Laura Islas Reyes
"Mira muñeca, es difícil estar donde estoy, por eso a veces puedes pensar que me retraigo, que soy esquivo,
que estoy como ausente, pero en realidad es que hay tantas cosas. Linda, si yo pudiera contarte, o decirte siquiera
una mínima parte de lo que me toca vivir a diario. No es fácil vivir en el centro del poder, latir junto a su corazón. El poder corrompe a los hombres, muñeca, y yo he visto que muchos han caído seducidos por él. Y además de todo, ¡por si fuera poco!, me rodean las envidias, no te imaginas... no tienes idea, de veras, de verdad que me gustaría compartir contigo todo esto que sé, pero no me lo perdonaría jamás. Sería como cubrir tu belleza con el velo opaco de la insidia, ¿no? Y bueno, no, no es sencillo hacer lo que hago, mira, escribo en un periódico, tengo varios libros, no recuerdo bien cuántos, pero siempre he sido un hombre preocupado por la salud democrática de este país, y eso pisa los intereses de cuantimadre de gente. Y luego vienen las críticas, los cuestionamientos, las descalificaciones y los pinches periodistas, ¿ajá? Eso, así te puedes explicar muchas cosas. Linda, de veras yo quisiera contarte cómo hago para soportar todo esto, pero tampoco creas que sólo me han pasado cosas malas, no, muñeca. He conocido cuantimadre de gente importante, de lugares, bueno, pues tú has visto que no es por
nada pero conozco los mejores restaurantes del país, y soy lo bastante generoso como para compartirlo con personas como tú. Soy un hombre fuerte, por eso he triunfado, por eso estoy donde estoy, aunque a muchos les pesa, les cuesta reconocer el talento que tengo porque mira, soy un hombre brillante, no es que me crea mucho, pero a veces es un poco frustrante mirar cómo se desperdicia mi talento, ¡en serio!, me cuesta trabajo ver cómo es que hay cantidad de weyes que están en lugar que yo, que salen en... que se hacen famosos... ¡Cuando no tienen la mitad de mi talento, de mi capacidad de análisis! A veces los veo y digo, ¡carajo! pero si eso mismo es lo que yo he pensado, lo mismito que dicen, lo mismito, te lo juro, muñeca. Pero claro, ¿te imaginas lo que yo podría hacer en su lugar? Pero no es posible por lo mismo, es como te decía al principio, las envidias, esto de la política está lleno de mucha mierda... tú no te imaginas cuánta, y es que este negocio es así, o te chingas o te chingan, y pues en ese caso no tengo que decirte cuál te conviene escoger. Es como aquel chiste, que es muy cierto además, de que se muera tu abuela a que se muera la mía, pues que se muera la de cualquier otro cabrón, ¿no? Es la ley de la selva, o te los comes o te tragan, es mentira eso de que si el país, las ideas, el debate... ésas son pendejadas, punto. Uno se lava la cara para que no te jodan a periodicazos pero nada más. En serio, muñeca, así es este business, you know? Pero sabes una cosa, muñeca, a pesar de todas estas chingaderas tiene sus cosas buenas, ya ves cómo nos dan mesa rápido en cualquier restaurante, y por cierto, qué te gustaría cenar, ¿comida japonesa o italiana?".
* * *
Fernando clavó los ojos en las pantorrillas bronceadas y desnudas de la edecán que llevaba y traía una jarra de agua hasta la mesa principal. Sonrió para sí y recordó trazos de una escena agradable de la noche anterior, la bailarina disfrazada de ejecutiva desnudándose sólo para su placer. (Y nunca había sabido bien a bien qué era lo más excitante, el perfecto cuerpo de la desnudista, su belleza extranjera o la cantidad de dinero que podía meter en su ropa interior). él estaba muy borracho para recordar el rostro eslavo de aquella mujer, pero por alguna razón la edecán enfundada en su traje sastre oscuro y los tacones delgados de 10 centímetros le hicieron recordarla.
Le gustaba su trabajo aunque siempre lo consideró como un tránsito molesto hacia las alturas que buscaba llegar. Varios años había sido funcionario público de medio pelo, esos que organizan todos los eventos en los que permanecen detrás del escenario, sin un micrófono al frente ni reporteros o fotógrafos buscando sus dichos o expresiones.
