Patrimonio cultural lusófono
Jose Marques de Melo
El siglo XXI emerge bajo el signo de una globalización acelerada. En la esfera político-económica, los encuentros anuales de Davos y Porto Alegre ofrecieron claras evidencias de ese proceso mundial. Agentes de la economía
inter nacional y militantes políticos globalifóbicos se reúnen para mostrar sus tesis y antitesis. Se trata, no obstante, de
sucesos y representaciones que surgen del imaginario colectivo de las élites, frente a los cuales los sectores populares actúan
como meros espectadores mediáticos. Sin comprender el sentido, los ciudadanos que habitan en los suburbios o en
los márgenes de las sociedades nacionales terminan por expulsar de su vida cotidiana la retórica de esas
manifestaciones periódicas.
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Hay, con todo, otra dimensión del fenómeno, no siempre perceptible a primera vista, pero que repercute
intensamente en las conversaciones familiares, se proyecta en los grupos vecinales y termina siendo incorporado al universo
simbólico de las comunidades periféricas. Se trata del mosaico cultural que los medios globalizados muestran
diariamente, rompiendo el aislamiento social donde los ciudadanos comunes vivieron hasta hace poco. Costumbres,
tradiciones, gestos y hábitos de otros pueblos, cercanos o distantes, circulan ampliamente en la "aldea global". De igual modo, patrones culturales que parecían sepultados en la memoria nacional, regional o local, resucitan
profusamente, facilitando la interacción entre generaciones diferentes, posibilitando el rescate de celebraciones, ritos y
fiestas aparentemente condenadas al olvido.
Riqueza del folclor
Este torbellino cultural que antagoniza, compara, distingue y mezcla símbolos de diferentes naciones,
regiones, ciudades, barrios y poblados constituye expresión contumaz de la riqueza del folclor mediatizado, dimensionada
con perspicacia en la teoría folkcomunicacional formulada en la tesis de doctorado de Luiz Beltrâo (1967). Se trata en
esta coyuntura de sedimentación de la "sociedad digital", de la prolongación histórica de aquel episodio que Marshall
Mc Luhan había explotado con argucia y astucia en su libro de estreno
The Mecanical Bride (1951).
El folclor de la sociedad industrial reflejaba, hace medio siglo, la apropiación de la "cultura popular" por la
poderosa "cultura de masas", procesando símbolos e imágenes enraizados en las tradiciones nacionales de los países
hegemónicos y convertidos en mercancías para el consumo de las multitudes planetarias. Por su parte, el folclor mediatizado,
típico de la sociedad postindustrial, se configuró como mosaico de signos procedentes de diferentes geografías nacionales
o regionales, buscando proyectar culturas seculares o emergentes en el nuevo mapa mundial.
Los espacios ocupados por las tradiciones populares en la agenda mediática contemporánea corresponden a
iniciativas destinadas a preservar identidades culturales amenazadas de exterminio o debilitamiento, cuando están confinadas
en territorios supuestamente inexpugnables. Pero también pueden funcionar como palancas para la renovación de
modos de actuar, pensar y sentir, de grupos o naciones empujados coyunturalmente hacia el aislamiento mundial,
permaneciendo refractarios a la incorporación de novedades.
Doble faz
Siendo así, el folclor mediatizado tiene una faz doble. Del mismo modo que asimila ideas y valores procedentes
de otros países, se interesa también en la proyección de identidades nacionales, exportando contenidos que revelan
la singularidad de los pueblos aspirantes a ocupar espacios abiertos en el panorama global.
El caso de Brasil se vuelve paradigmático en este inicio de milenio. Nuestra cultura nacional fue construida gracias
a la conjunción de símbolos que tuvieron su origen en pueblos multiculturales. El contingente lusitano nos trajo un
legado híbrido de tradiciones eurolatinas, incorporando así trazos civilizatorios asimilados en los territorios africanos y
asiáticos donde sus naves desembarcaron como pioneras. Esa matriz hegemónica incorporó trazos inconfundibles de las
civilizaciones amerindias que habitaban nuestro litoral en los tiempos de la colonización, expulsadas de la faja atlántica,
sobreviviendo aisladamente en la selva amazónica o en otras regiones vírgenes. A ellas se unieron las costumbres y expresiones
de las comunidades africanas, trasladadas contra su voluntad en navíos negreros para que desempeñaran funciones
productivas en las plantaciones azucareras, en la ganadería extensiva y en las minas de oro.
