Una comunicación oficial sin ciudadanos ¡ni periodistas!
José Carreño Carlón
Con algunas adaptaciones, no más radicales que las hechas a la residencia oficial de Los Pinos, el tradicional
modelo de colusión medios-gobierno está siendo puesto rápidamente al servicio del nuevo régimen. De la misma manera
como la residencia-símbolo del presidencialismo mexicano ha sido adaptada cada sexenio desde Cárdenas hasta
Zedillo ahora se adapta al nuevo régimen el viejo modelo de subordinación de los más influyentes medios.
A punto de cumplirse los primeros 100 días de la presidencia de Vicente Fox, ya parecen perfilarse los rasgos
de continuidad y también los que podrían resultar novedosos respecto del tradicional modelo mexicano de relación
entre el poder público y los medios de comunicación.
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Foto: Gustavo Benítez/ Notimex |
En cuanto a los rasgos de continuidad, son abundantes las muestras de que no cambiarán los elementos
constitutivos del viejo modelo de colusión de intereses sino, acaso, unos cuantos de sus protagonistas y otros tantos actores de
reparto (no todos). Y, por supuesto, algunos estilos personales. Por lo demás, acaso se presentarán como cambios los
aspectos de innovación acreditables a una inexorable, permanente, puesta al día del instrumental y las destrezas
comunicacionales en las más importantes oficinas del gobierno. Un proceso de actualización de las herramientas y destrezas en
los órdenes técnico y profesional, del manejo de la información institucional, que sólo parecería ser una prolongación
o, cuando mucho, una aceleración del mismo proceso en curso durante la última década del viejo régimen.
Así, en los primeros tres meses del nuevo régimen, tendríamos que hablar, básicamente, de la continuidad de
un modelo arcaico de relación medios-gobierno. Un viejo modelo, si bien parcialmente remozado, no muy distinto, en
su remozamiento, del que funcionó, con altibajos, en los dos sexenios anteriores. Por lo mismo también tendríamos
que inferir que el viejo modelo de intereses coludidos entre la alta burocracia y los medios sobrevivirá en lo escencial,
hasta donde se puede observar, a la derrota del régimen de partido dominante donde ese modelo surgió, por el que ese
modelo embarneció y para cuya perpetuación, el mismo modelo actuó a lo largo de más de siete décadas de
gobiernos postrevolucionarios.
En otras palabras, el nuevo régimen parece reciclar aceleradamente los intereses en colusión característicos del
modelo tradicional de relación con los medios. Y, antes de que salga el sol, como en la canción grabada por el nuevo
Presidente en una de sus audacias mercadotécnicas, las audiencias mexicanas nos estamos descubriendo dentro de ese
mismo modelo de relación, reciclado una vez más, para servir a la causa de la perpetuación en el poder, esta vez, del grupo
de intereses que encabeza el nuevo régimen.
Por si no fuera suficientemente grave el acelerado desvanecimiento de las expectativas de un cambio
democrático en la relación de los medios y el poder en los primeros meses del siglo XXI, respecto del modelo autóctono de
colusión de intereses que privó durante la mayor parte del siglo XX mexicano, hay que agregar todavía un elemento adicional
de preocupación, proveniente de las tendencias internacionales.
Difícilmente podría darse una paradoja más cruel para el ciudadano marginado del sistema de complicidades
entre el poder y los medios a lo largo de todo el siglo anterior.
En todo ese tiempo, la mayoría de los medios mexicanos de comunicación estuvo de espaldas al mercado, a las
audiencias y a los ciudadanos, mientras concentraba su atención en satisfacer sus propias necesidades por complacer
las exigencias informativas y persuasivas del Estado.
Apenas en la última década del siglo XX se logró avanzar de manera significativa en reformas económicas y
políticas que finalmente apuntan a la consolidación en nuestro país de una real "sociedad democrática de mercado" en
los términos en que Michael Schudson describe las condiciones del surgimiento (cien años antes) del paradigma periodístico estadounidense (Discovering the News. A Social History of American
Newspapers).
