Antulio Sánchez
Recientemente, la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI) y el Consejo de la Comunicación (CC) lanzaron
una curiosa cruzada con el fin de que los usuarios mexicanos de Internet contribuyan a hacer de ella un lugar ausente de conductas cuestionables.
Esa cruzada se despliega para detener a los que se consideran los tres flagelos de la red: el
spam, el plagio y los contenidos pornográficos.
En el caso del tercer aspecto los dos organismos conminan a los usuarios nacionales de Internet para que al
enviar mensajes los acompañen de frases como: "¿Cuántos mexicanos ven pornografía por Internet? Únete y
ayúdanos a que sean menos honestamente lo necesitamos". Más allá de la "quebrada de cabeza" que se dieron para
idear estos mensajes, lo cierto es que son muy desafortunados, pues aquélla tiene nuevas consideraciones desde
hace rato y porque menosprecia la libre decisión de los adultos.
Límites imprecisos
No existe consenso para definir lo que es la pornografía. Están los que consideran toda representación
erótica o sexual como pornográfica, mientras que otros sólo le adjudican tal calificativo a materiales
"explícitamente sexuales". Hay otros que indican la inexistencia de materiales pornográficos, que hacer tales distinciones de
contenidos o imágenes es sólo reflejo de una posición moral de quien así lo considera.
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Foto: Kevin Wilkins/ black+white |
En años recientes se empezó a hablar de un empoderamiento sexual, donde el énfasis se pone en el derecho
al placer y se enfatiza la necesidad de reconstruir la sexualidad, de apropiarse de ella con la finalidad de disfrutarla
al máximo. Una postura que en alguna medida tiene cierto aire de los años 60 y 70 del siglo pasado y que en aras
del disfrute hedonista no encuentra impedimento alguno para concretarlo, incluso hasta olvidar la opinión o los
deseos del otro.
Al mismo tiempo que los vientos sexuales en las sociedades modernas apuntan a vivir una sexualidad
que prescinda del coito y se aleje de la idea de aquella se base en el intercambio de secreciones, también gana
terreno la idea de que la pornografía merece ser evaluada de otra manera y se le encuentran virtudes que tiempo atrás
eran impensables. Las sociedades modernas con el afán de evitar el aburrimiento están dispuestas a recurrir a lo que
antes se rechazaba.
La pornografía paulatinamente ha entrado en una fase donde algunos sectores que se habían opuesto a ella
han cambiado su postura. En Estados Unidos y Australia, por ejemplo, ha surgido una nueva generación de
feministas que no sólo se declaran consumidoras de pornografía; incluso, algunas que pertenecen al sector académico
han incorporado este tema para ser analizado. Así se reivindica a la pornografía por considerarla una fuente
pedagógica, porque enseña a tener mejor desempeño sexual y porque auxilia en la eliminación de tabúes y prejuicios en la vida íntima. Al mismo tiempo prolifera una especie de contracultura sexual que establece que la pornografía permite la reconquista de la sexualidad, pues permite explorar el cuerpo de una manera tal que antes estaba
únicamente permitida a los especialistas.
Libertad de opciones
En ese marco es absurda dicha cruzada, pues así como nadie tiene derecho de conminar a ninguno de los miembros de aquellos organismos a que cambie sus hábitos sexuales, ellos tampoco tienen derecho alguno de pedir a otra persona que modifique sus comportamientos sexuales.
En vez de afectar la libre elección de los adultos, ambos organismos deberían propugnar por contar con mecanismos jurídicos que permitan a quienes no tienen interés en recibir tales contenidos que lo puedan hacer, que se respete su libertad y privacidad, e incentivar el establecimiento de mecanismos que regulen la protección de los infantes.