Autorregulación, legislación, rating
Francisco Báez Rodríguez
Los concesionarios de los medios electrónicos mexicanos, ante la perspectiva de que cobrara vida el Consejo Nacional de Radio y TV, previsto por una legislación nunca aplicada, concibieron su propio Consejo de Autorregulación,
creado el 7 de febrero.
Con esta iniciativa, los concesionarios aceptan tener la necesidad de escuchar otras voces; reconocen que
eran exageradas las críticas que antes hicieron a quienes han luchado por la promoción de códigos de ética en los
medios; admiten que la legislación en materia de radio y televisión es obsoleta, en lo técnico y en lo político. Dan con ello un
paso adelante en términos de su relación con la realidad nacional.
No hay que suponer, sin embargo, que el nuevo Consejo nace de una súbita toma de conciencia respecto de la
relación entre los medios y la sociedad. Hay al menos otras dos razones de fondo para la iniciativa. Una tiene que ver con lo
que más les importa: el rating.
La experiencia de los noticieros más relevantes de radio y televisión ha demostrado que hay una clara correlación
entre credibilidad y audiencia. La dramática caída del
rating en la última etapa de 24
Horas es la prueba más contundente. Una empresa que no hace el mínimo esfuerzo por dotarse de parámetros éticos aunque sólo sean declarativos
y decorativos terminará por ser incosteable.
Es también por eso que estos días hemos visto a las principales televisoras del país con una política zigzagueante
en sus noticieros: tienen que maximizar sus rendimientos marginales.
La segunda razón es que se prevé, en el actual periodo de sesiones del Congreso, la discusión de una iniciativa
para reformar la legislación sobre medios y, en particular, la reglamentación al derecho a la información. Y éstos
requieren: 1) dar la impresión de que están abiertos a toda discusión; 2) una plataforma desde la cual hacer propuestas.
Al respecto, vale recordar como lo ha hecho Raúl Trejo en reiteradas ocasiones que la autorregulación no
sustituye a la legislación. En las condiciones actuales, ningún incumplimiento a ningún código de ética puede derivar
en sanciones jurídicas.
La autorregulación debería ser, idealmente, el camino a seguir. Pero hay evidencias de sus limitaciones.
Emilio Mora y la Cumbre Tajín
El asunto del autocontrol es resbaloso. Van de muestra dos ejemplos:
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José Ramón fernández Foto: Jaime Boites |
Emilio Mora, futbolista del Cruz Azul, entró en una controversia legal con su equipo de origen, el Morelia, que
pretendía descontarle de su porcentaje de la venta de su carta, los gastos en que incurrió al formarlo como jugador de
las fuerzas básicas morelianas. La típica prepotencia de la Federación Mexicana de Futbol pretendió pasar por encima de
la demanda del jugador, que fue amenazado con ser desafiliado (que equivale a prohibirle ejercer su oficio). José
Ramón Fernández, defensor histórico de los derechos de los jugadores, fue muy parco en sus comentarios. El hecho de
que Televisión Azteca sea propietaria del club Morelia muy probablemente tiene que ver con su prudencia.
Previo a la celebración de la Cumbre Tajín, a los organizadores se les ocurrió la peregrina idea de probar la
estructura de las gradas con policías. El símil que se me ocurre es el de usar personas como cobayas para probar vacunas
de enfermedades peligrosas. Una de las estructuras se desplomó, causando la muerte de un policía e hiriendo de
gravedad a otros tres. Los desdichados cayeron desde una altura de 12 metros. En vez de preguntarse acerca de la
conveniencia de usar seres humanos para esas pruebas (y el clasismo implícito: mejor que se caigan los policías y no la gente que
pagó para el espectáculo), los noticiarios de Televisa subrayaron que el seguro pagaría a lesionados y deudos. El hecho de
que Miguel Alemán, gobernador de Veracruz y persona influyente en Televisa, sea el principal promotor de la Cumbre
Tajín muy probablemente tiene que ver con ese énfasis distorsionado.
El lector podría hacer, junto conmigo, una lista gigantesca.
Las concesiones y el régimen fiscal: sinfonía tenebrosa
Obviamente, no puede haber en nuestro país una nueva ley de medios si no se revisan a fondo tanto el régimen
de concesiones como las concesiones fiscales que gozan los medios electrónicos.
