Laura Islas Reyes
La crónica tenía que ser triste. Tal vez no había visto panorama más desolador en tantos años de carrera,
de trabajo con la realidad diaria. No había tiempo para pensar en eso, no había tiempo para detenerse en
el sentimiento sobrecogedor que apretaba la voz y la garganta. Durante seis horas sólo fueron las palabras
acostumbrado a las imágenes que cuentan su propia historia. Hubo que contarle a la ciudad que sus
calles estaban arruinadas.
Había despertado con el estremecimiento de la mañana, encendió el televisor para darse cuenta que no
había señal en ninguno de los canales, ni siquiera en los de la empresa para la que trabajaba. Llamó al teléfono,
todas las líneas de Televisa ocupadas. Era preciso salir en ese momento, saber qué había ocurrido.
Se fue vistiendo en el coche y comenzó a transmitir a través de un teléfono que tenía pegado en el auto.
El camino por Paseo de la Reforma parecía no ofrecer novedades.
"Estoy recorriendo Reforma, vengo hacia el centro. Pasé por el Tláloc, el Museo de Antropología.
Entonces llegué a Reforma. El Angel está arriba, no creo que haya pasado nada grave, además veo el Seguro Social
cuya enorme fachada es ahora de vidrio, no falta ningún vidrio. Un señor está corriendo, haciendo
jogging. Me voy a seguir."
Y siguió.
El paisaje cambió con la violencia misma del sismo que sacudió a la ciudad de México la mañana del 19
de septiembre de 1985. La crónica de Jacobo Zabludovsky no admitía calificativos, sólo los que precisaban
las dimensiones de la propia tragedia.
"Algunas veces la labor
informativa se ve sujeta a la necesidad de no hacer alarmismo ni amarillismo;
hoy, cualquier cosa que se diga, dentro de los límites de la realidad, se ajusta a la esfera de una tragedia
sin precedentes", dijo mientras su voz y las palabras, con todo su poder, se entrecortaban. Había que seguir.
San Juan de Letrán en ruinas, lo mismo el hotel Regis de avenida Juárez que terminaba de
derrumbarse, mientras su descripción buscaba más palabras para decir lo que había sucedido a la gente que lo escuchaba
por la XEW. "Este es el peor desastre que ha sufrido la ciudad en lo que va de este siglo. El número de muertos
lo ignoramos. El número de heridos es elevado. La cantidad de pérdidas materiales es incalculable". Y en
medio de tanta desolación la de la ciudad que se apoderaba de las emociones que trataba de contener con el
auricular en la mano cualquier cifra accesoria aplastaba aún más.
Televisa Chapultepec, su casa, estaba derruida. Una de las torres había caído. Los primeros
rescatistas comenzaban a organizarse. La crónica tenía que continuar aun con el triste desconcierto de esas horas.
Cuando dejó Televisa, 15 años después de los sismos de 1985, Jacobo Zabludovsky tenía la que era su
oficina llena de cajas, en las que se llevaba las fotos, los libros, los archivos, los reconocimientos y los recuerdos de
50 años de trabajo en la televisión, los mismos de vida de este medio en México.
Iban dentro del equipaje las memorias que guardan las escenas de ese 19 de septiembre, el
doloroso desamparo de recorrer las calles de la ciudad arruinada, herida. Hombre de medios con una carrera de 60
años en el periodismo mexicano, recuerdos así lo asaltan a veces y salen como recién vividos, de cajas que no
los podrían guardar. Aparecen desempolvados, lo mismo frente a un micrófono que caminando por alguna de
sus ciudades favoritas: París, Buenos Aires, Madrid; degustando una paella que él mismo prepara o mientras
se apasiona con la fiesta taurina o las páginas de un libro. El suyo, un texto en el que aún trabaja para
recopilar sus memorias, una caja de palabras para muchos recuerdos que no merecen ni el olvido ni el polvo.