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Anna



Tal vez lo último que vio fue la mirada fría del sicario que accionó el gatillo. Una, dos, tres, cuatro veces. La investigación dirá si ya había muerto para entonces, cuando su cuerpo caía descompuesto al piso del ascensor.

¿Cuántas balas serían suficientes para matar a Anna Politkóvskaya? El despreciable asesino decidió que le vendrían bien dos clavadas en el pecho, justo en el corazón que en vida latió apasionado, una más en el hombro y la última clavada en su frente, justo en el centro de sus grandes ojos castaños, testigos fieles de los horrores que el ser humano es capaz cometer. Después de acabar con la vida de Anna, el criminal simplemente arrojó la pistola Makarov al suelo y se marchó.

Anna temía al odio sobre todas las cosas, lo conocía muy bien: durante sus 48 años de vida se lo había topado de frente, con varios rostros y nombres, so pretexto de nacionalidades y religiones, pero siempre la misma estupidez que en el centro siega la vida de inocentes.

"Honestamente temo su odio. Temo, porque rebasará los márgenes. Tarde o temprano", escribió en su último trabajo que Nóvaya Gazata publicó, como en una triste paradoja, íntegro e inconcluso, tal como ella lo dejó.

En este artículo, Anna documentaba la serie de torturas a las que han sido sujetos varios jóvenes chechenos acusados de terrorismo.

"Te designamos terrorista", escribió rodeada de las carpetas y expedientes de las personas que, como parte de una paranoica lucha antiterrorista, han sido encarceladas y condenadas durante los últimos años sin pruebas o con causas amañadas.

"¿Combatimos la ilegalidad con la ley? ¿o golpeamos con nuestra ilegalidad la de ellos? Estos dos enfoques chocan y sacan chispas hoy y también lo harán en lo futuro. Como resultado de la 'designación de terroristas' aumenta el número de aquellos que no quieren conformarse con ello".

Anna creía que su trabajo podría salvarla. Pero el periodismo no fue suficiente; el coraje y valentía con que escribió las líneas para contar los últimos años del conflicto de Chechenia, para describir el espíritu roto de una madre que sabe a su hijo secuestrado en una escuela, para denunciar su indignación, y extenderla, ante los constantes yerros de un gobierno para el que siempre fue una presencia incómoda, no alcanzaron ante la simpleza de esas cuatro balas que sólo pueden explicarse a partir del odio. Aquel temor agazapado que siempre la acompañó y que trató de envenenarla en septiembre de 2004, cuando se dirigía en un avión hacia Beslan, donde un colegio había sido tomado por un comando armado, secuestrando a todos sus estudiantes. Anna sería mediadora en las negociaciones con los plagiarios pero nunca llegó a tiempo, una taza de té envenenada la detuvo.

Sólo así podrían contenerla. Su asesino lo sabía y por eso inclemente lanzó cuatro balas en contra de aquella mujer de cabello cenizo, enjuta y labios finos. Y en contra también de todos aquellos que pensamos que en tiempos de autoritarismo y odio, el periodismo debe ser un remanso de sensatez y libertad.


Laura Islas Reyes
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