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Javier Corral Jurado  El padre Amaro


 Censura, abominable enemiga de la libertad de expresión

 Javier Corral Jurado


Definitivamente no es una porquería. Se trata de una película que ­controvertida y polémica, como toda obra de cine que escruta a la Iglesia­ cumple con requisitos de calidad que justifican la aportación que el Estado hizo a través del Fondo de Fomento a la Calidad Cinematográfica.

Precisamente, uno de los temas que los impugnadores han colocado en el centro de su embestida, la que paradójicamente se convirtió en la campaña publicitaria más relevante que filme alguno haya tenido en los últimos años.

No están en duda ni la fuerza de su trama antigua, adaptada por Vicente Leñero a nuestros días, ni la dirección de Carlos Carrera ni la actuación sobresaliente de sus personajes ni la lograda fotografía; la cinta tendrá éxito también por eso.

Pero quizá otra suerte de estreno hubiera tenido si las voces del medievo que reencarnan en nuestros días no hubieran lanzado la solicitud de la censura que, al igual que la calumnia, son las abominables enemigas de la libertad de expresión y del derecho a la información.

Escena de El crimen
del padre Amaro
El dogmatismo con el que se defiende a veces a la Iglesia ha representado, al final de cuentas, un freno al progreso espiritual y social que conduce a la osificación de una cultura, a su aislamiento y desestructuración. Es difícil sostener, en nombre del dogma, que se deben limitar las capacidades creativas del ser humano, porque así se destruye la autonomía de su personalidad.

No me parece que la película ofenda a la práctica religiosa o al acto íntimo de la libertad de conciencia, que resuelve creer. Si ese fuera el caso, en efecto, imposibilitaría al Estado, desde el laicismo que se reclama, para financiar proyectos que siendo incluso obras de arte cinematográfico, persiguieran las convicciones religiosas. El Estado laico supone una neutralidad positiva frente a quienes deciden tener un credo y una religión con Dios. No sólo evitar la mezcla de los ámbitos del poder público con la actividad eclesial y las ceremonias de culto, no sólo respetar la libertad de conciencia, sino de manera objetiva evitar perseguir y descalificar la religión y, por consecuencia, la religiosidad.

La fe no es esencialmente el tema de la cruda y real crítica que se realiza en esta película; no hay que confundir cuando se enderezan señalamientos en contra de la Iglesia, de cuando se cuestiona a la burocracia eclesial y la conducta de algunos de sus miembros.

El celibato está en medio de esta trama, como una norma que por su naturaleza antinatural ha ocasionado a la Iglesia católica rubores interminables. Lo advierte al principio la misma cinta, recomendando a través del padre Amaro (Gael García) ­ya preso de la confusión entre su vocación sacerdotal y su condición humana­ que bien podría ahorrarse muchos

problemas la institución al revisar esa regla. Miradas profundas se entrecruzan al momento de la comunión entre sacerdotes y fieles, algunas efectivamente de la lindura de Amelia (Ana Claudia Talancón).

No siempre triunfa la castidad. En su indiscutible condición de hombre, el sacerdote nada puede a veces con esa llamada virtud, sino que comprueba que la carne impone siempre su tributo.

Es un tema del que percibo una resistencia a por lo menos discutirlo dentro de la Iglesia. Y con el debido respeto considero que se trata de un error, pues hoy el embate de los enemigos de la institución católica, tiene asideros reales con los que encauzan la crítica y desprestigian al conjunto "de los que forman en Cristo un solo cuerpo y una sola Iglesia".

De hecho, creo que ahí es donde está una seria deficiencia de la película, en su crítica sin matices, en su adaptación profundamente anticlerical en el que todos prevarican, fieles y clérigos. No se puede hacer tabla rasa de la vocación sacerdotal ni de la forma en que ejercen otros curas su ministerio evangelizador.

El celibato requiere de una discusión seria, que ahonde en las profundidades de su origen misógino, en el cual la mujer encarna el demonio, lo que explica su papel secundario dentro de la Iglesia.

Por supuesto que otras líneas de discusión se desprenden de esta película. Están planteadas el narcotráfico y su relación con algunos clérigos que reconociendo el origen malo del dinero, lo destinan para lo bueno; el tema del aborto y el de los sacerdotes a los que con frecuencia las virtudes se les vuelven locas y son capaces de empuñar las armas, para tratar de solucionar también la justicia terrena.

Lo que me parece importante es que esta cinta se esté proyectando en el país, en una etapa de cambio, bajo el gobierno de Acción Nacional. Es de extrañar que quienes hace apenas unas semanas lanzaron el griterío por el beso que Vicente Fox dio al anillo del pescador y lo acusaron de sometimiento y humillación, no sean capaces de otorgar valor y ponderación a la autorización de la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía para la exhibición del filme y que sea precisamente Conaculta quien haya participado, con fondos públicos, en un esquema de coproducción con varias entidades.

Se honra la ley, no sólo desde su cumplimiento, sino desde la defensa que se ha hecho de su precepto. Se nos ha hecho inmortal el principio de la Constitución que prohíbe expresamente la previa censura. Se queda con nosotros la inviolable libertad de realizar y producir películas.


Javier Corral Jurado es presidente de la Comisión de Comunicaciones y Transportes del Senado de la República.
Correo: jcorral@senado.gob.mx

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