Pero esta vez, al despuntar un nuevo siglo, cuando los medios mexicanos se han visto finalmente obligados a
atender más al mercado ante el adelgazamiento económico y las estrecheces fiscales del Estado, parece ineludible la
tendencia de ese mercado a la concentración y el control de los medios más influyentes en un puñado de accionistas y
anunciantes, como lo ha advertido Robert W. McChesney, para el caso estadounidense, en
Rich Media, Poor Democracy. Communication Politics in Dubois
Times (2000).
Pero el caso mexicano ofrece un agravante: se trata de un puñado de accionistas y anunciantes en estrecha
asociación estratégica con la cúpula del Estado, asociación que en el nuevo régimen se expresa abiertamente en la inclusión de
ese mismo puñado de accionistas y anunciantes o sus representantes directos en los principales órganos estatales de
decisión y control.
Es decir, una tendencia que deja al margen, una vez más, los vastos y diversos intereses, expectativas, gustos,
necesidades, temores, anhelos y requerimientos informativos y comunicacionales de los ciudadanos mexicanos del
nuevo siglo.
Y es a esa tendencia a la que corresponde la implantación explícita de una estrategia de comunicación oficial que
se asume, indefinida e ilusoriamente, sin ciudadanos. En ella, el
marketing convierte a los ciudadanos en audiencias
cautivas de los medios así controlados por aquel puñado de accionistas y anunciantes y la cúpula estatal. Estos poderes
hacen cumplir a los medios, a su vez, la función de control social que les han asignado. Y es aquí donde los ciudadanos
son sacados del cálculo para poner en su lugar a las audiencias: algo más cómodo de segmentar, enfocar, someter a
mensajes clave y encuestar con obvias probabilidades, descontadas de antemano, de descubrir diariamente los altos
porcentajes de "penetración" de dichos mensajes y los igualmente altos porcentajes de aprobación al nuevo régimen. Es, en
pleno, el simulacro, en los términos de Baudrillard
(Simulacra and Simulations, 1985), del plebiscito cotidiano como
metáfora atribuida a la vida democrática en la primera mitad del siglo pasado.
Sólo que los ciudadanos están allí. Por un lado, reducidos a ese margen (nada estrecho) de "irreductibles" como
se les llamó en el 68 a quienes escaparon de los controles disciplinarios del
marketing (aunque no se le llamara así) y de
los medios diazordacistas. Por otro lado, los ciudadanos también están acaso en una proporción más alta formando
parte de las audiencias masivas en ese juego de simulaciones, a la manera planteada por Baudrillard, donde dichas
audiencias pretenden o aparentan aceptar los códigos dominantes en tanto desarrollan sus propios códigos al margen de
las emisiones del poder.
Finalmente, la estrategia de comunicación oficial incluye una indudable innovación: la de prescindir no sólo de
los ciudadanos, sino también de los periodistas.
Este último punto podría encontrar una explicación en tres dimensiones:
1. Respecto del periodismo más representativo del modelo de colusión de intereses medios-gobierno podría
advertirse a la cabeza del nuevo régimen un impulso o una necesidad de aparecer apartado de aquellos periodistas y
operadores de los medios más identificados con los personajes y las formas de relacionarse con ellos del antiguo régimen.
Este distanciamiento se entendería no tanto en función de un ajuste de cuentas con quienes, ante sus propias
audiencias, desde primeras planas impresas, columnas, micrófonos y cámaras intentaron hasta el último minuto evitar la llegada
del nuevo régimen a través de campañas descalificatorias disfrazadas de secciones informativas y editoriales y
noticiarios y mesas de reflexión.
