Francisco Báez Rodríguez
Reyes desnudos
En EU, se cayó el sistema
1. Videocracia en crisis
Muchos han salido raspados con el fiasco de las elecciones presidenciales estadounidenses. Entre los que han obtenido más mala fama destacan las televisoras, que compiten, si acaso, con el diseñador de la boleta electoral de Palm Springs.
Sin embargo, apenas le rasca uno un poco, lo que ha salido a la luz es la tremenda dependencia del sistema político-electoral estadounidense hacia la tv. Y, con ello, su extrema fragilidad.
Ha sido una cadena donde la evolución de los medios masivos se ha ligado al desarrollo de los sistemas de medición de opinión de tal forma que, mientras los actores políticos y la ciudadanía se ciñen a lo que diga la televisión, el sistema electoral oficial se mantiene burocratizado, lento, fuera de tiempo. Como la televisión y las encuestas de salida eran cada vez más veloces, quedó la impresión de que el sistema se perfeccionaba. Hoy sabemos que era un espejismo.
La velocidad creciente de la tele y las encuestas de salida, aprendimos también, no era tanto hija de la mayor rapidez en el envío de datos o de un perfeccionamiento de los métodos de muestreo, o del análisis estadístico, sino de la audacia creciente de las cadenas de televisión, en su lucha constante por ser los primeros en dar resultados. Ganar la noticia antes que nada, ése era el lema. Que al día siguiente los periódicos dijeran: fue tal cadena la primera en cantar al ganador.
Al mismo tiempo, las cadenas enfrentaban problemas con el sistema electoral de EU. Como, a diferencia del resto del mundo, donde los jefes de gobierno salen en una sola elección, en EU lo hacen en realidad de 51 elecciones diferentes, los costos se multiplican. Son 51 encuestas de salida y conteos rápidos; 51 muestras representativas que, por la ley de los grandes números, tienen que ser prácticamente tan amplias como lo sería una sola muestra nacional, sus costos se multiplicaban.
¿Cómo hacer frente a este problema? Tomaron una decisión salomónica. Hicieron un pool con las mejores empresas encuestadoras del país. Esta alianza de empresas demoscópicas hacía una sola encuesta de salida (o, más exactamente, 51 encuestas paralelas), presentaba en un mismo formato (multitud de pantallas) la evolución del equivalente a los 51 PREP estatales, con sus respectivas mediciones estadísticas: desviaciones, regresiones, proyecciones con las casillas faltantes, etcétera. Pero dejaron a cada consorcio la libertad de interpretar los datos a su manera.
El paso lógico siguiente fue que, por lo general, cada network contrató a un grupo de expertos en estadística para analizar la masa de información que a todos les llegaba. En teoría, ellos determinarían, de manera diferenciada para cada cadena, si algún estado (o la nación entera) podía "cantarse" en favor de algún contendiente.
De la teoría a la práctica hay un trecho y eso se vio el pasado 7 de noviembre. La cadena ABC fue consistentemente la más agresiva. Con datos de la encuesta de salida de Florida, que daba una ventaja muy ligera a Gore, un poco inferior al margen de error, se lanzaron a cantar ese estado como ganado por el demócrata. Lo hicieron temprano en la contienda, cuando todavía no era determinante (y, sin embargo, análisis previos indicaban que Florida sería la clave: no es casual que Gore cerrara ahí y utilizara hasta el último segundo de campaña permitido).
¿Qué pasó inmediatamente después? Que, aunque los expertos contratados por las otras cadenas no estuvieron muy seguros, todas ellas cantaron rápidamente a Gore como triunfador.
Para decirlo en palabras llanas: las televisoras querían a los estadísticos como aval, más que como determinantes de la "asignación" extraoficial de ganador.
Horas después, se sabe, declararon, en hilera, que la elección en ese estado estaba demasiado cerrada para cantar un ganador. Pero faltaba la debacle.
En la medida que se acumulaban resultados del equivalente del PREP de Florida, todos los indicadores se
inclinaban a una victoria de Bush. Sucedió entonces algo paradójico: los cálculos de los expertos favorecían indudablemente al republicano, pero éstos vacilaban: no querían equivocarse de nuevo.
Esta es la imagen: con 98% del conteo en Florida (al que se le tenía fe ciega), la ventaja de Bush parecía estadísticamente irremontable, pues el 2% faltante correspondía a zonas predominantemente republicanas. Los actuarios y matemáticos se pusieron a esperar a ver quién era el primer valiente en cantar ganador.
