A los medios de comunicación hay que reconocerles el mérito de haber sido reflejo de la madurez con que la democracia mexicana enfrenta el proceso electoral más competido de su historia.
La cobertura informativa de las campañas, la jornada electoral y lo que ha pasado desde el 2 de julio hasta el cierre de esta edición permiten documentar que, en tanto poderes fácticos que son las empresas mediáticas, es decir, expresiones de poder no
reguladas legalmente, su adecuación normativa es reto ineludible de la reforma del Estado. Pero los medios también han dejado testimonio de que su voto ha sido en favor de una contienda política civilizada: en esencia, respetaron al árbitro y a los contendientes, al mismo tiempo que fueron particularmente prudentes para no hacerse eco de los exabruptos de algún candidato o para difundir alguna encuesta que habían preparado para la ocasión porque lo cerrado de las cifras lo impedía.
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Ilustración: Pablo Picasso, 1908 |
Todo esto lo constata el lector en el completo reporte de Laura Islas Reyes y Luis Miguel Carriedo. Pero en modo alguno
queremos sugerir que, en materia de medios, la competencia en las urnas no haya expresado insuficiencias notables entre las que destaca, y nunca sobra decirlo, el periodo tan largo de las campañas así como el cuantioso gasto que representan y del que particularmente los medios electrónicos son los principales beneficiados. Habitualmente protagónicos cuando se trata de impulsar una agenda que a ellos les beneficie, en este caso los medios no han sido resueltos para poner el asunto en la esfera de las preocupaciones centrales.
Otro sugerente aspecto se encuentra en el periodismo de facción que parece estar quedando rezagado, más aún cuando
favorece cualquier opción política a través de la omisión y la distorsión informativas sino es que, incluso, acusa o hace denuncias muy serias sin sustento, como lo ha hecho con el IFE. Y es que en el mercado de la competencia en las urnas, los medios también disputan la credibilidad y la está perdiendo el periodismo de facción de cualquier signo.
Hay más profesionalismo y bagaje ético en los medios, sin duda, aunque también pragmatismo para no colocarse, salvo
excepciones como ya dijimos, en una batalla en la que quien gane orientará la definición política del país, o sea también la que tiene que ver con los intereses de los medios mismos y entre éstos con el gasto en publicidad. ése sin duda, es un incentivo pernicioso a la prudencia de las empresas mediáticas (varias de ellas con sobresaliente capacidad para adecuarse al discurso de la administración presidencial que sea y hacer coincidir caja registradora con definiciones editoriales).
En materia de medios, pocas propuestas
La regulación de la publicidad gubernamental está entre los más urgentes asuntos a atender. Pero ni ese tema ni otros como
el relacionado con los medios públicos, las radios comunitarias o el régimen de concesiones, han sido tratados con la seriedad
que habría de esperar de los candidatos a la Presidencia. Apenas Felipe Calderón Hinojosa, el 20 de junio, esbozó algunos trazos
relacionados con la convergencia, la radio digital y la identificación de aquellas zonas "susceptibles de ser atendidas con nuevos servicios de radio y televisión, tanto comercial como cultural, educativa, comunitaria y oficial". Eso, dentro de los compromisos que expresó para los primeros cien días de su gobierno.
Del próximo Presidente de México habrá que esperar y exigir definiciones como las arriba citadas, también de los medios.
Pero además, y en etcétera estamos particularmente convencidos de ello, habrá que esperar capacidad autocrítica de los que
impulsamos la reforma integral de la radiodifusión y las telecomunicaciones. Al respecto, y para explicar nuestros fracasos reformistas, coincidimos totalmente con el espléndido texto que publicamos más adelante, elaborado por uno de los más destacados académicos de nuestro continente, Antonio Pasquali.
La escuela latinoamericana en materia de medios, dice Pasquali, tiene una riqueza patrimonial digna de recuperarse, actualizarse
y poner a provecho. "Nuestro entorno comunicacional ha empeorado (...) y hemos entonces de redoblar esfuerzos, mutatis
mutandis, por intentar poner la comunicación, en ámbitos democráticos, al servicio del desarrollo con libertad, calidad y pluralismo". En especial, nos resultan muy sugerentes estas otras palabras del experto venezolano:
"O las fuerzas inerciales del status fueron demasiado poderosas y pesadas de remover, o nuestros argumentos y estrategias
fueron equivocadas y débiles o se dio una mezcla perversa de ambos factores adversos."
No podemos, en efecto, cifrar la culpa de todo lo que nos pasa en el gobierno en turno, los partidos o la malvada perversión de
los agentes del lobbie, eso genera héroes, agregamos nosotros, pero no reformistas, y los primeros están para el cómic no para la historia reciente. Pasquali sabe que es muy fácil depositar en los malos todo "el pesado bulto" de la responsabilidad, dice y en etcétera lo hemos afirmado una y otra vez desde hace cinco años y medio, que esa responsabilidad también está en la escasa producción académica y en especial en la precaria y deficiente investigación que hay en Latinoamérica y muy señaladamente
en México.
La fórmula que al respecto plantea este maestro de la comunicación es "una fuerte actualización de conocimientos, máxime
en materias tecnológicas y económicas". O sea, nos aconseja estudiar, de acuerdo, quien esté libre de rollo que lance la primera propuesta para modificar los contenidos curriculares y de investigación. Con la misma disposición autocrítica para enfrentar la simulación académica, habría que admitir que en materia de estrategia política para conseguir la democratización de los medios, al menos en México, se necesita una revisión a fondo el relato de un naufragio con el que identificamos, páginas adelante, la reciente integración de la Comisión Federal de Telecomunicaciones es una muestra de ello.
etcétera busca ser el espacio para una discusión como ésas, sistemática, amplia, plural, sin prejuicios. Sin confundir convicciones y principios con el aquelarre cotidiano del insulto al adversario, sin creer o fingir que el rollo es producción académica y, menos aún, sin pensar que quien no coincide en todo con nosotros se traslada automáticamente al lado del enemigo de la causa.