entrenamiento de medios o para el debate televisivo que están contratando todo esto entre presupuestos
de muchos dígitos no parten del principio, al menos implícito, de que van a ganar las elecciones gracias a que los
medios ganan las elecciones, con esos dispositivos ganadores que ofrecen los medios y cuya llave de
acceso les están
queriendo vender.
O ya los quiero ver todavía remaché diciéndoles a sus clientes políticos que todos esos productos que les proponen
a altísimos costos van a dejar impávidos a los electores, porque ¿qué cree, mi candidato? los medios no ganan las
elecciones ¿cómo lo va usted a creer? ¿qué no conoce usted las teorías de la recepción crítica, las audiencias activas y la
percepción selectiva? Pues debería, para que sepa que los electores no son influenciables, no son manipulables por los medios,
y entonces no veo para qué me compre mis
spots, mis pautas en prime time, o las entrevistas arregladas con mis
ankor (men or women), mis conductoras y conductores
Pero el
problema no se agota al engancharnos en la crítica a la personalidad del profesional de la comunicación
política como una personalidad dividida entre un doctor Jeckyll que es toda corrección política por la forma en que se expresa
en público, exaltando la entereza de los electores y la fortaleza de las audiencias, a prueba de toda manipulación, y un
mister Hyde al que imaginamos en privado concentrado en la conspiración para manipular no sólo a las audiencias, sino
también a los clientes vendiéndoles su amplio surtido de
sound bites, spots e, incluso ahora, gloriosos
performances como invitados en noticiarios, o irrumpiendo como la mujer maravilla en el
talk show en el que se encuentra pontificando, muy
confiado, el enemigo.
El problema es que, como en casi
todos los campos de la vida mexicana, esas actividades están fuera de control,
fuera de toda norma o de autocontención ética, al margen del menor estímulo para elevar la calidad de la información, del
debate público "de la calidad de la convivencia democrática", como puntualizó Woldenberg mientras abundan los
incentivos para la plaga que viene y la que está aquí con su cauda de escándalo, estulticia y degradación y con sus amenazas a
la estabilidad del proceso y del país.