Francisco Báez Rodríguez
Hoy en día, a partir de la medianoche, la televisión abierta mexicana es un mar de infomerciales con un par de
islitas cultorosas como mínimos oasis para el pobre televidente.
Un curso de computación que nos hará escalar en la empresa, un revolucionario método para bajar llantitas sin
hacer ejercicio, un temible aparato de succión de vacío que convertirá a los hombres en estrellas porno, una
superaspiradora que nos hará encontrar polvo y gérmenes donde no sospechábamos que los había, un curso para aprender inglés
mientras dormimos, una faja extraordinaria que nos hará vernos buenísimas, el gran shampoo mexicano que hará el milagro
de devolvernos la mata, la crema que nos quitará la celulitis como por arte de magia, la que funciona mejor que la
blanca espuma de la Negrita Cucurumbé y nos quitará lo morenos. El Canal 2, el 4, el 7, el 9, el 13 y el 40 se pasan la
noche entera empujando las ventas de estos productos.
"¡Como lo vio en TV!", dicen. Y es como decir: como lo vio en la realidad.
¿Por qué es posible que, con la actual legislación, que limita el tiempo dedicado a los comerciales, haya una
proporción tan grande de publicidad en el tiempo aire?
La respuesta se divide en dos: una razón legaloide, que permite que las cosas se muevan en el filo de la navaja.
Los infomerciales son tratados como si fueran parte de la programación: por su duración, por las entrevistas, por
las actuaciones, se manejan como si no fueran lo que son: publicidad vil y llana. La otra razón es, simplemente, cerrar
un ojo ante el hecho de que se trata de horarios con poca audiencia. Las autoridades son estrictas en la observancia de
los tiempos en horarios pico, y dejan cierta lasitud para los otros (sin ella, no nos explicaríamos, por ejemplo,
En familia con Chabelo).
La situación es típicamente tercermundista. Recuerda todas aquellas casas a las que les rompió un vidrio de la
ventana hace como ocho años, pusieron un plastiquito para cubrirla mientras compraban el repuesto, y el plástico ahí sigue.
Un parche discrecional que sustituye a la discusión y aprobación de una nueva Ley Federal de Radio y Televisión, acorde
con los tiempos que viven la técnica, el mundo y el país.
Me hubiera gustado escribir que la discusión es impostergable, pero estaría cayendo en el error de todos. Cada
día se demuestra que en este país todas las discusiones torales son postergables. Y cada noche, la mayoría de los
televidentes es decir, aquellos que no tienen televisión restringida viajan al inframundo de los infomerciales y ven restringida al
mínimo su cacareada libertad de elegir entre un canal y otro.
La nueva disputa del Mundial
Dijo el optimista que una de las ventajas de que el Mundial de Futbol se juegue a horas tan horribles para nuestro
país es que habrá algo distinto a los infomerciales.
El pesimista, en tanto, sigue preocupado por la falta de claridad respecto de los horarios de transmisiones, inédita
en México. Sabemos que Azteca y Televisa transmitirán 18 partidos, incluidos el inaugural, los de la selección nacional,
las semifinales y la final. Sabemos que CNI logró obtener, de carambola, los derechos de la transmisión en vivo de los
juegos, pero solamente anuncia 40 de ellos, en consonancia con el número del canal. Entre esos juegos no está
Argentina-Inglaterra. Si los 18 partidos que transmiten las televisoras grandes son inaugural, tres del Tri, octavos, cuartos,
semifinal y final, entonces ya no hubo lugar para el partido más importante de la primera fase (y tampoco vi Italia-Ecuador por ningún lado).
Este zapeador aficionado al futbol NO desea contratar DirecTV sólo por ver el Mundial. Pero tiene muchas ganas de ver a la Albiceleste humillar a la Pérfida Albión y teme que los inspectores de la Delegación Cuauhtémoc lleguen a clausurar el bar donde se refugiaría, en el preciso momento en que el
Piojo López se pone a driblar troncos
ingleses mientras se interna en el área rival. ¿No hay quién le dé una manita?