La voz que clama en el desierto
José Carreño Carlón
El nuevo reproche del presidente Vicente Fox a los
medios de comunicación hecho el pasado miércoles
13 de marzo abre también una nueva posibilidad de discutir el
tema desde tres perspectivas, a cual más de importantes, para
el seguimiento de: a) la evolución de los medios en el curso
de la transición mexicana; b) las estrategias de manejo de
medios por parte del Estado. Y, atravesando estas dos perspectivas,
c) las relaciones entre los medios y el poder (o, dicho
de manera más aplicable a los nuevos tiempos, los poderes).
En primer lugar, se vive una situación de
cambio de régimen político en la cual no ha existido la
capacidad
conceptual del gobierno para formular las definiciones
básicas que caracterizarían al nuevo régimen y
sus nuevas reglas
de interacción con los principales actores de la sociedad.
En estas circunstancias, la evolución de
los medios parecería inscribirse ciertamente con una
mayor velocidad en
la misma dirección de la última década del viejo
régimen.
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Foto: SantiagoSalmerón /Contraluz |
Valga la paradoja aplicada a otras circunstancias
históricas: al menos en el campo de la comunicación se
da
una "modernización de las tradiciones" en
términos muy parecidos a las operadas en diversos momentos del
viejo
régimen. Así, parecería que nos encontramos
más en otro momento de cambio con continuidad que en un
parteaguas que
marcara una línea clara de separación entre un antes y
un después en materia de comunicación.
Más todavía, con su nuevo reproche a
los medios, el presidente Fox parecería pretender una marcha
hacia atrás
al sorprenderse o, incluso, inconformarse ante los cambios
acumulados en el pasado y cada día más acelerados
en
el presente en la estructura, el comportamiento y las formas de
relacionarse de los medios con la sociedad.
Pero parecería imposible un retroceso
después de los cambios de estructura operados a partir de la
primera mitad
de la última década del siglo recién concluido.
Fue entonces que en México se perfilaron con claridad los
rasgos de una "sociedad democrática de mercado",
en los términos en que Michael Schudson ha planteado las
condiciones para
el surgimiento de la prensa moderna en su país.
Más de cien años antes que en
México como lo consigna Shudson en
Discovering the News: a Social History of the American
Newspapers la sociedad estadounidense descubrió las
noticias y el mercado su valor como mercancía,
además del negocio de la publicidad comercial, multiplicado en
un mercado en expansión. También se
profesionalizó
en términos sociológicos el oficio
periodístico. Se generó una ideología
profesional, acompañada de una serie de
rutinas. Y, desde luego, surgió el concepto de lo noticiable
en el marco del mercado de las noticias. Es decir, el valor de las
noticias: una serie de criterios que los profesionales de los medios
han ido estableciendo para seleccionar unas cuantas
versiones de la realidad como merecedoras de pasar las barreras
puestas por ellos mismos para ser convertidas en noticias o
dicho con un par de conceptos clave de la comunicación y
los estudios culturales para ser presentadas como
discursos informativos capaces de manufacturar realidades y
construir (y destruir) imágenes en las mentes de las
audiencias.
Con las peculiaridades y deformaciones propias de
su modelo histórico de relación entre el poder
público y los
medios, en México no es sino hasta principios de los
años 90 del siglo XX, que la apertura de la economía y
las
privatizaciones removieron o debilitaron algunos de los principales
instrumentos de control estatal de los medios.
Entre esos instrumentos, el manejo discrecional de
la inversión publicitaria oficial, por muchos años
mayor que
la privada, quedó drásticamente reducido con el paso de
las empresas estatales y sus presupuestos de publicidad al
sector privado. A ello hay que agregar la apertura política,
la creación del IFE y las garantías de acceso a los
medios para
los partidos alternativos al dominante. Esos fueron, entre otros,
algunos factores que contribuyeron a franquear el paso
a la transformación radical en proceso.
Dicho de la manera más sencilla, pasamos en
poco más de dos lustros de contar con medios volcados por
décadas
a atender al Estado y a sus altos exponentes como sujetos a
satisfacer en retribución a sus variadas formas de
sustento a las empresas mediáticas y a sus operadores a
presenciar la acción de cada vez más medios volcados al
mercado, el
de lectores y audiencias, el de anunciantes y el de inversionistas privados.
En efecto, hasta hace muy poco, sin margen y
sin mayor necesidad para realizar mayores esfuerzos de
valoración noticiosa frente al mercado de lectores, audiencias
y anunciantes, los medios estaban diseñados de origen para
satisfacer de manera privilegiada a una sola parte de las fuentes
informativas: su contraparte en el gobierno. En particular, el
Poder Ejecutivo.