La explicación radicaría en algo más pragmático: la estrategia mercadológica aconseja apartarse de figuras
carentes de credibilidad, prestigio y simpatía. Y allí se pudo ver al presidente Fox, desde el anuncio de su gabinete,
asumiendo personalmente la conducción del noticiario de mayor audiencia de la televisión mientras trataba de ignorar los
esfuerzos del conductor oficial por ser incluido en las "tomas" al conductor-presidente, frente a las cámaras.
También quedaron registrados los esfuerzos de los directivos del consorcio por aparecer junto al Presidente en
un recibimiento que poco se relaciona con el que se le dispensa a una fuente de información a la cual se le van a
exigir respuestas periodísticas, y mucho con el encuentro con una fuente de recursos estatales de todo tipo. Estas
escenas captaron uno, de una serie de esfuerzos (por lo demás, exitosos) de reciclar los términos del modelo de colusión
de intereses. Más tarde se ha podido ver también al Presidente buscando acompañamientos mediáticos no periodísticos,
sino provenientes del entretenimiento, como en su comentado
show al lado del talentoso y disfrutable Andrés
Bustamante. Y allí está, como otro ejemplo más, el formato del programa presidencial radiofónico donde, de plano, el
Presidente asume la conducción del encuentro y presenta y entrevista a sus invitados sin adherencias provenientes del periodismo.
2. Respecto del periodismo de mayor rigor inquisitivo, la estrategia parecería basarse en mantener a distancia a
sus exponentes, evitar sus cuestionamientos incómodos o descalificarlos como necedades. Ello, sin obstaculizar
finalmente su trabajo, al fin y al cabo confinado a los alcances del medio impreso o a los espacios audiovisuales de menor
audiencia, cuyos efectos no repercuten en las encuestas ni alteran los resultados mercadológicos diseñados para quienes no
leen periódicos ni revistas (mucho menos, libros) ni atienden los espacios periodísticos de la radio y la televisión.
3. Respecto del periodismo rutinario y su relación, también rutinaria, con las fuentes, la percepción
presidencial parecería de menosprecio a sus inconfiables, sistemáticas imprecisiones y estilos reverenciales. No tanto porque
las fuentes oficiales sean más precisas ni por una rebelión contra las reverencias, sino por lo ineficaz que resultan
las aclaraciones y los estilos reverenciales en términos mercadotécnicos. Y allí se pudo ver al Presidente mexicano en
su rancho, la víspera de la visita del Presidente de Estados Unidos, asumiendo él mismo el rol de corresponsal o
enviado especial de las televisoras, describiendo los escenarios del encuentro como un eficaz cronista, encajando sus
mensajes clave con mayor credibilidad que si los dijera vicariamente (como era tradicional) el enviado o el titular de algún
noticiario, a través de un material perfectamente editado al cual sólo se le podía criticar eso: una perfección uniformada en
todos los canales, lo cual previsiblemente agotará en muy poco tiempo la credibilidad de estas estrategias de
comunicación oficial sin periodistas.
Aunque con características particulares, esta tendencia a prescindir de las funciones periodísticas tradicionales no
es privativa de México ni de su transición a un nuevo régimen. Bruce A. Wiliams, de la Universidad de Illinois, y Michael
X. Delli Carpini, de Pew Charitable Trusts, de Filadelfia, publicaron hace menos de un año la primera parte de una
rigurosa investigación al respecto: "Unchained reaction: The collapse of media gatekeeping and the Clinton-Lewinsky
scandal". Los autores tratan de probar que estas nuevas realidades comunicacionales, que tienden a desplazar las funciones
clásicas del periodismo, pueden explicarse a partir del hecho de que las alteraciones en el entorno mediático han
erosionado dramáticamente la siempre difícil distinción entre el mundo de las noticias y el del entretenimiento
(Journalism, vol. 1, issue 01, 1 abril, 2000).
Pero como podemos ver, la transición mexicana puede agregar otros factores al análisis del colapso de las
funciones periodísticas, provenientes de las aportaciones del nuevo régimen a las estrategias de comunicación institucional.