Espacios de encuentro empresarios-sociedad
Fátima Fernández Christlieb
Desde la primera semana de marzo contamos con dos espacios que serán objeto de atención y seguimiento por
un buen rato: la Mesa para el Diálogo sobre la Legislación de Medios Electrónicos y el Consejo de Autorregulación de la CIRT.
¿De qué depende que la primera elabore una agenda legislativa consensada y que el segundo no se convierta en
un consejo más, de ésos que van espaciando sus reuniones hasta convertirse en membretes? Depende de qué tanto
se comprenda y se actúe sobre la naturaleza de la contradicción que les da origen.
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Joaquín Vargas Foto: Alfredo Estrella |
En cualquier país del mundo tarde o temprano surgen conflictos entre el mercado de los medios y los
sectores pensantes que exigen calidad en los contenidos. Los medios viven la etapa de las megafusiones, de la necesidad de
llegar al mayor número de personas posible, del encarecimiento del tiempo en horario preferencial, de la prisa por producir programas baratos.
Al mismo tiempo, los públicos que tienen medio siglo de ver televisión y toda su vida de escuchar radio, aumentan
su selectividad ante la abundancia de la oferta. (A las generaciones jóvenes que pertenecen a grupos informados les
ocurre lo mismo.) Los objetivos del capital invertido en los medios, evidentemente no son compartidos por quienes reciben
y rehacen los mensajes. Se trata de lógicas y expectativas distintas. Entre ambos se genera una tensión que los
gobiernos se encargan de atender. Esto ocurre en cualquier latitud y el conflicto es mayor o menor según el grado de evolución
del sistema político de que se trate.
En México andábamos atrasados. La fórmula que por décadas se aplicó fue la de permitir que el capital
invertido, especialmente en televisión, se desarrollara con reglas del juego discrecionales y los gobiernos apechugaran cada
vez que los concesionarios decidieran detener un proceso legislativo. Prácticamente fuera de la fórmula se mantuvo
la sociedad: sólo opinaba de manera intermitente cuando algún gobierno decidía convocarla o cuando a alguien se
le ocurría organizar un foro.
Los empresarios se acostumbraron a moverse como les convenía. Todavía en febrero pasado lo hicieron así. Ante
el anuncio que hizo Santiago Creel de la reinstalación del Consejo Nacional de Radio y Televisión y de su respectivo
comité asesor, presionaron al Presidente y cancelaron esa opción.
El secretario de Gobernación, Santiago Creel, encontró otra vía (la mesa de diálogo) para lo mismo:
establecer condiciones para propiciar un contrapoder en los medios electrónicos. ¿Qué buscaba Creel además de entrarle
con prontitud al problema aprovechando una ley y un decreto ya existente? Buscaba que los integrantes de ese comité
asesor (creado por decreto presidencial y publicado en el
Diario Oficial del 30 de enero de 1986) opinaran públicamente
sobre los contenidos de los medios electrónicos. ¿Quiénes integran dicho comité? La ANUIES (igualmente buscada para
el Consejo de Autorregulación de la CIRT), la UNAM, el IPN, Conacyt, el Consejo Nacional de la Publicidad y el
organismo al que pertenecen quienes supuestamente más saben en nuestro país: El Colegio Nacional. Eran opiniones nada
despreciables que aterrorizaron a los concesionarios. Ojalá que el próximo proceso legislativo retome a este comité.
Por lo pronto, en la mesa de diálogo para la reforma integral de la legislación de los medios electrónicos hay un
objetivo muy concreto: elaborar una agenda de temas para el trabajo en el Congreso de la Unión. El 5 de marzo pasado,
al instalarse esta mesa, una fue la noticia principal: el presidente de los industriales de radio y televisión, Joaquín
Vargas, reiteró abiertamente lo que venía afirmando unos meses atrás: el marco jurídico que rige a la radio y a la televisión
es inoperante y obsoleto. A las siete de la mañana del día siguiente, Ferriz de Con se reía de lo dicho por Joaquín
Vargas con el argumento de que por décadas la CIRT se opuso a todo intento de modificaciones a la ley. El gremio de estos
industriales parece haber perdido la homogeneidad que lo caracterizaba. No sólo se hace presente la disidencia verbal,
sino que el empecinamiento de TV Azteca en mantener al aire programas muy criticados o la audacia de introducir otros
de bajísima calidad, habla de una actitud desafiante que difícilmente estará de acuerdo con lo que negocie el presidente
de la CIRT.
Si el Consejo de Autorregulación sesiona con cierta periodicidad y si dos de sus miembros, la ANUIES y el
Consejo Coordinador Empresarial, toman su labor en serio y deciden polemizar con el bloque de los siete miembros de la
CIRT, y si además hacen mancuerna con la asociación creada por Servitje, algo puede salir de ahí.
Si se elabora una agenda realista que aborde problemas precisos, se podrá pisar el terreno de la contradicción
mercado/sociedad. Si la representación de los empresarios y de las universidades deja de asistir o se ablanda ante las inercias
de los concesionarios, surgirá de nuevo esa ampulosa retórica que la CIRT ha soltado durante más de medio siglo.
Ojalá tengamos pronto noticias de que verdaderamente, ahí, se inició un diálogo.