Hemos llegado al Estado seductor
Irving Berlín Villafaña
La sociedad seductora esa que reduce los márgenes de racionalidad del Estado y amplía el poder del juego,
del placer efímero y el pragmatismo en las decisiones políticas es el marco donde la democracia esconde, con
gloria que parece vana, su nueva frivolidad.
En lugar de los tiempos viejos, fundamentalistas, certeros, basados en política científica, en la absolutización
de la razón y las plataformas ideológicas, se ha implantado la democracia televisiva. Con el nuevo Presidente ha
nacido el Estado seductor.
No defiendo la tesis, nada que ver, que basa el triunfo de Fox en su trabajo de excelencia de mercadeo
político. Sin embargo, no cabe la menor duda que tanto en la campaña como en los días que tiene de gobierno el
espacio utilizado para la publicidad del Presidente ha sido decisivo: hemos visto momentos republicanos de tensión
como el proceso de aprobación de la Ley de Ingresos y Egresos en el Congreso de la Unión y los recientes episodios
políticos en Tabasco y Yucatán, aderezados de notas, spots, mensajes, entrevistas televisivas y pequeñas escenas
montadas para lograr un impacto fácil en la opinión pública.
Recuerda usted, seguramente, las escenas para promover el programa paisano, las comilonas de reyes y
el mensaje de año nuevo con un fondo musical de violines que era la representación gozosa, un guiño de
picardía publicitaria. La forma publicitaria del poder, para el caso, es el préstamo lírico, el símbolo construido para
fortalecer a su referente, que sube o mantiene los niveles de popularidad, de aceptación en la opinión pública. Es el viejo
ardid de ganar tiempo y legitimidad para luego facilitar maniobras decisivas.
No puede ser de otra manera. La sociedad abierta e hipercomunicada con gran generación de opiniones
desde diversos actores sociales que hacen muy difícil la construcción de consensos hace fundamentales a los medios
como generadores de opinión pública.
Por eso, en estos tiempos, nada puede hacerse sin el diálogo permanente. En lugar de la línea, de la
imposición, del abuso del poder momentáneo, de instituciones férreas que den certeza, esta nueva sociedad que
vivimos requiere del control de mayores variables con el fin de mantener en equilibrio el sistema que es, por definición, inestable.
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Foto: Fernando Santos Rosas |
El presidente Fox, en consecuencia, utiliza adecuadamente los medios para ganar espacios de legitimidad y
poder operar el siguiente paso. Sin embargo, éste no ha llegado. La concepción administrativa y de
managment del Estado permite, con toda seguridad, un uso más eficiente de los recursos, pero no otorga
per se la altura de miras que un sistema político exige.
En las tensiones actuales del sureste hemos estrenado una nueva política de no intervención del Ejecutivo
federal dejando que otros poderes hagan su función: que se entiendan los gobernadores con la Suprema Corte; que
se apliquen las diversas leyes del caso; que dialoguen las fracciones parlamentarias en conflicto y que diriman,
entre ellos, las situaciones encontradas. Eso me parece altamente positivo para un país quebrado por el
presidencialismo imperial, y necesitado de fortalecer el equilibrio de poderes y de aplicación ciega de la ley, como en todo Estado
de derecho moderno.
Está bien, pero no es suficiente: cuando los caminos del conflicto se vayan cerrando y el desacato a las leyes
se haga más manifiesto, habrá que usar la fuerza del Estado, la violencia legítima que le llaman los juristas,
para mantener un mínimo de credibilidad, de orden y de esperanza más allá de los guiños seductores de los
spots publicitarios. Entonces veremos si el presidente Fox es sólo un buen vendedor de imagen o un gran
estadista. Veremos, también, según la participación de los ciudadanos, cuál de los dos nos merecemos
Irving Berlín Villafaña es coordinador del programa doctoral en Ciencias de la Información. Facultad de Ciencias Antropológicas/Facultad de Ciencias de la Información. Universidad de la Laguna, Tenerife-Universidad
Autónoma de Yucatán.