Queda el espíritu de la discoteca pública
Antulio Sánchez
Aprincipios de julio Napster dio a conocer que cerraba temporalmente, con el fin de depurar sus bases de datos. Con esto quedó prácticamente sellada la muerte de un símbolo, de una práctica de intercambio de archivos gratuitos de música.
Es factible que dentro de poco Napster empiece a operar como un sistema de pago, aunque quizá llegue a ser
una propuesta que no tiene garantizado el éxito.
El creador y su producto
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Shawn Fanning Ilustración: Time |
Desde temprana edad Shawn Fanning mostró sus dotes para la programación. Durante su estancia en la
Universidad de Northeastern, en Boston, ya tenía en mente crear un programa eficaz para el intercambio de archivos musicales
en formato MP3. Con esta idea abandonó la universidad a los 19 años. Al poco tiempo, en enero de 1999, creó Napster. Se estima que el programa estuvo cargado por lo menos en 90 millones de máquinas. Esto fue producto de las
ventajas que ofrecía el programa: rapidez en la descarga de archivos, sencillo de usar y una amplia oferta musical.
Napster desató la discusión sobre tópicos como piratería, derechos de autor, ventas de discos compactos y la
conformación de los mismos, difusión de los contenidos por Internet, etcétera.
El 7 de diciembre de 1999 Napster enfrentó la demanda por piratería de varias compañías discográficas.
Amparándose en las leyes de derechos de autor, la RIAA (organización que agrupa a las grandes disqueras) expresó que su
demanda a Napster era por lanzar "un servicio que hace posible y facilita la piratería de música en una escala sin precedentes".
Napster invocó que actuaba sólo como proveedor de servicios. La RIAA, cuyos miembros controlan 90% de
las grabaciones producidas y vendidas en EU, pidió el cierre de Napster.
El uso masivo de Napster terminó porque se dio además una confrontación entre varias bandas y músicos de rock
con esta empresa. Los grupos demandaron a Napster por violar sus derechos de autor y por poner en marcha
actividades "corruptas". En el último trimestre de 1999 y primer semestre de 2000 se presentó un bombardeo de demandas,
de aparición de programas para sabotear a Napster, de clones para seguir los caminos del intercambio gratuito de
archivos musicales, etcétera.
Una buena porción de músicos nunca vislumbraron que desde el surgimiento de Internet y la invención del MP3
se avecinaba una revolución en el terreno musical. Se durmieron y cuando despertaron ya no podían tener todos los
hilos de la tecnología en sus manos para usufructuarla en su beneficio.
El acuerdo al que llegaron Napster y la RIAA, en mayo pasado y luego de dos años de estira y afloja, fue distribuir
el catálogo de estas compañías mediante un sistema de pago y bloquear los accesos a temas de los artistas protegidos.
La utilización de Napster sufrió entonces una gran caída: a principios de 2001 se intercambiaban cada 24 horas 2.8
billones de archivos. En mayo pasado eran sólo cinco mil archivos diarios. El fallo judicial se cumplió y el 1 de julio Napster
dejó de ser gratuito. Ahora será un servicio comercial en línea, se ha abierto un periodo para cerrar acuerdos con
artistas y sellos independientes, con el fin de hacer su música accesible a través de su sitio.
Parece que la historia ejemplificada por Napster no tiene retorno: miles de sucesores ya están en la telaraña
digital. A partir de marzo de este año empezó a gestarse una nueva generación de clones de Napster, que se caracterizaron
ya no sólo por intercambiar archivos de música sino también videos, fotografías, programas y audio. Uno de los que
cuentan con una buena cuota de usuarios es Audiogalaxy (www.audiogalaxy.com); su virtud y desventaja es que los
archivos están ubicados en servidores que operan vía satélite, lo cual ha venido a entorpecer la rapidez en la descarga,
empero, millones de usuarios se han volcado a este servicio que cuenta con una oferta musical amplia y diversa. A pesar de
eso, este programa todavía opera bajo el esquema similar a Napster, es un P2P obsoleto, caracterizado porque
existen servidores centrales que registran los contenidos de los archivos que comparten los usuarios.
Sin embargo, un amplio espectro de programas actualmente operan bajo un esquema P2P, pero prescinden de
un servidor central o serie de servidores centrales como Napster, con lo cual se pierden los asideros tangibles para
fincar responsabilidades a una empresa por tales intercambios. Sitios como Gnutella (gnutella.wego.com),
BearShare (www.bearshare.com) o MyNapsterson (www.mynapster.com) no funcionan por medio de servidores ubicados en
un lugar físico al que se interconectan millones de usuarios. Todas las computadoras funcionan como servidores de
información, son redes descentralizadas. De esta manera no es fácil establecer controles ni perseguir a los
directamente involucrados en los intercambios de archivos musicales.
Estos programas han dado paso a una descentralización de la información donde los usuarios se relacionan entre
sí y donde la forma de publicar y distribuir información está bajo el control de los propios usuarios, como una
discoteca pública.
Todo esto ha puesto en predicamento a la industria discográfica, lo cual ha llevado a que muchas voces hayan
gritado por los pasillos virtuales que la era de la socialización de los contenidos ha arribado, que la muerte de los grandes
sellos discográficos es una realidad. Sin embargo, los grandes sellos no perecerán por simples deseos. No se puede
especular que el monto de ingresos de dichas empresas, que en conjunto supera los 35 mil millones de dólares anuales, se vea mermado o se incremente. Lo que sí se puede esperar es que el tráfico y consumo de música basado en el
intercambio gratuito de archivos musicales no se detenga por lo menos a mediano plazo, incluso se puede esperar un
crecimiento del mismo; pero, al mismo tiempo, es factible preveer un cambio, que los grandes sellos opten obligadamente por
un esquema de venta de música, ya sea basado en la suscripción o la compra de piezas (archivos) individuales
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