Virginia Bello Méndez
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Ilustración: Fade Out |
Discurrir sobre la cultura siempre conlleva el riesgo de arribar, y ésta es una paradoja, al puerto de la ignorancia. Así sucede, me parece, con cualquier entelequia que busque su definición precisa o con alguno de los arrebatos simplificadores que depositen en cualquiera de las vertientes de la creación intelectual a la cultura escrita o dicha con mayúsculas y, sobre todo, enunciada en singular.
Frente a eso que acabo de expresar, advierto que en modo alguno mi punto de vista es ecléctico ni en el sentido de querer conciliar aquellas visiones extremas ni en el otro que implica buscar una definición intermedia. No creo ni en el enfoque integrado que reduce a la cultura sólo como un fenómeno de masas ni creo que ésta sea sólo una expresión de elite.
Tampoco creo en la visión apocalíptica que cuestiona e inquiere tanto a los canales difusores de la cultura es decir, a los medios de comunicación como a sus productos, es decir, a todo lo que se quiera decir: la de los viejos enseres de la creatividad pasada como la pintura o la escultura, la cultura pop o la del cómic, la de lo underground, la del revival, la del best seller y hasta la cultura del chat y el blog o, para no extenderme más en lo que sería un interminable listado, la de la estética y en general a la cultura de la imagen junto con el culto al cuerpo, y hasta la llamada contracultura porque, como ha escrito Carlos Monsivais, nos guste o no, Betty la fea es un fenómeno de cultura de masas, incluso continental.
Y ya que mencioné tanto a los apocalípticos como a los integrados y a sus formas de entender y hacer cultura, no puedo dejar de apoyarme, precisamente, en Umberto Eco, y plantear que la antropología cultural, o sea, el estudio de la creatividad del conocimiento humano y sus formas de relación en donde se ponen en juego creencias y convicciones, y junto con ello formas de organización social, “es lo que nos ha hecho más conscientes de la pluralidad de las culturas y del derecho de toda cultura a sobrevivir, siempre que su supervivencia no perjudique los derechos de los demás” y siempre y cuando también, agrego, signifique un conjunto de expresiones y valores que necesariamente formen parte de la democracia en este entorno en el que, precisamente, podemos hablar de una cultura democrática y en la que subyacen los valores y las actitudes que ponen en juego esos valores.
Valores que ya José Woldenberg ha detallado en múltiples intervenciones al referirse a las reglas democráticas como las electorales o simple y llanamente al reconocimiento del que no piensa igual y anteponer la coexistencia con éste como el territorio más prometedor para el entorno civilizatorio.
Es decir, por muy milenaria y entrañable que sea cualquier cultura, si ésta implica el sometimiento del otro no es, al menos no desde mi punto de vista, algo que merezca ser ensalzado. En todo caso se trata de organizaciones y expresiones culturales que ayudan a testimoniar el esfuerzo del hombre en favor de la modernidad, y a la democracia, como la piedra angular de ésta.
Así las cosas, cuando hablamos de cultura necesariamente tenemos que remitirnos a una industria la industria cultural y a sus difusores los medios de comunicación. Y junto con eso aceptar el papel del mercado como un factor que delimita los contenidos culturales de esas empresas mediáticas, así como al rol que tienen los medios mismos en sus propias definiciones ideológicas y políticas. Lo primero desde principios del siglo pasado, permitió un aliento inusitado de la cultura a través de los medios difusores de ésta e incluso de su conversión en mercancía. Lo segundo determina lo que vemos y escuchamos según las definiciones de los detentadores de los medios.
No es propósito de esta reflexión una revisión a la industria cultural mexicana ni tampoco revisar puntualmente la oferta de los medios al respecto ni sobre el tema señalar que hace falta mayor diversificación de contenidos y que eso tendrá buen puerto desde la perspectiva misma del mercado, si abre posibilidades a la competencia entre las empresas mediáticas, y del Estado también, si es que de una vez por todas fortalece a sus medios de comunicación de servicio público para generar un sistema vigoroso de medios públicos. En cambio, subrayo que sólo vistos en conjunto los medios son plurales; aun con todos los límites que se quiera, éstos, sin duda y a pesar de las limitaciones antedichas, reflejan la diversidad política y cultural, y representan vías múltiples para el entretenimiento y el ocio.
En esas condiciones es como podemos hablar de la cultura de masas y de todas sus expresiones y hasta valorarlas lo mismo dentro de lo kitsch, o sea, la estética de mal gusto, que encontrar en éstas formas creativas y entonces perdurables de la recreación intelectual en cualquiera de sus vertientes.