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Un casino en la tele





Tengo 38 años y soy adicto a las apuestas, lo acepto, y ahora también soy un apostador anónimo que habla de su desgracia bajo la estricta responsabilidad de los editores de esta revista.

Primero permítanme decirles que yo tiento al azar desde que tengo memoria, cuando todavía nadie imaginaba que desde el televisor se podría probar fortuna gracias a la formidable idea que, en 2006, hizo posible esto en un país donde se prohibían los casinos.

Perdonen el desplante, pero entiendo como pocos que la vida es una tómbola (to-to-to tómbola). Por eso les comento que me siento pionero y promotor de la ruleta de la vida electrónica moderna, y lo creo porque jugué al Peteca -quienes tienen mi edad saben a lo que me refiero- o al trompo y al taconcito, al balero o al ladrillo o al bolillo y, luego cuando adolescente, al billar, al futbolito, a la rayuela y, entre otras tantas cosas más, a ver quién dibujaba exacto el alacrán en las pulquerías de Garibaldi o la San Felipe de Jesús.

Sí, ya sé que eso lo hizo o lo hace casi cualquiera, pero el detalle de distinción es que conmigo lo importante no era disfrutar el juego sino retar al futuro, ser irreverente contra mi fracaso escrito en la niñez con letra de sangre y alcohol regada con mano firme por mis padres. De esa condición se desprende que muchos tahúres creamos en el destino al mismo tiempo que lo desafiamos. Cuando perdemos ahí está la justificación, los vericuetos del destino, cuando ganamos lo hacemos con un golpe de suerte tan poderoso que, al menos momentáneamente, rompe con la cultura de la derrota y somos felices pero queremos más porque quién diablos no quiere siempre ser más y más feliz en la vida.

Por todo eso es que nunca entendí por qué no se les ocurrió antes a los señores de la televisión impulsar la magia de la conversión digital y el hechizo interactivo para que nosotros, los desgraciados de siempre, pudiéramos desde ahí cruzar apuestas y con la derrota encontrar la fuente de la resignación.

Aquella mala pasada es culpa del destino, me dije una y otra vez, porque de otro modo en los ochenta me habría hecho millonario con Tommy Hearns, la cobra de Detroit que volvió marioneta al entonces invencible Pipino Cuevas cuando nadie lo esperaba o cuando pasó lo mismo con Roberto Durán a manos de Sugar Ray Leonard, y ni qué decir de los triunfos de mi entrañable América contra las Chivas, los Pumas y la Jaiba brava del Tampico Madero.

De los noventa, mejor ni hablamos. Sólo me imagino en un yate festejando mi apuesta ganadora, con cámaras de televisión y rodeado de mujeres hermosas, a que Hugo Sánchez no participaría en el juego de México contra Bulgaria durante un mundial. Ni modo. Y qué me dicen de Rocinante, la televisión me hubiera dado un dineral mientras en el hipódromo apenas gané unos pesos que rápido se esfumaron en el bingo clandestino aquel de la colonia Doctores.

Entre esos años y los primeros de los 2000 también hubo derrotas, claro está, como cuando aposté a la medalla de oro en favor de Ana Guevara durante una carrera en la que mojé los pantalones mientras veía cómo perdía mis lentes, el pago de la renta y la colegiatura de mis hijos. Recuerdo también una ocasión en la que jugando a los dados tuve que tomar diez caballitos al hilo y terminé en el hospital apostando con la enfermera veinte pesos a que en menos de tres oportunidades adivinaba su nombre.

Ilustración: Estelí Meza Urbieta
¿Pero quién dice que la dicha sólo llega del brazo del dinero y la fama? El 14 de febrero de 2006, cómo olvidarlo, fui reivindicado como jugador empedernido. Entonces, desde la comodidad del hogar o al amparo de una cantina o en la casa del vecino, el casino en la tele nos hizo salir a miles del armario y gritar a los cuatro vientos que no apestábamos, que apostábamos que no es lo mismo. ¡Qué momento! Nada de ludópatas. Fuimos ciudadanos VIP gracias a la pantalla que probó lo que antes nosotros sentenciábamos quedito sobre la rueda de la fortuna de la vida mientras apostábamos en el hipódromo, en el beisbol o en los globos y la lotería de cualquier feria miserable cuando no lo hicimos con una moneda al aire para ver quién disparaba los tacos.

En la vida, disculpen ustedes pero no puedo dejar la letanía, todo se nos debería ir en apostar. Yo, por ejemplo, aposté a que el casino en la tele es el resultado de una apuesta que se fraseó más o menos así en 2005:

"Apuesto a que autorizarás mi casino a cambio de mi apoyo electoral."

Creo que así fue como los dueños de la pantalla entraron a las grandes ligas, pues antes sólo subastaban al "quién da más" del candidato que fuera para hacerlo omnipresente y ahora así apuestan con los políticos para que se haga lo que ellos dictan. Por lo demás, ustedes saben que, como sucede en lo casinos, siempre hay recovecos en las reglas y en las leyes para que la casa siempre gane o dígame qué quiere perder usted si piensa distinto.

Casi un año después de mi victoria cultural, el 2 de febrero de 2007 vino a mí la desgracia y dejé de apostar hasta en las canicas. Adiós al giro o al colorado y a mis cartas de Pokemón y Yu-Gi-Oh!; nunca más a la baraja, al dominó y al ajedrez y hasta a los palitos chinos. Esa noche explotó mi sueño de ser estrella rodeada de mujeres portentosas. De ser diputado, boxeador y empresario, o todo junto. Porque ganar en las apuestas me hizo estar en todos lados. Cómo me duele pensar que con mi fama en la tele quise ser comentarista político, actor de telenovela o integrante del jurado de un inverosímil premio nacional de periodismo.

Y todo por apostar en la tele, por apostarle a la tele.

Sí. Ese 2 de febrero aposté en contra de mis principios de tahúr profesional, abandoné las reglas y dejé de ser quien soy. Creí tener la piel de zapa de Balzac y ahora advierto con ese escritor francés que un tablero indispensable del juego es la memoria y que para eso la prensa es el moderno medio para la denuncia. Perdí todo lo que había ganado en la tele cuando en la catafixia dejé cien mil dólares a cambio de una escoba y un pase para estar entre el público del programa Pare de sufrir, y casi muero de vergüenza cuando escuché el consuelo de una morenaza que dijo que ese dinero se iría al Teletón, que no me preocupara, que había hecho una gran obra en favor de los discapacitados de México. Me dijo también que con un golpe de suerte podría integrar la décimo segunda edición de Big Brother.

Ahí fue cuando el destino me ganó la apuesta definitiva y, como todo un profesional del juego, asumí que siempre seré un perdedor, toda la vida. En ese instante resolví ser un adicto anónimo a las apuestas y de inmediato dije que no, casi le grité, a quien se acercó a mi oído para apostarme 100 pesos a que en realidad esa cantidad era para la empresa de la televisión. Ah, pero que no me tiente quien diga que eso no es verdad, que el Teletón no es en realidad un gran negocio y que el casino también lo es, porque entonces creo que recaería, y esta vez para ganar. Oh, sí


MLT



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