Francisco Báez Rodríguez
La televisión abierta mexicana ha cambiado en la última década más de lo que parece. Basta dar un
vistazo comparativo para notarlo.
En primer lugar, el tiempo dedicado a las telenovelas casi se ha duplicado. Ahora tenemos 14 horas diarias
(nueve en Televisa y cinco en TV Azteca). Y si hace diez años casi todos los culebrones estaban cortados por la misma
tijera (la diferencia entre María la del
barrio y El magnate), hoy tenemos telenovelas clásicas:
La hija del jardinero o Amarte es mi
pecado, para niños Alebrijes y
rebujos, para jóvenes sin pretensiones
Dos chicos de cuidado en la ciudad, para clasemedieros
Mirada de mujer y repeticiones Amor
real. A esto hay que agregar las microtelenovelas de un
capítulo, dirigidas a un público tradicional:
Mujer: casos de la vida real o Lo que callamos las
mujeres.
Lo que ahora sucede es que las telenovelas tienen diferentes nichos de mercado. Hace diez años se pensaba
en el "ama de casa" en abstracto: la señora que haría las compras. Hoy, las distinciones socioeconómicas y de edad y por tanto, la búsqueda de públicos específicos para enviar los mensajes publicitarios han hecho
que el género, como tal, se vuelva más mixto y más joven, y que no provoque un rechazo automático de parte de
un sector más instruido de la población.
Otro género que ganó adeptos es el de los comentarios de espectáculos. La TV que se devora a sí misma, y
se rehace al devorarse. La TV, y sus "famosos", como tema vital en la vida cotidiana. En nuestro país, la pionera
fue Paty Chapoy, con Ventaneando, y otros productos ligados a ella. Televisa también ha desarrollado varios
programas del mismo estilo. Quien no sepa nada del escándalo de Niurka y Juan Osorio, que tire la primera piedra.
Los talk shows, que estuvieron en el cenit hace un lustro, van a la baja, porque finalmente sólo hicieron
blanco en la parte menos educada del auditorio, pero se resisten a desaparecer. Su lugar de moda ha sido ocupado,
de manera paulatina, por los reality shows dirigidos a todo público y por programas del tipo
Policías o Infieles, que dejan esa misma sensación de realidad jodida a quienes buscan ese tipo de escapismo barato.
¿Y quiénes han dejado su lugar? Particularmente las series, tanto las importadas, como las producidas en
México (¿recuerdan a Los Beverly de
Peralvillo o a Mi secretaria?) que durante años ocuparon sitios importantes en
la programación (y, en ocasiones, el firmamento del rating) y que ahora han sido, en su mayoría, relegadas a los
canales locales.
¿Por qué se ha dado este fenómeno, que implica un abaratamiento de la pantalla abierta? La respuesta está
en el cable. De alguna manera, el cable y la televisión restringida en general cubre hoy el espectro social que
cubría la tele abierta hace 20 años. Los herederos de quienes seguían las series del 5 y el 13, hoy ven Sony y Fox.
La pantalla abierta da grima (si acaso salvo noticias y deportes, quedan fuera de la quema un par de
programas cómicos y el programa estelar de concursos de cada televisora). Está dirigida a otro nicho.
En ese contexto, es bueno saber que todavía quedan algunas certezas. Por ejemplo, que Deportv aparecerá
cada domingo, como hace 30 años. Y que el América volverá a fallar en su intento por ser campeón.
* * *
Si de certezas se trata, los Pumas no ganan un campeonato desde hace casi 13 años.
De la Redacción