Los medios le conferían una posición
dominante indiscutida como emisor de mensajes y como definidor
primario
de la agenda pública, con exclusión de las demás
voces, incluidas las de los otros poderes del Estado, para no hablar
de
las fuerzas políticas o sociales que pretendían
desafiar a aquel poder desde el silencio o, aun, desde la
confrontación de
los medios.
Las cosas empezaron a cambiar al inicio de la
última década del anterior régimen, pero el
proceso de
transformación no culminó ni acaba de consumarse.
Incluso, hasta los últimos minutos de existencia del
régimen anterior, algunos
de los detentadores de los medios más influyentes consultaban
y acordaban con el Presidente y sus operadores los
nombramientos de sus conductores, comentaristas y directivos, para
no hablar de los contenidos en los que el poder
presidencial mostraba mayor interés y sensibilidad.
De hecho, de la misma manera como el nuevo
régimen se ve condicionado por el personal político y
profesional heredado del antiguo régimen en el gobierno y la
administración federal, buena parte de los gobiernos estatales
y
la cúpula del Poder Judicial, el actual Presidente está
constreñido también por el personal colocado por el
grupo
gobernante anterior en los espacios informativos de mayor alcance y
por la supervivencia de una agenda de contenidos
acorde con sus intereses.
Con la llegada del nuevo régimen, en
diciembre de 2000, el cambio se aceleró, aunque el Ejecutivo
mantiene
como los mantuvo hasta el último minuto del antiguo
régimen instrumentos eficaces de control:
jurídicos,
administrativos, fiscales y la inercia de una cultura de la
subordinación y de la colusión de intereses con el
poder presidencial y su
entorno más influyente.
Ya hemos propuesto en diversos foros, incluido
éste, las raíces del modelo mexicano de relación
medios-gobierno ahora en extinción. Desde su
construcción, en paralelo a la edificación y
consolidación del régimen de partido
dominante (1929-1946) a su vigencia plena como un modelo de franca
subordinación de los medios al poder presidencial, entre
los regímenes de Miguel Alemán y Luis Echeverría
(1946-1976), a su prolongado, gradual proceso de
desarticulación
y descomposición, ya como un modelo de colusión de
intereses, que acompaña al fin del antiguo régimen y al
inicio
del nuevo, en el cual no se acaban de desmantelar las normas del
viejo modelo ni de proponer siquiera las nuevas
reglas correspondientes al cambio de régimen.
Y es en esta confusión de los intereses
coludidos y en sus impulsos de sobrevivencia y reacomodo a las
nuevas circunstancias, que se dan los reiterados reproches del
presidente Fox a los medios. El modelo de
colusión sobreviviente aparenta haberse transformado en uno de
colisión de choque de intereses y visiones
entre el poder presidencial y
los medios.
El espectáculo levanta polvaredas que
pretenderían insinuar una lucha frontal entre las partes. Pero
apenas
alcanza a ocultar un proceso de negociación con un
lenguaje no más violento que en otros momentos de reacomodo de
intereses en el viejo régimen en busca de los nuevos
entendimientos y los nuevos términos de colusión entre
poderes.
Sin embargo, hay que partir de que las realidades
han cambiado más que lo han hecho las personalidades, los
partidos y, desde luego, la cultura y los discursos todavía
dominantes en las élites.
Y se antojan irreversibles los cambios que hace apenas una
década perfilaron los rasgos de la "sociedad
democrática de mercado" como cimientos de la
construcción de una prensa moderna en México,
así sea tardía en más de un
siglo respecto de la sociedad estadounidense.
Puede ser injusto, si en esto se puede hablar de
justicia, pero el candidato Fox que todavía enfrentó en
su
campaña la adversidad de un esquema de medios de
comunicación altamente dominado por el poder presidencial del
antiguo régimen, dio paso a un presidente Fox enfrentado a un
esquema de medios de comunicación: a) en parte heredado
del viejo régimen; b) en parte liberado del antiguo modelo de
atención privilegiada a las exigencias del Presidente, y c)
en parte quizá la más determinante obligado
a atender las exigencias del mercado.
Es a partir de esta evolución en la
estructura y el comportamiento de los medios y de sus relaciones con
los
poderes en competencia de dentro y de fuera del Estado; de
dentro y de fuera del grupo gobernante que deberán
replantearse las estrategias de comunicación y las
políticas de medios del nuevo régimen.
Lo otro se asemeja más a la voz que clama
en el desierto:
"...hay buenas noticias y reclamo la
atención de la prensa. Ya llevo tres días
diciéndolo y no sale al otro día...".