Maite de Toscano
Se había convertido en una obsesión... El encuentro provocado era ya parte de su rutina diaria.
La primera vez fue casual: una mirada distraída y ahí estaba esa mancha roja de la que no pudo apartar
la vista. En el periódico, junto a una cabeza de mujer que parecía acomodada sobre la acera estudiadamente,
el pequeño lago de sangre permanecía aparentemente congelado gracias al flash fotográfico. La imagen
permaneció todo el día en su recuerdo.
La mañana siguiente, después de terminar el desayuno que sin falta le preparaba su mujercita primera
y única novia, ahora su esposa y lavarse los dientes durante cuatro minutos y medio como recomendaba
el dentista volvió a pasar por el puesto de periódicos deseando morbosamente encontrarse con aquel
pequeño e inerte lago de sangre. Lo que halló ahora, multitud de gotas salpicando la cara de una mujer de cabello
largo y rubio y no lo defraudó y la escena se convirtió en la imagen recurrente de aquella jornada.
Comenzaron a atraerle los líquidos rojizos, más aún cuando eran viscosos. Fue así que cambió sus
hábitos alimenticios: bebía y comía preferentemente todo lo que tuviera ese color.
El encuentro con el periódico de nota roja del día le provocaba una emoción similar a la excitación
mezclada con una gran dosis de ansiedad. Parecía que todas las mañanas acudía a una cita amorosa. Eso sí,
jamás compraba el periódico, le parecía imperdonable profanar todas esas imágenes llevándolas consigo,
atesorándolas de otra manera que no fuera sino en la mente.
Lo que más extrañó a quienes le conocían fue el cambio paulatino en la conducta de un hombre tan
metódico. Pero como adoptó las nuevas costumbres tan fervorosamente como las anteriores, pronto dejó de llamar
su atención.
Mientras, en el cerebro de ese hombre, las imágenes se sucedían con rapidez: un miembro rodeado de
sangre oscura, ya seca... el mismo líquido brotando de una cuenca vacía... incisiones por las que salían líneas rojo
claro, sutiles pero abundantes... vísceras nadando en un mar de coágulos... Así, empezó a clasificar las
fotos mentalmente: burdas, impactantes, estremecedoras, conmovedoras, artísticas, elegantes. Deseó poder
fabricar una escena digna de salir en primera plana.
La extraña excitación que le provocaba su obsesión lo llevó a modificar también su conducta sexual. Y si
antes era más bien parco en las acometidas amorosas, ahora la violencia era el rasgo dominante. Casi sin darse
cuenta, esa agresividad se ligó con la sangre.
Su mujer, Susana, no comprendía lo que pasaba y le reclamaba las largas ausencias. De hecho, nadie
podría haber imaginado lo que sucedía en aquel hombre: eran tantos los que buscaban instintivamente esas
páginas plagadas de imágenes aterradoras e inquietantes que uno más no hacía diferencia.
Su pareja en el acto sexual, inevitablemente se convertía en su víctima antes de llegar al orgasmo. Al
cabo de semanas eso era lo único que daba sentido a su vida. Eso y el deseo permanente de lograr una escena
digna de portada en la nota roja.
El consuelo del hombre que se había caracterizado por ser metódico cada instante de su vida era
observar, diariamente, en el puesto de periódicos, la foto que había conseguido la distinción de aparecer en la
primera plana. La envidia era el sentimiento que seguía al ritual matutino. No podía evitar nada de eso, su vida
había cambiado y la sangre de los otros, especialmente de otras, era el motor de sus días.
Los meses transcurrieron, sin embargo tenía un alivio: unos cuantos días al mes, tan sólo unos cuantos,
podía sentirse protagonista de la página roja. Sin embargo, aceptaba con resignación su suerte: jamás
conseguiría producir una escena digna de ser publicada en la primera plana de ciertos periódicos. Aunque... sin duda
era un placer sentir la sangre correr por su cuerpo, escuchar gemidos de mujer, observar las manchas rojizas
que iban cubriendo ropa, piso, sábanas, su propio miembro... Lo único lamentable de aquella obsesión
adquirida en el puesto de periódicos era que su vida sexual también se había reducido: monógamo por años porque
eso no había podido cambiarlo, ahora sólo podía tener relaciones los días en que afortunadamente
Susana reglaba.