Julio Chávez Sánchez
Libelos como el de Olga Wornat no son novedosos desafortunadamente. Es (casi) invariable: en tiempos de
expectación política se hace presente la difusión de materiales de ese tipo. La mayoría de las veces para atacar a un personaje
público (aunque también los hay de alabanza plena).
El texto de Wornat llama la atención en varios sentidos. El primero, evidentemente, por su enconada (e
insostenible) crítica a Marta Sahagún y a sus hijos. El segundo, porque se promueve como trabajo de investigación periodística
cuando en realidad es una colección de murmuraciones, filtraciones y dichos de personas que no son acreditadas con el
recurso fácil de "proteger a la fuente" (en estas páginas se ha reiterado el derecho que tienen los periodistas de reservarse
el nombre de sus fuentes; sin embargo, también hemos insistido que esa prerrogativa ha sido empleada
indiscriminadamente. El secreto profesional debe emplearse solamente en casos excepcionales); amén de que varios pasajes parecen ser
redactados a partir de la imaginación de la autora, con ese recurso aún en uso de intentar describir las atmósferas, las frases e
incluso las gesticulaciones de personajes que participan en una reunión donde evidentemente Olga Wornat no estuvo.
Así que la invención es también una parte fundamental en los textos que comprenden sus llamadas
Crónicas malditas. A todo ello hay que agregar que a lo largo de las páginas Wornat no escatima en adjetivos. El autollamado periodismo
de la autora abunda en flaquezas, pues al considerarse una apasionada de la historia de México incurre en yerros sobre
datos elementales que no requieren una investigación de fondo. Pero más allá y junto con esto, lo cuestionable de Wornat
es cómo ejerce la profesión periodística y cómo defiende su trabajo. Para ella, "los periodistas debemos generar
discusión, agitar las aguas, romper fronteras, explorar y observar cada detalle de la realidad que nos rodea, con ojo crítico y
espíritu libertario. Salir a la calle, investigar, inquietar y mostrar las luces y sombras de los hombres y mujeres que nos
gobiernan. Sus vidas privadas son casi públicas, no son entes extraños. No son sagrados, intocables, o impolutos. Son
servidores públicos con el triple de obligaciones que un ciudadano común". Generar discusión, por supuesto, pero sobre bases
firmes, con elementos de prueba, documentando si es el caso, los abusos o atropellos de los políticos, no con infundios ni
con filtraciones sin aportar datos constatables. La autora habla de investigar, pero esta actividad no es salir a la calle a
buscar infidencias y difundir versiones interesadas o rumores sin sustento. Acusar, insinuar responsabilidades delictivas o
ilegales, afirmar que se han fraguado negocios al margen de la ley sin aportar un solo dato es una característica señalada de
este libelo. A eso no se le puede llamar periodismo.
Como en su libro anterior, en éste también el centro de atención es la esposa del Presidente y su familia.
Marta Sahagún es un personaje que ha generado polémica prácticamente desde que inició el sexenio. No se puede
negar su afán protagónico y la relevancia mediática de sus acciones ni por mucho tiempo su comentada candidatura
presidencial. A Sahagún se le ha criticado fuerte por ello. Por eso aquí debe existir una diferencia clara, las actividades públicas de
la esposa del Presidente deben ser vigiladas, analizadas y en su caso criticadas y su vida privada, como la de
cualquier persona, debe quedar en esa esfera (pri-va-da). Si ella, o cualquier persona, deciden hacer públicos algunos aspectos de
su privacidad, es responsabilidad suya y tienen el derecho de determinar hasta qué punto lo hacen. Nadie más puede hacerlo.
Por otro lado, si los hijos de Marta Sahagún o cualquier otro familiar suyo se han enriquecido ilegalmente, si se
han beneficiado del tráfico de influencias, es necesario conocerlo y, en su caso, proceder conforme a las
instancias correspondientes; pero eso requiere una investigación seria, profesional, que es justo de lo que carece el texto de Wornat.
A su falta de ética y profesionalismo, Wornat la presenta como una función social: "Lamentablemente, los prejuicios
-a veces fundados- respecto de las intromisiones en la intimidad han dejado en manos de una prensa de corte
sensacionalista la función de recordar que la vida privada de los políticos tiene relación con su actuación pública". El sensacionalismo
es lo que mejor vende, y eso lo sabe la señora Wornat, no importa si está sustentado o no.
Deliberadamente no he querido reproducir pasaje alguno de los narrados por Olga Wornat. Más que describir a
los personajes aludidos, la autora se pinta tal como es.