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José Carreño Carlón  Salinas


 ¿El fin de la espiral del silencio?

 José Carreño Carlón


La conmemoración el pasado fin de año del décimo aniversario de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o simplemente TLC, en México, o NAFTA, por sus siglas en inglés) dio marco a una serie de imágenes que generaron efectos de trascendencia, específicamente en nuestro país, si bien se reprodujeron además con profusión en medios de numerosos países del continente y de otras partes del mundo.

Foto: Notimex
Se trata de las imágenes de los presidentes en funciones en 1992 en México y Estados Unidos, junto a la del primer ministro de Canadá de aquel entonces. Las tomas fotográficas y de video de Carlos Salinas de Gortari, George Bush y Brian Mulroney fueron hechas en el curso de la participación de los tres en la Conferencia Internacional Nafta at Ten: Progress, Potential and Precedents, organizada por el Woodrow Wilson International Center for Scholars de Washington.

Adicionalmente, la víspera de la inauguración de la Conferencia, Ipsos-Reid, la prestigiada compañía internacional de investigación de mercados, opinión pública y percepciones sociales, dio a conocer otra instantánea, menos difundida pero quizá tan elocuente como las anteriores: el resultado de una tercera encuesta, levantada en noviembre de 2002 ­la primera y la segunda son de 1997 y 1999, respectivamente, todas encargadas por el Wilson Center­ sobre las percepciones de esos tres momentos en relación con el pacto comercial en cada uno de los tres países integrantes del TLC.

El resultado revela una alta correspondencia entre las percepciones hoy existentes sobre los efectos del tratado en cada país y las que se tienen, también hoy, sobre quienes fueron sus gobernantes en la época en que se gestó el acuerdo. Y acaso más revelador resulta el dato de que las percepciones de hace diez años sobre cada uno de esos gobernantes eran igualmente parecidas a las percepciones que había en cada país sobre el tratado en aquella época, correspondiente a la fase final de su aprobación y ratificación.

Una primera anticipación de estas comparaciones conduce a la conclusión obvia sobre los altos grados de personalización de la política ­de las percepciones políticas y de la fabricación de esas percepciones­ en la época de la llamada democracia mediática. Materiales informativos o editoriales, historias o relatos sobre tratados o partidos, sobre programas sociales o financieros, sobre ideas políticas o económicas, sobre campañas bélicas o electorales, simplemente no pasan las pruebas de las mediciones sobre niveles de conocimiento y de aprobación o de reprobación de la opinión pública si carecen de un referente en imágenes y sonidos de personas identificadas como héroes o villanos de cada una de esas historias.

En este marco de condicionamientos, destaca el dato de que es mayor el número de estadounidenses (48%) ­que el de canadienses (38%) que el de mexicanos (30%)­ que consideran que su país ha sido el gran ganador a resultas del tratado comercial, en paralelo a la alta aceptación que muestra el ex presidente Bush, reflejada, entre otros indicadores, en los resultados electorales de medio periodo obtenidos por su partido y su clan, ahora encabezado por su hijo, el presidente George W. Bush.

Ello, en contraste con la baja valoración del presidente Bush (padre) hace diez años, reflejada en la votación presidencial de 1992, en la que no pudo alcanzar la reelección al obtener sólo 37.7% de los votos populares. Pero en congruencia con la pobre aceptación que entonces alcanzaba el TLC en Estados Unidos. Muy pocos apostaban en 1992 por su aprobación en el Congreso de ese país, tras el triunfo electoral de un partido demócrata que en campaña había condescendido con las posiciones proteccionistas antiTLC y le había dado 43.3% de los votos populares al nuevo presidente, Bill Clinton. Y todavía a esto habría que sumar un duro 19% de sufragios obtenido por la agresiva campaña antiMéxico, antiBush y antipacto comercial encabezada por Ross Perot.

La encuesta del pasado fin de año de Ipsos-Reid establece que sólo 38% de los canadienses respondió que su país ganó con la firma de Nafta, una cifra, sin embargo, superior a la baja valoración que mantiene el ex primer ministro Mulroney y a la más baja que tanto él como el tratado tenían en 1992.

No sólo por realizar estos comentarios desde México, sino por una serie de particularidades de la década mexicana transcurrida desde la firma del TLC, los datos más reveladores y generadores de sentido (de sentidos diversos, para decirlo con mayor precisión) podrían ser los referidos a nuestro país.

Según la encuesta de Ipsos-Reid, los mexicanos que en noviembre pasado sostenían que su país ganó con el tratado apenas llegaban, en efecto, a 30%, una cifra aproximada a la que se estima puede alcanzar hoy la aprobación del presidente de aquel México, Carlos Salinas de Gortari, después de que bajó a 22% al concluir en 2000 un sexenio de saturación mediática de descalificación personal, familiar y política contra el ya ex Presidente, que incluyó la destrucción de su legado y, dentro de éste, la imagen del TLC.

En contraste, diez años atrás, rebasaba el 70% el nivel de aprobación de los mexicanos al tratado y a su Presidente de entonces, identificado como su creador, al lado de sus colegas de Estados Unidos y Canadá.

