Francisco Báez Rodríguez
En la época de la tele en blanco y negro, el programa
Anatomías, de Jorge Saldaña tenía, de manera recurrente,
como invitados a una familia Abascal, cuyo tradicionalismo extremo
capturaba la curiosidad del televidente promedio y
servían como payaso de las bofetadas por sus ataques a la
minifalda "que degrada la moral", la educación
universitaria para
las mujeres "porque su lugar es la casa" o la
utilización pública de palabras como "vagina"
por parte de los doctores
que asistían al programa.
Ese tipo de personajes ya no existe. Y la
televisión es muy diferente en el año 2002.
Un día entre semana, a media tarde. En
medio del zapeo pasa la escena de una telenovela. Un hombre
está
acostado en la cama con una jovencita. La colocación de las
sábanas es sugerente. Una mujer entra al cuarto y se friquea
por
lo que ve. Resulta que el hombre es su amante y la jovencita es su
hija. El hombre, quitado de la pena, propone una
relación abierta entre los tres.
Por otra parte, las niñas de primaria que ven
El juego de la vida discuten animadamente acerca de lo
problemático
que resulta que Paulina no haya usado condón y pueda quedar embarazada.
Temas como los señalados son comunes en la
televisión mexicana. Si bien el primero roza los
límites del buen
gusto, debido al horario, el segundo, dedicado a un público
femenino infantil y de adolescentes se ha traducido en quitarle
velos a temas que antes parecían vedados para esa edad.
En tanto, los predicadores de A favor de lo mejor
recopilan listas enormes de programas a boicotear, que van
desde El mañanero hasta la escuelita de Ortiz de
Pinedo, pasando por cualquier cosa que tenga, así sea de manera
indirecta, la mínima implicación sexual. Parecen haber
quedado estancados con la moral promedio de fines de los años
50,
y pretenden que la legislación y las autoridades consideren
esos estándares como fijos, inmóviles, cuando lo que
hace
la normatividad es proteger los valores comunes.
Por lo pronto, lograron que la
comercialización de tiempo aire en
Big Brother sea inferior a la esperada por Televisa.
Y uno se pregunta: ¿para qué?
Para que en Big Brother tengamos
intervenciones antológicas como las siguientes:
No wey, está cañón wey,
digo porque fue una experiencia muy difícil wey, es muy
difícil decirlo wey, porque
sí medolió wey, dolió cañón wey,
porque hice muchas estupideces. No me arrepiento, bueno sí me
arrepiento wey, de
todo lo que hice. O sea, no de todo wey, de lo malo. Es muy
difícil decir de qué, wey, porque duele
cañón.
Porque cuando lo ves, wey, dices
híjole wey, está cañón el chavo,
¿no? Pus parece buena onda wey, y neta no
wey, aunque eso sí, wey, tiene unos rasgos muy buena onda,
wey, es como muy difícil de explicar wey, pero a veces me
parece a toda biiip
y se deja querer, wey, a su manera wey. Ya
veremos qué onda después, wey. Si es buena vibra o
está de
la freg-biip
, wey.
No pus lo que opino de la discriminación es
que está cañón, wey.
¿Las relaciones de pareja? No pus
están cañón, wey.
El programa tardó en prender, pero en la
medida en que los habitantes de la casa empezaron a pelearse, se
ha convertido en una referencia imprescindible para los
clasemedieros, los fresas y los
wannabes. (Por cierto, no hay mejor definición sociológica para la docena de personajes de
Big Brother, que wannabes: aspirantes a fresa en la
acepción moderna de la palabra.)
Zapeo
Como puede notar el lector, esta columna
cambió de nombre. La Real Academia de la Lengua
Española aceptó,
hace unos días, la palabra zapeo el acto de cambiar
continuamente de estación de televisión mediante el
control
remoto. Lo que todavía no sé es si aceptó
sólo el sustantivo o también el verbo: yo zapeo,
tú zapeas, ella zapea,
nosotros zapeamos, vosotros zapeáis, ustedes zapean. ¿Le
pongo cursivas o ya es español?