De esa imbricación simbólica resultó una pujante "cultura popular" responsable, en gran medida, de las
características peculiares de la identidad nacional brasileña, que se reprodujo de manera heterogénea durante cinco siglos en todos
los cuadrantes de nuestra geografía. Pese a ello, los trazos explícitamente homogéneos de la llamada "cultura
brasileña" son aquellos heredados de la "cultura erudita" eurolatina, diseminados sistemáticamente por la red escolar, la
Iglesia católica y otras instituciones respaldadas por el aparato estatal.
Se trata del dualismo cultural que se fue alterando en el transcurso del siglo XX por la penetración de
patrones congruentes con la fisonomía polifacética de la emergente "cultura de masas", importada de matrices
inicialmente europeas y últimamente de las industrias simbólicas estadounidenses. Esa corriente tuvo efectos significativos en
la configuración de nuestro perfil cultural contemporáneo, que refleja el "archipiélago cultural" otrora identificado
por Manuel Diegues Jr., proyectando aquella faceta que Renato Ortiz denominó apropiadamente como la "moderna
tradición brasileña".
Estamos, por lo tanto, en pleno proceso de trasmutación de nuestra identidad cultural, compelidos a
continuar importando patrones que tienen origen en las matrices de la industria mundial de bienes simbólicos, pero
también participando de ese mercado internacional potencializado por la cultura de masas.
Patrimonio lusófono
Diferentes facetas de ese rico patrimonio cultural que Brasil viene amalgamando desde hace cinco siglos
fueron analizados y debatidos durante la V Conferencia Brasileña de Folkcomunicación, promovida en el campus del
Centro Universitario Monte Serrat (UNIMONTE), en mayo de 2002, en la ciudad de Santos, estado de Sao Paulo.
En ese encuentro participaron jóvenes investigadores que ejercen en diferentes espacios de la geografía
nacional. Destacaron especialmente los núcleos de investigación folkcomunicacional bajo el liderazgo de Roberto
Benjamín (Recife), Osvaldo Trigueiro y Severino Lucena (Joâo Pessoa), Cristina Schmidt (Mogi da Cruzes), Joseph Luyten y
Cristina Gobbi (Sao Bernardo do Campo), Marlei Sigirst (Campo Grande), Rosa Nava (Santos), Simone Orlando ( Niterói),
Sebastiâo Breguez (Belo Horizonte), Rossana Gaia (Maceió), Antonio Hollfeldt (Porto Alegre), Antonio Teixeira Barros
(Brasília), Gilmar de Carvalho (Fortaleza), Rosangela Marçola (Sao Paulo), etcétera.
Fue significativa, también, la adhesión de investigadores portugueses fascinados por las tesis innovadoras de
Luiz Beltrâo, el pionero de las ciencias de la comunicación en Brasil.
El director del Museo del Periodismo de Portugal, Luis Humberto Marcos, sensibilizó a los participantes de la
sesión plenaria al recomendar que la folkcomunicación sea institucionalizada como patrimonio cultural lusófono.
Argumentando que se trata de un fenómeno típico de la comunicación lusoafro-asia-brasileña, reconocida como contribución
singular de Brasil a la Teoría de la Comunicación, su meta es incluir la tesis en la Conferencia Internacional sobre el
Patrimonio Cultural de la Humanidad, que la Unesco realizará el próximo año en la ciudad portuguesa de Porto.
En caso de que tenga éxito la iniciativa, la folkcomunicación se tornará un símbolo de la lucha emprendida por
los excluidos de la "aldea global", en el sentido de ampliar el "mosaico" potencializado por los medios, donde las
culturas periféricas aún son valoradas por su exotismo y no por su fuerza como instancias de preservación de las
tradiciones populares o de sedimentación del espíritu comunitario.