Así, mientras en Estados Unidos, Bush (padre) y el Nafta vieron incrementar los grados de aprobación de los estadounidenses a su desempeño a lo largo de la década, Salinas y el TLC vieron cómo caían las percepciones favorables hasta la inversión de las cifras, que pasaron de 70% de aprobación y 30% de no aprobación, en números cerrados, a la proporción inversa: 30% de aceptación y 70% dividido entre un 33% que cree que el TLC ha perjudicado a México y 33% que sostiene que el tratado no ha tenido ningún efecto en nuestro país.

Contribuyeron a estos contrastes diversas cuestiones, entre otras, 1) las coyunturas económicas de cada país y 2) el modelo normativo de la comunicación nacional en cada uno de ellos, incluyendo la relación de los medios con el poder. Así:

1) Mientras en Estados Unidos el sucesor de Bush (Bill Clinton) se vio favorecido por un prolongado ciclo de expansión económica que no le generó necesidad alguna de enjuiciar el legado de su antecesor y permitió, en cambio, que incluso los sectores afectados por el Nafta se vieran compensados por la prosperidad resultante del ciclo expansivo, el sucesor de Salinas (Zedillo) se vio invadido por el pánico ante los efectos generados por el error de diciembre y se precipitó en la remisión de todas las responsabilidades del desastre a su antecesor, lo cual arrasó con su legado, incluido el TLC. Uno y otro pasaron a ser identificados como las causas de todos los males que se precipitaron entonces sobre la población. Además, la profunda caída de la actividad económica generada tras el error de diciembre, hizo que se aplazaran los beneficios del tratado y que resultaran más convincentes las posiciones de sus detractores, ya lo fueran éstos por motivos ideológicos o por compromisos con intereses afectados por la apertura comercial.

2) Mientras el modelo normativo de la comunicación y de la relación de los medios y el poder en Estados Unidos impide o al menos dificulta alterar o inventar versiones, acusar sin pruebas, reproducir como productos de confección periodística materiales elaborados en las oficinas del Estado, en México la ausencia de normas y un modelo histórico mexicano de subordinación y colusión de intereses entre los medios y el poder público propiciaron la fabricación a escala de percepciones desfavorables al ya ex presidente Salinas y a su legado, a lo largo de un prolongado y accidentado sexenio. Una muestra reveladora de este fenómeno está documentada en Primera plana: la borrachera democrática de los diarios, el libro que Marco Levario publicó el año pasado en Cal y Arena.

Dos fenómenos que dan nombre a otros tantos conceptos clave de la comunicación contemporánea se generaron en esos años: un pánico moral ­concepto introducido por Stanley Cohen en Folk Devils and Moral Panics­ y una espiral del silencio ­concepto acuñado por Elisabeth Noel-Neumann y ampliado en el libro del mismo nombre publicado por Gedisa .

El ya ex presidente Salinas y el TLC (entre otros saldos, en tanto personalizados en el ex Presidente) fueron presentados como la condición, el episodio o la persona que amenazan los valores o los intereses dominantes, dentro del proceso que pone de relieve el concepto de pánico moral y que interrelaciona las fuerzas de reacción y de control social como función de los medios al servicio de aquellos valores e intereses dominantes.

Al lado de la espiral de preocupación social construida por los medios y sus definidores desde el gobierno y los grupos que se aliaron con él, por diversos motivos, en el interés de reproducir el fenómeno del pánico moral contra el ex Presidente, se desarrolló una espiral del silencio, otro concepto clave de la comunicación contemporánea que define el fenómeno por el cual el proceso de construcción de una opinión dominante va creando una espiral del silencio que conduce, precisamente, el silenciamiento de quienes se resisten a la fabricación de esa opinión dominante. El temor a la sanción social (que en México 1995-2000 se llegó a traducir en temor a la separación de los cargos en el gobierno, a la exclusión de los negocios ligados a decisiones gubernamentales o a la marginación en los medios y en los partidos comprometidos en ese proceso) es la fuerza que lleva al silenciamiento de quienes en principio se resisten al proceso de fabricación de la opinión dominante.

En estas condiciones, resulta incluso asombroso que el ex Presidente y su legado vean repuntar sus niveles de aceptación a un 30%, tras el último golpe mediático de Zedillo contra Salinas a unas semanas de la expiración del anterior régimen.

A este repunte ha contribuido, sin duda, precisamente, el cambio de régimen, al menos en dos planos: primero, porque dejó de estar en el interés central del nuevo régimen la erección de Salinas y su legado como pánico moral: como la condición que amenaza los intereses de la alianza dominante. Y segundo, porque en el nuevo régimen se han diversificado los poderes con capacidad de concurrir a la definición de la agenda del debate público y, en consecuencia, se han reducido los márgenes de un solo poder o de un solo grupo para ejercer el control social a través de los medios y para desatar pánicos morales con la eficacia destructiva del último gobierno del viejo régimen.