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Foto: Jorge Claro/Contraluz |
El régimen de concesiones es uno de los ejemplos más claros de lo que significó el priismo para México. Es una
sinfonía de manipulación política en tres movimientos:
1. Allegro Maestoso. Se declara, en aras de la revolución, que el espacio por el que pasan las ondas radiales y
catódicas es propiedad de la nación.
2. Andante con Padrino. El uso de cada banda de esa propiedad nacional se concesiona temporalmente a
empresarios privados. Las concesiones son discrecionales. Hasta 1993, casi todas fueron gratuitas.
3. Libero ma non troppo. El carácter temporal de las concesiones provoca en los empresarios del ramo una
conducta de prudencia respecto de la crítica hacia el gobierno: pende siempre sobre ellos la posibilidad de revocar (o de no
renovar) la concesión.
Es claro que detrás de este orden de cosas estuvo siempre la aplicación, velada o descarada, de censura. Debería
ser obvio que lo que conviene a una sociedad democrática es que los concesionarios aseguren sus derechos (pero
paguen por ello), con independencia de sus políticas informativas o de su tendencia editorial.
Esta colusión se complementó con el régimen fiscal. Los concesionarios no pagan impuestos y, a cambio, ceden
12.5% del tiempo de emisión a promocionales del gobierno. Adicionalmente, están obligados a ceder espacios para
programas culturales y de promoción política. Es la segunda parte de la horrísona sinfonía.
Para hacer las cosas todavía más complicadas, hay un acuerdo, al parecer informal, de 1980 (cuando este país
era gobernado por un hombre que, en sus propias palabras, no pagaba para que le pegaran), según el cual el 12.5%
del tiempo no se mide como lo señala la norma, que habla de "tiempo total de transmisión" sino como proporción
del tiempo comercializable.
En los primeros tres meses del año, el gobierno federal ha utilizado íntegramente el 12.5% del tiempo comercial,
que es una proporción mucho menor del tiempo total.
Se trata, en suma, de una suerte de paraíso fiscal, sobre el cual siempre está la amenaza de hacer cumplir
estrictamente la norma y, con ello, volver incosteable de la noche a la mañana a la más exitosa estación de radio o de tv.
Si ese estado de cosas no cambia, tampoco cambiará el país.
Marcos: el periplo mediático
Al subcomandante Marcos le está ocurriendo una cosa por demás curiosa. Tras el levantamiento zapatista, los
medios lo levantaron como figura de talla internacional. Luego los medios lo dejaron en segundo plano. Cuando el
presidente Fox relanzó la iniciativa de reforma de la ley indígena, los medios lo resucitaron. Tras su llegada a la ciudad de
México ha predominado en él la desesperación por mantenerse en los titulares.
Lo que los medios dan, los medios quitan. Veremos si la cosa cambia en marzo.
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Foto: Fernando Santos Rosas |
Curiosidad dentro de curiosidad (como en un juego de matriushkas con pasamontañas): a mi gusto resultó de
verdad alucinante la avalancha de reacciones indignadas porque la televisión abierta nacional no transmitió en vivo el
discurso de Marcos en el Zócalo capitalino. Particularmente delirante me pareció la idea de que había sido censura del gobierno.
Puede acusarse al gobierno foxista de muchas cosas, pero no de esquizofrenia. Puede acusarse a la televisión
abierta de muchísimas más, pero no de hacerle el vacío al líder de los zapatistas. La idea de que uno de los más
activos propagandistas de la marcha dé la orden (en el Cuartel General de la Burguesía, supongo) de que ya no la cubran.
Esa visión del mundo no la escuchaba desde que discutía con los Enfermos de Sinaloa hace ya más de tres décadas.
¿A razón de qué iba a transmitir la tele el discurso de Marcos en vivo? ¿De verdad creen que la nación estaba en
vilo esperando su verbo?
Por mi parte, debo confesar, me pareció más interesante, y digno de transmisión, el duelo León-Pumas.
Hay cierta izquierda que nomás no aprende. Están un poco aturdidos porque el punto de comparación, en
términos de masas, que algunos filozapatistas se habían trazado era la visita del papa. Bienaventurados.