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María Rojo  Big Brother de la moral


 Carta a José Octavio Martínez y Albarrán

 María Rojo


Tras leer sus eruditas declaraciones publicadas en la más reciente edición de etcétera (núm. 20), aún no estoy segura, apreciable señor Martínez y Albarrán, si debiese uno ponerse a reír o a llorar. Me lo pregunto, porque veo que el tan pregonado cambio en nuestro país, no acaba de llegar a RTC.

Tras la ardua batalla librada en favor de la libertad de expresión en los medios, en las artes, en el cine, nos encontramos con que el secretario ejecutivo de, ni más ni menos, la Alianza Nacional para la Moral, es uno de los encargados de clasificar las películas que podemos ver los mexicanos.

Nos encontramos también con que el funcionario que llegó para quedarse, el señor Emilio Cárdenas, sigue al frente del grupo de ilustres clasificadores cuya tarea consiste, según usted nos informa, en normar el criterio de los ciudadanos respecto del contenido moral de los filmes que se exhiben, y que dicho criterio debe estar supeditado al grado de violencia proyectado, a la limpieza ­o falta de ella­ del lenguaje utilizado, y a que la penetración, en el caso de una escena sexual, sea ­horror­ explícita o tan sólo implícita.

Escena de María
de mi corazón
Me cita usted declarando, respecto del lenguaje soez ­cualquiera que sea el significado que usted le atribuya a este concepto­ que "así se habla en México", y se apresura a añadir que estoy equivocada, que no es ésa la forma general de hablar, que lo es en todo caso de cierto nivel, de cierto estrato social, para concluir que en la casa de usted, es decir, en la suya, no se habla así. No dudo, respetable caballero, que su casa sea un verdadero oasis del más pulcro de los lenguajes, así como de las buenas costumbres, pero yo lo invito a que se dé una vueltecita por el Metro, por los mercados, por las colonias de nuestra ciudad, pero también por los centros educativos ­y no solamente por las escuelas públicas, por la UNAM, por la UAM, sino también por las aristocráticas Ibero y Anáhuac­ y que observe y escuche por un rato, una de estas noches, a los niños bien del tan polémico como anodino programa Big Brother, para que comprenda cuál es verdaderamente la forma general de hablar del mexicano, nos guste o nos disguste, y que esto no es necesariamente un asunto de estratos sociales. Y aun si así lo fuere, ¿por qué habría de aceptar nuestro cine cortapisas de cualquier género, así sea tan sólo a título informativo, en función del lenguaje utilizado, únicamente porque éste no es del agrado de los censores ­dícense clasificadores­ de RTC?

El lenguaje, el idioma como medio de comunicación entre la gente, es algo vivo, en constante proceso de transformación y evolución, que los pueblos van moldeando de acuerdo con sus necesidades y sus circunstancias. Más allá del español correcto, el de salón, cuya pureza es celosamente resguardada y sancionada por las diversas academias de la lengua, existe un habla popular ­en el más extenso sentido de la palabra­ que varía de uno a otro país en la aproximada veintena que conforman la comunidad de habla hispana. Y que varía también de una región a otra en cada uno de esos países, y frecuentemente hasta de un poblado a otro, enriquecidas esas variantes por las diferentes coyunturas históricas, culturales o económicas particulares a cada pueblo, así como por la infinidad de lenguas vernáculas que felizmente subsisten y sobreviven a las embestidas de la globalización. Si el cine, que es el arte del siglo XX por excelencia, no fuera capaz de reflejar, en su recreación de la realidad, la enorme riqueza y diversidad de nuestros idiomas, en algo habría fracasado.

No obstante, las auténticas joyas fílmicas que en su momento se produjeron durante la tan ponderada época de oro del cine nacional, si de algo adoleció ésta, entre otras cosas, fue precisamente de la notoria falsedad de su lenguaje. Presenciamos, en efecto, a todo género de personajes que se enfrascan en diálogos prosopopéyicos y acartonados, que en nada se corresponden con la genuina forma de hablar del mexicano de ese periodo, cualquiera que fuera el estrato social del cual proviniere. Es más, a los personajes de extracción popular se les endosa un lenguaje supuestamente típico, populachero y pintoresco, que tampoco se corresponde con el habla real de la época, por lo cual suena falso.

En cuanto a las palabras o expresiones procaces, por supuesto están estrictamente vedadas de la pantalla. De esta suerte, en un cine cuyo personaje central con frecuencia es la joven e inocente muchacha del campo, pobre pero decente, obligada por adversas circunstancias a prostituirse, esta entrañable heroína será tachada de mujerzuela, de zorra o de perdida, ¡bueno, hasta de suripanta!, pero nunca jamás de puta. Los hombres perversos y malos serán canallas, miserables, desalmados y sinvergüenzas, pero los cabrones y los hijos de la chingada brillan por su ausencia. Y así podríamos seguirnos.

Por eso insisto en que uno de los grandes méritos de nuestro cine contemporáneo consiste en haberle restituido a sus personajes su verdadera lengua, la que realmente se habla en nuestro país, por más que esto pueda herir la sensibilidad de uno que otro oído delicado.

De manera semejante, no es válido descalificar una película única y exclusivamente por el grado de violencia que en ésta se exhibe. Pocas películas tan violentas hemos visto, sin duda, en los últimos años, como las extraordinarias Perros de reserva y Pulp Fiction (Tiempos violentos) de Tarantino ­ganadora, por cierto, esta última de la Palma de Oro del Festival de Cannes­ o la verdaderamente terrible Funny Games, del austriaco Haneke. Sin embargo, qué persona medianamente versada en materia de cine podría cuestionarles su cualidad y calidad de excepcionales obras de arte.



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