En el mismo sentido parecería llegar a su fin el ciclo de la espiral del silencio impuesto sobre quienes se resistían a la fabricación de este pánico moral. Los más influyentes medios, impresos y electrónicos, dieron acceso a la información de la conferencia del Wilson Center, en particular, a la participación del ex presidente mexicano, en sus espacios de mayor alcance y en un marco de cobertura profesional, en general no desviado a la descalificación previa ni a la predisposición de las audiencias.

En los márgenes, voces y medios atados al pasado inmediato, a posiciones ideológicas o intereses adversos a la apertura comercial, a conveniencias de grupo o de partido o simplemente a las actitudes y conductas resultantes de los efectos de mediano plazo del fenómeno del pánico moral, reaccionaron en automático contra el acceso no desviado del ex Presidente y sus posiciones a los grandes medios. Es decir, reaccionaron contra la ruptura de aquella espiral del silencio.

Por la obviedad ­incluso la vulgaridad­ de sus expresiones e intenciones, los excesos de algunas de esas voces y algunos de esos medios resultan de enorme utilidad para fines de docencia e investigación en los espacios académicos que trabajan sobre estos conceptos clave ­pánico moral y espiral del silencio­ de la comunicación contemporánea. De la descalificación mecánica, rutinaria por parte de quienes simplemente siguen girando contra las reservas de descrédito acumulado por el ex Presidente durante la fabricación del pánico moral y de la propalción, sobre esa base, de desmentidos injuriosos sin mayor esfuerzo informativo o argumental, se pasó al insulto e incluso a la amenaza contra quienes rompieron el cerco del silencio o de la descalificación previa impuesto sobre el firmante mexicano del TLC. Lo mismo contra los empresarios que contra los políticos, académicos y periodistas que acudieron al Wilson Center, se pretendió hacer recaer, desde estos márgenes, la sanción social correspondiente ­en los términos de la espiral del silencio­ por el supuesto desacato de romper la satanización y el aislamiento informativos en que debía permanecer el erigido en pánico moral por el gobierno anterior.

No menos obvios fueron los otros recursos utilizados desde estos márgenes. Por un lado: convertir la participación de Salinas en Washington ­reconocida sin regateos por la solidez de sus análisis y propuestas en importantes espacios de Canadá, Estados Unidos y México­ como un simple movimiento de venganza contra Zedillo. Y por otro, más evidente en sus propósitos: convertir esa participación en un cuestionamiento ¡al presidente Fox!

Y aquí no podía ser más transparente el intento de prolongar en el nuevo régimen la condición del ex presidente Salinas como amenaza a los valores e intereses dominantes (pánico moral) que se le adjudicó en el último gobierno del pasado régimen. Pero sobre todo no podría ser más obvio el intento de convocar al nuevo régimen a invertir el resto de su capacidad como definidor primario de la agenda del debate público, a través de los medios, a fin de reanudar la satanización y el aislamiento informativo del ex Presidente, de prolongar su exclusión en los espacios mediáticos de mayor influencia, a no ser para insistir en su descalificación; de perpetuar, en suma, la espiral del silencio y de la distorsión sobre una de las épocas más trascendentes de la historia mexicana contemporánea.

El lenguaje y los recursos utilizados desde estos márgenes ­especialmente los insultos sobre los actores sociales y los medios que rompieron la inercia de la desinformación propia del pánico moral­ dejan ver la angustia, el temor, la desesperación de quienes ven amenazados los rendimientos y las seguridades que les otorgó su participación en la construcción de ese pánico moral que tiende a desvanecerse. Entrampados en el discurso del pánico moral no encuentran más salida que la apuesta por prolongar a perpetuidad la espiral del silencio sobre su víctima.

Hay datos para cuantificar las bases de esa angustia, ese temor, esa desesperación. En la encuesta de Ipsos-Reid es creciente la franja de los mexicanos en edad intermedia (33%) y más jóvenes (28%) que responde que el tratado ha beneficiado a nuestro país, igual que las políticas de apertura que alcanzaron su culminación hace una década. Se trata del mismo segmento que muestra mayor proclividad a la revaloración del legado del ex presidente Salinas. Las generaciones emergentes en el espacio público compran cada vez menos el producto del pánico moral, por más que se quiera renovar su empaque. Y, para no ir más lejos, se trata del segmento del electorado que decidió el cambio de régimen en las elecciones de hace dos años, contra la propuesta electoral del gobierno, que explícitamente postuló la prolongación de la satanización de Salinas en el discurso de inicio de campaña del candidato de Zedillo.

Pero también hay datos para cuantificar las bases de una genuina preocupación por los obstáculos a la profundización de la modernización del país y de sus relaciones con el exterior. La misma encuesta internacional coloca a México como el país más dividido de América del Norte. Francamente polarizado entre un 33% favorable a dar pasos adelante en la integración con América del Norte, un 33% en favor de revertir la integración alcanzada y un 33% indiferente a la cuestión, el estancamiento y la descomposición parecen constituir el horizonte de un debate envenenado a lo largo del gobierno de Zedillo, que abrió la puerta a la descalificación de todos y de todo, con tal de quedar a salvo de la rendición de cuentas sobre sus responsabilidades en la gran crisis de 1995, a raíz del error de diciembre.


José Carreño Carlón es director del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y titular de la Cátedra Unesco/UIA.

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