En el centro, la discusión sobre medios
Javier Solórzano Zinser
Por diversas circunstancias, de nuevo se ha puesto sobre la mesa de discusión la libertad de expresión. El multicitado programa Big Brother es, quizá, la mejor prueba de cómo algunos miembros de la sociedad reaccionan ante aquello
que bajo su óptica puede ser ocasión de rompimiento con esquemas que se establecen en la memoria o en la ideología.
Pero la discusión alcanza también niveles que sabemos han venido postergándose a lo largo de varios años.
La difusión de determinados asuntos en los noticiarios ha entrado en el terreno del "decirlo o no decirlo". La
discusión por supuesto que no es de carácter nacional, es mundial y bajo el terrorismo desatado, de toda índole, a partir del
11 de septiembre, la libertad o el criterio de exponer se ha metido en una especie de callejón sin salida. ¿Bajo qué
criterio definir lo que se debe exponer o qué es lo que no se debe dar a conocer? Esta cuestión es uno de los terrenos
pantanosos en que están metidos los medios. La moral es un asunto subjetivo difícil de asir. Representa un terreno desigual para
el consenso ante los ojos de cualquier sociedad.
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Por más que se tengan acuerdos respecto de normas y actitudes, sin duda, los espacios de lo bueno y lo malo
se convierten en territorios de gran complejidad en su definición y en la búsqueda de consensos. La libertad de
expresión ha entrado a un terreno en el cual más que ponerse en duda su existencia y valor, lo que hoy está en la mesa es
cómo instrumentarla. Los medios están ya en discusiones relacionadas con los criterios para la difusión de la información.
¿Es válido presentar imágenes de accidentes, ataques, con toda la sangre que se emana con o sin amarillismo desde
la pantalla? ¿Qué cara poner con la cantidad de muertes que en cada película se ejecutan personajes como
Schwarzenegger y Bruce Willis en nuestras televisiones en horarios donde cualquiera puede estar sentado frente a la tele?
Pero junto con esto una de las preguntas básicas se relaciona con el criterio informativo que más allá de
imágenes televisivas puede tener en la palabra y el daño moral que emanan y que a la hora de la aclaración no tiene la
misma respuesta que lo que originalmente se dice. De manera inevitable se da el fenómeno del que pega primero pega dos
veces. Lo que los medios tienen que hacer es dirigirse hoy más que nunca en un terreno ético y de mayor profesionalismo.
Sin embargo, es evidente que la pelota no está solamente en el terreno de los medios. El caso
Big Brother alerta. La discusión sobre si 40 cámaras de televisión pueden seguir las 24 horas del día a un grupo de jóvenes en su intimidad
ha generado una polémica que da la impresión que si alguien se ha visto beneficiado ha sido la difusión misma del
programa. Pero en el fondo la discusión sobre esta emisión entra en el terreno donde las partes tienen razones atendibles.
El eje no debe ofrecer dudas: así como existe la libertad para exhibir también existe la libertad para ver. Sin
embargo, no hay duda que el contenido del programa toca diversos espacios ideológicos en los que se invade, por así decirlo,
la intimidad. La discusión va más allá del programa. La esencia del asunto camina en el muy
sui géneris terreno de leyes y normas, y por encima de todo en la falta de una definición social de los medios, más allá de una protesta coyuntural.
Lo que se exhibe a diario en la televisión debe ser motivo de discusión. No para reprimirlo sino para construir reglas y
normas actualizadas que ofrezcan un orden cargado de consensos.
Big Brother, como antes le ha pasado a otras emisiones,
es un centro de discusión que pone sobre la mesa los terrenos como se mueve una sociedad en sus conceptos y valores.
La discusión sobre los medios es, al final, el centro que no hay que perder de vista. Pero pensar en limitar los terrenos
de la libertad pareciera sin duda un despropósito.