Cuando todos éramos una familia
Adolfo Sánchez Rebolledo
Una de las frases hechas invocadas con mayor frecuencia en los últimos tiempos es la que asienta que la
democracia moderna es imposible sin la información, es decir, sin la presencia del fenómeno mediático que acompaña a la
sociedad de masas en la era de la globalización, pero de esa afirmación general y, por lo mismo, indiscutible, no se deriva que
los medios, sobre todo la televisión, hayan sido desde siempre un elemento activo en la democratización de nuestra
vida pública.
En los hechos, la historia se escribió de una manera muy diferente a la imaginada retrospectivamente por los
actuales dueños de las empresas, pues en los momentos germinales la lucha por las libertades democráticas, es decir, por
el cumplimiento de las garantías individuales establecidas en la Constitución, se tuvo que abrir paso a contracorriente
de los medios, como realmente ocurrió en 1968 y en otros episodios clave del pasado reciente. Cierto es que siempre hubo en la prensa escrita voces abiertamente comprometidas con la libertad de expresión cuyo papel en la formación
de una conciencia democrática sería a la postre vital, pero en su conjunto y atendiendo sólo a los aspectos políticos
del asunto, la actividad periodística se mantuvo leal a los gobiernos de la revolución institucionalizada. Las excepciones,
todo lo notables que se quiera, sólo confirman la regla. Por tanto, no es verdad, tampoco, que las empresas mediáticas y,
por tanto, sus dueños, vivieran sometidos a una suerte de censura impuesta por el Estado, como arguyeron los
concesionarios, esto es, una situación anómala en que ellos fueran simples víctimas, pues hay numerosos ejemplos de
connivencia y sumisión voluntaria que avalan lo contrario.
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Foto: Gregorio Cortés |
La transición en sus inicios tiene que leerse, por consiguiente, desde las riberas del río principal de la prensa, en
aquellas publicaciones que decidieron escapar de la unanimidad oficialista lanzándose a la aventura de disentir en un país
donde el Congreso, el Poder Judicial e, incluso la sociedad civil, aplauden al unísono al Presidente y donde, por lo mismo,
no existe formalmente una oposición digna de convertirse en materia prima de la información, a menos que la
voluntad superior sea la de conjurar los ataques "extralógicos" de los oscuros y "malos mexicanos" que muchas veces
sólo reclaman derechos elementales. En esas condiciones, el debate político no existe o está literalmente excluido, pues
se reduce a las menciones entrelíneas de los columnistas, es decir, a chismes, o al "periodicazo" que corta cabezas, o
bien al silencio comprado de muchas publicaciones cuya vida depende de eso. Durante un largo periodo, los medios se
rinden a la entelequia de la "unidad nacional" o a la defensa de la "familia mexicana", mediante las cuales se adapta la
filosofía de la guerra fría a las circunstancias particulares de México, asegurando el aislamiento provinciano que no soslaya
las pretensiones faraónicas de la clase gobernante, o la expresión, generalmente obscena, de sus vicios de nuevo
rico, costeados a expensas de una nación cada vez más pobre y polarizada. El intento de eludir tal paternalismo nacionalista y patriarcal es visto como un peligro originado en visiones "exóticas", ajenas al ser mismo de los mexicanos. Vale la
pena subrayar que, en comparación con otros países, la defensa del
mundo libre no recurre en México a la propaganda de
la democracia o a la infame manipulación castrense de otras latitudes, aunque aplica a cambio un dispositivo
ideológico más perverso y sutil: convencer a los ciudadanos de que el régimen monopartidista y corporativo
es la democracia, un estado natural e idiosincrático, perfeccionable pero a fin de cuentas irreversible.
En buena medida la historia democrática de los medios comienza cuando ese modelo deja de funcionar y se
revela como una traba al impulso ejercido por una sociedad que se ha hecho más heterogénea y compleja, que está
cruzada por el atraso secular, pero también por los efectos superpuestos de la modernización y la crisis que mueve las fibras
más sensibles de la estabilidad, lanzando a la disidencia a sectores muy amplios de las nuevas clases medias que ya no
están dispuestas a conformarse con la información que a cuentagotas le proporcionan las empresas de comunicación. Así,
la crisis de credibilidad de los medios coincide en el tiempo con el surgimiento de nuevas y muy diversas
aspiraciones democráticas, las cuales a su vez crearán el mercado que es la razón última de la transición en la información, para
liberar paulatina, aunque no totalmente, a la prensa del papel que había jugado como un "cuarto poder" bajo el
Estado autoritario. El cambio llegó de la mano de la competencia electoral que vino a configurar un cuadro de
necesidades informativas completamente inéditas en la historia de México y cuya satisfacción exigía y exige aún hoy un
replanteamiento integral del modo de ser de la prensa escrita y electrónica, un marco legal donde se establezcan con
precisión obligaciones y derechos de las empresas, los concesionarios y también del público.