Fue, otra vez, la ABC. En menos de dos minutos, las otras cadenas la siguieron. Y Bush ganó la Presidencia... por hora y media.
Lo que siguió ha causado decepción en todos lados. El sistema electoral quedó al desnudo, como el rey del cuento. Y los medios la televisión todavía en primer lugar, como los malos de la película, lo cual no debe extrañarnos: invitaron
al supertazón y no hubo campeón.
La televisión actuó con lógica. Pero con su lógica. Prefirió la velocidad a la precisión. Y después, cuando los vuelcos anteriores llamaban a la prudencia e intentó frenarse, respondió finalmente a sus instintos y siguió al primer imprudente.
Lo grave es darnos cuenta que en la democracia más influyente del mundo, la televisión que tiene objetivos infrapolíticos, de mercado haya sustituido en la práctica en su tarea, por muchos años y sin que el público y los ciudadanos interesados se hayan dado cuenta, a las instituciones electorales que son uno de los sostenes de esa democracia.
Ahora, junto con las justas críticas al arcaico sistema electoral estadounidense, otras se han enderezado en contra de los medios. Ciertamente fallaron en la tarea de informar con exactitud de los resultados. Resultaron sustitutos imperfectos, con una lógica perversamente distinta de la de las instituciones electorales. Pero la responsabilidad mayor recae en quien los hizo compadres, quien los convirtió en factótum, cuando no lo debieron haber sido.
Peligros de la seductora era del inmediatismo en que vivimos.
2. El espejo de Maléfica y la filtración cómoda
¿Cuándo es que Maléfica, la bella pero malvada reina, se convierte de plano en la bruja del cuento de Blanca Nieves? Cuando su espejito mágico le devuelve una imagen donde se ve claramente que los años no pasan en balde.
Algo parecido le ha de haber sucedido a Carlos Salinas de Gortari en su última visita a México, sobre todo después de su presentación en el programa Zona abierta, que conduce Héctor Aguilar Camín en el Canal de las Estrellas.
Salinas intentó seducir al público con las mismas armas que había utilizado, exitosamente, durante los seis años de su mandato presidencial: raciocinio fulminante, mirada directa a la cámara, sonrisa burlona de quien está seguro de lo que dice. Junto con ellas, exhibió actitudes que ya se nos habían olvidado: quitaba la palabra, respondía a lo que quería, alzaba la voz de mando. Adicionalmente, demostró una nula capacidad de autocrítica. Era el rostro, avejentado, de un autoritarismo que permeó toda la cultura política nacional.
El ex Presidente se vio, para decirlo en pocas palabras, como el emisario de un pasado superado. No logró seducir.
Carlos Salinas midió mal los tiempos en dos sentidos. Porque no entendió que la cultura política del país es diferente, por fortuna, de la que primaba cuando él era Presidente. Y porque no entendió que, a pesar de esos cambios, el Presidente de la República en turno sigue siendo poderosísimo. Resultó que Salinas de Gortari tampoco era tan buen estratega.
A su incómoda visita siguió dos días después de su aparición en tv una filtración a modo. López-Dóriga presentó en su noticiero la grabación de una entrevista entre Adriana y Raúl Salinas en la cual se desnudaron no sólo turbios enjuagues familiares, sino elementos caracterológicos, que pusieron en muy mala luz a ambos hermanos del ex Presidente (y, por extensión, a toda la familia).
No fue casual que en los días siguientes la televisión se refocilara con extractos de la conversación, con las terribles voces, con los desesperados tonos. La grabación hizo añicos el intento de Carlos Salinas de volver a la palestra y recuperar alguno de los muchos puntos perdidos en estos seis años.
Es evidente que la grabación que se entregó a López-Dóriga fue obtenida y filtrada de manera ilegal. Existen todos los elementos para suponer que la orden para hacerlo vino de arriba. La vox populi se lo atribuye al propio Zedillo.
López-Dóriga, a pesar de ello, hizo bien en divulgarla, aunque no diera la fuente. Era una pieza informativa demasiado relevante y atractiva como para negarse a transmitirla por ese prurito.
La pregunta que cabría hacerse, en todo caso es: ¿tenía el periodista la capacidad de negarse, si así lo hubiera decidido?