Modelo de anticomunicación
José Carreño Carlón
Desde el ángulo de análisis relacionado con la existencia o la ausencia de algo que pueda llamarse
planeación estratégica de la comunicación, las complicaciones resurgidas en julio pasado en el caso de la opción de San
Salvador Atenco para construir el nuevo aeropuerto parecerían ofrecer un escenario desquiciado y desquiciante.
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Foto: Pedro Sánchez/ Notimex |
Como consecuencia: actores sociales e institucionales desentendidos de la titularidad (y de la responsabilidad) que
les corresponde en el manejo de los problemas, frente a actores sociales e institucionales adueñados del manejo de
los asuntos en conflicto, sin ser sus titulares formales.
A esta conclusión apuntó una especie de consenso entre funcionarios, consultores y estudiosos de la
comunicación institucional en el módulo que me correspondió coordinar el mes pasado, dentro del Diplomado en Comunicación
Social que se imparte en el Instituto Nacional de Administración Pública (INAP), con el auspicio de la Secretaría de
Gobernación y de la Universidad Iberoamericana.
Independientemente de la gravedad en sí del problema del aplazamiento de la construcción del nuevo aeropuerto
y del cauce que haya encontrado en las semanas siguientes a la crisis de mediados de julio, Atenco parecería
representar una especie de modelo de la incomunicación o la anticomunicación institucionales. Un modelo de
aplicación preocupantemente extendida en el manejo de los principales asuntos críticos.
La aplicación de este modelo parecería haber paralizado la construcción del aeropuerto, comprometida desde
la campaña electoral, a unas semanas ya del segundo informe anual del Presidente.
Pero en un plano más amplio, el modelo parecería estar conduciendo a la parálisis de las instituciones y del país
mismo, para no hablar de la inmovilidad en las obras de construcción de un nuevo régimen político, en medio de la quiebra
de las grandes expectativas nacionales e internacionales despertadas tras el resultado electoral de hace dos años.
Idealmente, en los términos propuestos por la especialista canadiense Sherry Devereaux Ferguson, cuyo
texto Communication Planning sirvió de guía para la discusión en el INAP, un plan estratégico de comunicación de las
instituciones debe incluir un capítulo donde se identifiquen los asuntos críticos o conflictivos relacionados con la institución.
Pero satisfacer este requisito supone que las instituciones y sus titulares estén conscientes de la existencia de
tales asuntos críticos. Y éste es un supuesto difícil de acreditar en un discurso oficial que insiste en negar las
realidades conflictivas del país.
También parecería alto el grado de dificultad, en tales condiciones, para contar con respuestas a una serie de
preguntas clave previstas en este punto en un plan de comunicación:
¿A quién corresponde la responsabilidad de atender un asunto conflictivo determinado, empezando por la
responsabilidad inicial de informar sobre su existencia, sus orígenes, sus incidencias, sus desbordamientos y las propuestas para
encauzarlo y eventualmente resolverlo? En un caso como el actual, en el cual se encuentran varias instituciones
involucradas, ¿quiénes comparten la titularidad o la responsabilidad de su manejo? ¿Cuáles son las probabilidades de que el
asunto tenga un impacto significativo en la institución, digamos en el gobierno federal o en la Presidencia de la República? ¿Qué
variables influyen en la gobernabilidad o, al menos, en la capacidad de mantener bajo control el asunto? ¿Cómo
puede la institución más involucrada o más afectada ayudar al público a la construcción de un juicio compartido y
comprensivo sobre el tema?
Para decidir sobre la titularidad de un asunto no hay más que cotejar su materia y su ubicación espacial con el
mandato legal y la misión de la institución. Desentenderse de la responsabilidad de su manejo con la pretensión de no incurrir
en los costos de aparecer ligado a situaciones críticas o a decisiones controvertidas suele, a la postre, atraer mayores
costos que los que se pretende ahorrar.
En el caso de concurrencia de varias instituciones involucradas, alimentar la expectativa de que las contrapartes
se adueñen del asunto y den los primeros pasos (anheladamente en falso) para ahorrarse los riesgos de asumir
la responsabilidad inicial, sólo conduce como se acaba de confirmar en Atenco a la pérdida de la iniciativa política
y comunicacional. Los competidores no sólo se adueñan del asunto sino de la situación toda, y terminan obligando al
titular original de la responsabilidad a acudir al terreno de los otros, a actuar bajo sus condiciones y a hacer tardíamente la
tarea que debió hacerse al principio: identificar entre los actores concurrentes a aquellos con quienes se puede trabajar en
la búsqueda de soluciones en el manejo de asuntos, como el de Atenco, con dimensiones múltiples.
Para determinar, como parte de un plan estratégico de comunicación, las probabilidades de que el asunto
impactara negativamente sobre el gobierno, éste debió haber considerado una serie de factores cuya potencialidad conflictiva
vino a descubrir demasiado tarde.
En primer lugar, la genealogía y las conexiones familiares del asunto, como las llama Devereaux. En el presente
caso, las ligas de la población con la tierra, las creencias y los valores enraizados por siglos y una serie de simbolismos
ignorados por los mensajes oficiales hicieron vulnerables la opción y el proyecto del gobierno frente a sus competidores.
En seguida vendría la incomprensión gubernamental acerca de los procesos de surgimiento y caída de la visibilidad
de los asuntos en la agenda de los medios, lo que le ha impedido, en éste y en otros casos, construir proactivamente
el calendario de actividades comunicacionales respecto del asunto controversial a atender, antes de ser sorprendido por
los calendarios elaborados por la competencia, cada vez más intensa, por el control de la agenda del debate público.