Un tránsito, sí, así lo pensaba cada vez que le exasperaba recibir alguna orden, alguna reconvención. Un tránsito cómodo, con un sueldo decoroso, lo suficiente para mantenerse al día sobre cuáles son los mejores restaurantes de México, para comprar los favores de alguna mujer ya fuera con billetes en una tanga o con ramos de rosas y serenatas.
Siempre fue un hombre pragmático. La soledad de sus 40 años la llenaba sin complicaciones con la generosa y rápida compañía de alguien que ante todo fuera hermosa edecanes y becarias eran su especialidad, y fácil de impresionar por el cargo público.
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Ilustración: Michael Bzinet |
"El ser funcionario siempre viste", pensaba con bastante frecuencia. Y aunque no tenía el puesto que creía merecer, cuando su ambición le daba tregua se conformaba con disparar su firma en el vaucher que pagaba la costosa comanda de una comida o cena que compartía con alguna becaria.
"Con tu sueldo de becaria jamás permitiré que pagues esta comida", le gustaba decir y sabía que gracias a
aquel gesto se ganaba la buena impresión y disposición de su interlocutora en turno.
Casi siempre le gustaba su vida. No era un hombre preocupado por sinrazones existencialistas o disyuntivas éticas. Más bien le iba mejor adoptar aquella escuela de que moral igual a árbol que da moras, y el fin justifica cualquier medio. Le gustaba repetirse que en la evolución de las especies, sólo los más pragmáticos sobrevivirán. Y él, ante todo, era un sobreviviente.
De cuando en cuando caía en crisis. Casi no pensaba en ello y las olvidaba pronto, pero le llevaba tiempo digerirlas.
Alguna vez trató con terapia, un colega le recomendó acudir con una psicóloga. "Cobra mil pesos la sesión semanal, pero bien vale la pena el gasto". Después de conocerla y tras desembolsar el costo de seis sesiones concluyó que por lo único que valía la pena el gasto era por la vista panorámica que ofrecían su consultorio en Santa Fe y el generoso escote de las blusas con que apenas se vestía la loquera.
No necesitaba terapia, pero debía reconocer que el poco tiempo que fue le hizo ver de frente su resentimiento
con la vida, sus ganas de borrar el pasado, todo, cualquier evidencia de aquellos años en los que vivió con sus padres en
un barrio miserable de la periferia de la ciudad. Aun ahora, después de haber roto con esos días y amistades que
podrían ser testigo de su antigua condición, le pesaba recordarlo y sentir que todo lo que vivió lo había predestinado
con fatalidad a ser quien era.
Y entonces, cuando pensaba en esas cosas, se desataba una serie de rabia ciega por no ser lo que deseaba, por no estar en el lugar, en el puesto que merecía. Porque ni las cámaras, ni los teleprompters volteaban a verlo con sus
luces blancas y azules y con la atención debida. Eso lo frustraba, a fuerza de ser sinceros, a veces lo aceptaba, aunque
no lo compartía con nadie más, él mismo se miraba como una sombra de lo que realmente era, de lo que quería ser,
de lo que debía ser y los otros no alcanzaban a percibir.
Pero esos lapsus trágicos le duraban poco. Venían a veces y se iban casi de inmediato, a la menor provocación, como cuando escuchaba The dark side of the moon su disco favorito, o miraba las pantorrillas de aquella
edecán que volteó a verlo con una sonrisa amable y sus grandes ojos maquillados con una exquisita precisión de
colores fríos.
Uno de sus compañeros rompió la larga ensoñación en la que se perdió, llamó la atención de Fernando que no había guardado la mínima discreción al seguir las piernas largas de la joven que mostraba su lugar a los ponentes en la mesa de honor.
"¿Se le ofrece algo, licenciado Fernando?", la edecán se acercó y preguntó al funcionario que parecía
como abstraído y ahogado en sus propios pensamientos.
"No, Linda, gracias. ¿Cuánto tiempo falta para que empiecen las conferencias?", le devolvió Fernando, viniendo de lejos y simulando la ansiedad que provocaba el evento que él mismo había organizado.
"Cinco minutos, licenciado".
"Háblame de tú, por favor, ¡no soy tan viejo!".
"OK, como tú digas F-E-R-N-A-N-D-O". Linda sonrió, levantó una ceja y agachó la cabeza. Quizá un
poco intimidada, quizá con todo bajo control. Se volvió unos pasos hasta que el funcionario la detuvo del brazo.
"Oye muñeca, ¿te gusta la comida japonesa? Porque sabes una cosa, hay un restaurante, el mejor de México,
y me gustaría invitarte después de que se termine todo este desmadre"