Usos políticos del humor en los medios
José Carreño Carlón
David L. Paletz recomienda tomar en serio las bromas dirigidas a los políticos en los
talk shows de la televisión estadounidense, por la simple razón, dice, de que 40% de los adultos jóvenes en Estados Unidos obtiene su
información política en esos programas.
Algunos de éstos como
Saturday Night Live y los shows de Jay Leno o David Letterman son atendidos por una
selecta audiencia mexicana a través de los servicios de la televisión restringida.
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Brozo |
En cambio, una audiencia mexicana media o media-baja sería la destinataria de un programa de humor político
con escasos precedentes en la televisión producida en México cuyo conductor, Víctor Trujillo, y su personaje
Brozo han formado parte de la agenda del debate público en semanas recientes. En este singular caso doméstico es muy
temprano para saber bien a bien qué porcentaje de la población mexicana obtiene o tenderá a obtener en el futuro su
información política de este tipo de programas.
Lectura convertida en clásica desde su aparición, la segunda edición de
The Media in American Politics: Contents and
Consequences, de recientísima aparición, encuentra a su autor, el mencionado profesor Paletz, de Duke
University, convertido, a su vez, en punto de referencia obligada de prácticamente todo estudio de comunicación política.
El libro incluye una original aproximación al humor en la política, se adentra en sus significados y efectos y
muestra la manera como el análisis de este tema puede ser aplicado a las relaciones entre los medios y la política en un
sentido general.
México tiene una tradición no desdeñable en materia de humor político. Se puede contar en siglos, si hablamos de
la caricatura o del epigrama impresos. Alcanzaríamos numerosas décadas, si la referencia fuera al espectáculo
político: desde la carpa, el teatro de revista y mucho menos el cine, a los bares, restaurantes, cafés o antros convertidos
en escenarios de diversión a costa de las figuras públicas. Algo poco ha habido en la radio y sólo en épocas
recientes en la televisión.
Mención aparte merece el chiste político, el que va de boca en boca, de mesa en mesa, para respaldar la
apreciación de Paletz en el sentido de que estas expresiones revelan que la autoridad política ha sido una perpetua fuente de
humor. Pero sirva también la mención para matizar la propuesta general del profesor estadounidense, de que las
democracias, por su propia naturaleza, parecerían invitar públicamente a practicar el humor contra sus gobernantes.
El matiz es obligado porque en nuestro país no ha faltado el humor político, incluso, en los momentos de
mayor autoritarismo. Ello podría explicarse porque la propensión al chiste a propósito de los personajes y los hechos de la
vida pública, nacionales e internacionales, se ha manifestado en México sin la participación de los medios, o con su
participación marginal o mediatizada. Incluso se puede afirmar que el chiste a costillas del poder encuentra su cauce en
la conversación interpersonal en la medida en que ese cauce se le ha negado en los grandes medios. Y su éxito en
términos de difusión se ha logrado
a pesar de esos medios que, por largas épocas, han impuesto una envoltura de
solemnidad reverencial respecto del poder, o de gravedad igualmente solemne cuando se han atrevido a criticar al poder.
De allí, en parte, el alejamiento de las audiencias de los espacios de información y análisis políticos "serios". De
allí también la tendencia de los políticos de los tiempos más recientes para aparecer al lado de los líderes mediáticos
del humor. Y de allí, finalmente, el acelerado desgaste de ese recurso, al grado de que el más exitoso del momento se
vio obligado a contender desde una trastabillante defensiva periodística ("¡no soy bufón del gobierno!") tras una
controvertida presentación junto al secretario de Relaciones Exteriores.
Como en tantos otros campos de la vida pública y tantos otros ángulos de la comunicación el nuevo régimen
político surgido de las urnas en 2000 no alcanza a expresar un perfil definido de lo que sería la transición a un nuevo modelo
de comunicación, especialmente en cuanto a la relación de los medios con el poder.
Ni para atrás ni para adelante. El tránsito del gobierno en materia de medios parecería haber caído en un
atascamiento: no acierta a utilizar con mínima pericia el instrumental heredado del modelo histórico de colusión de intereses de
los medios y el poder; ni parece decidido a liquidar ese viejo modelo y construir las nuevas reglas correspondientes a un
régimen de democracia plena.
Aun así, con o sin transición política, hemos llegado a un punto en que las libertades expresivas se han enraizado
en la práctica de muchos ciudadanos y, en particular, de una porción creciente de comunicadores.
Los condicionamientos legales, materiales y culturales que propiciaron por décadas el trato reverencial al gobierno
no han desaparecido pero su eficacia se desvanece en la complejidad y el emparejamiento de los intereses coludidos
entre los poderes que controlan los medios: los del Estado asimétricamente dominantes en otros tiempos y los
particulares hoy, con un poder acrecentado.
En estas condiciones, la incorporación del humor político al espacio televisivo parecería abrir un nuevo capítulo.
Atrás quedaría un pasado en el que el humor libre dirigido contra el poder no tenía cabida en los medios por un clima
de temor reverencial tan eficiente que, salvo excepciones, le ahorraba al gobierno el recurso extremo de materializar
aquel clima en castigos reales.
En suma, digamos, felizmente, que nos aproximamos ya a aquellos dominios democráticos en los cuales los
gobernantes están impedidos de castigar en cualquier forma a quienes atentan o permiten se atente contra ellos con las
armas del humor.
Sin embargo, paradójicamente, la reciente discusión sobre la presencia del payaso
Brozo en los corredores del poder estaría planteando un alejamiento de la divisa del profesor Paletz en el sentido de que las democracias por su
propia naturaleza parecerían invitar públicamente a practicar el humor contra sus gobernantes.
En lugar de ello, se discute si el gobierno surgido con la nueva democracia mexicana parecería más bien invitar a
los practicantes del humor a formar parte del servicio a los gobernantes.
Así, para darles "un pulso de lo que está pasando en el país" según sus propias palabras
(Reforma, 13 de enero, 2002), a los embajadores y cónsules mexicanos reunidos en la Secretaría de Relaciones Exteriores fue invitado el personaje
más logrado del talentoso comediante Víctor Trujillo, por el titular de esa dependencia gubernamental. Pero según
las palabras de otro invitado ilustre, el historiador Lorenzo Meyer, "la idea era que, en la comida, la cosa fuera ligera".
"Es allí donde llega Brozo", explicó el historiador.
Y es allí donde el libro de Paletz podría aportar elementos útiles para la discusión mexicana de este tema. Porque
es ahí donde podríamos indagar sobre "los usos políticos del humor" para citar el título del celebrado estudio de
Ronald G. Webb que consciente o instintivamente estarían tratando de poner en boga los funcionarios del nuevo régimen:
Un humor de apoyo a las instituciones y a los gobernantes, como el que Bob Hope ofreció a varias generaciones
de políticos estadounidenses, a quienes acompañó lo mismo a los campos de batalla en sus aventuras bélicas, que a
los campos de golf, al final de su vida.
Un humor benigno, que no necesariamente apoya al poder, pero que sólo lo confronta en aspectos triviales.
El humor que en su agudeza tiene el efecto de minar la autoridad política, como el que Paletz atribuye a Harry
Shearer cuando en Le Show satiriza la elección estadounidense de 2000.
Y el humor subversivo ejemplificado en las parodias de Lenny Bruce contra el sistema judicial de Estados Unidos.
Lo dicho: es temprano para llegar a conclusiones duraderas, pero ya se perfilan los propósitos del lado del poder y
las reticencias del lado del comediante hoy controvertido. Habrá que ver qué dicen las audiencias.