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Porno: del amateurismo a la crueldad



Naief Yehya



El género fuera de los géneros

El extraño episodio que se ha dado en llamar la edad de oro de la pornografía, tuvo lugar durante la década de los 70, cuando largometrajes sexualmente explícitos se estrenaban en las grandes pantallas de algunas de las ciudades más liberales del mundo. Estas cintas eran vistas por públicos diversos y no únicamente por engabardinados con intenciones masturbatorias. Como sabemos este fenómeno arrancó en serio en 1972 con la cinta Deep Throat, de Gerard Damiano, protagonizada por la recientemente desaparecida Linda Lovelace cuyo talento felatorio la convirtió durante 15 minutos en una celebridad planetaria.

En ese momento todo parecía indicar que la porno había conquistado un lugar respetable entre el resto de los géneros, que la asumiríamos como una opción más del cine legítimo. Pero el género orgásmico, también conocido como el tercero de los géneros corporales o géneros de las secreciones (junto con el horror, el género de la adrenalina, y el melodrama, el género lacrimógeno), nunca se estableció, volvió a la marginalidad y perdió su derecho a los grandes multicinemas. Pasó la moda en la que ir a ver cine porno era chic y sin necesidad de grandes actos de censura (que los hubo, pero finalmente no fueron responsables de su eventual implosión) el cine de la plomería genital volvió a su público natural, uno que más que apreciar valores de producción, grandes actuaciones y narrativas ingeniosas, se concentraba única y utilitariamente en los actos sexuales que decoraban la trama. La era de la porno en el cine culminó cuando el video casero fue conquistando mercados, universalizándose, tornándose omnipresente e invadiendo la intimidad doméstica. Súbitamente cualquiera con una videocasetera Betamax y una suscripción a un videoclub de mala muerte podía tener un cine porno privado en la seguridad del hogar, donde el peor riesgo era ser descubierto con los pantalones en los tobillos, sudando copiosamente frente a la escena del columpio de Behind the Green Door.

La etapa de normalización

La masificación y la imposibilidad de controlar a la videopornografía tuvo una consecuencia interesante. La industria del entretenimiento para adultos llegó a la conclusión de que en vez de seguir librando batallas contra la censura, los propios productores adoptarían un modelo semejante al tristemente célebre código Hays puesto en vigor por los grandes estudios hollywoodenses en 1930, un sistema de autocensura que mantendría al gobierno contento mientras no se exhibieran ciertas cosas aún consideradas tabú, como la paidofilia, la necrofilia y la tortura sexual, entre otras. La industria porno estadounidense aplicó estas normas, con lo que el contenido de violencia en la gran mayoría de los filmes disminuyó o por lo menos se mantuvo en un nivel bajo más o menos hasta la década de los 90.

Ilustraciones: Egon Schiele

El tono general de la mayoría de los productos provenientes del Valle de San Fernando (que constituye el grueso de la producción porno que se ve en el mundo) era moderado, digamos políticamente correcto, nada de agresiones, físicas o verbales, nada de sexismo, bestialismo ni racismo. ésta fue la era de lo que se llamaría "porno para parejas", un estilo hipercosmético, influenciado por la estética de Playboy y del softcore europeo. ésta es la pornografía de los cuerpos perfectos, musculosos, con redondos senos artificiales, bronceados, impecablemente depilados, despojados de granos e imperfecciones, pero también de las narrativas soporíferas que no podían soportarse ni con el botón de avance rápido apretado a fondo. Pero a pesar de que cada filme mostraba un repertorio relativamente amplio de prácticas sexuales, este tipo de videos comenzó a tornarse monótono, repetitivo y agobiantemente homogéneo. Ésta es la era en que las gigantescas empresas como Vivid y VCA se enriquecieron de manera prodigiosa, crearon su propio star system y cotizaban acciones en el mercado de valores de Wall Street.

La porno y el efecto del ciberespacio

Todo habría de cambiar brutal y rápidamente con el boom de Internet y su engendro predilecto, la pornografía en línea. Súbitamente cualquiera podía distribuir casi cualquier producto, además de que había un mercado planetario con capacidad de adquisición sin precedentes y una pasmosa deses-peración por propuestas eróticas novedosas. La red digital aparecía súbitamente como un delirante pozo sin fondo de perversidad al que millones deseaban tirarse de picada. De pronto las restricciones, límites y controles volaron en pedazos. Salvo la pornografía infantil y el snuff (género mítico en el que supuestamente una mujer o un hombre es asesinado en cámara durante el coito) todo se volvió permisible. Con un clic certero del mouse era posible desatar un auténtico desfile virtual de dominatrixes, juguetes sexuales, animales de la granja realizando actos insólitos y aventuras escatológicas que harían palidecer al propio Marqués de Sade. Aficiones antes consagradas a grupos reducidos de fanáticos se volvieron de golpe entretenimiento para las masas.

Esta atmósfera de caos y libertad dio lugar a una especie de revolución amateur de la porno, en la que los consumidores se transformaron en pornógrafos improvisados al armarse de cámaras de foto fija y de video. No podía haber mayor realismo que ver a los vecinos en pleno coito. Toda pretensión e ilusión salía volando desde los primeros close ups, cámara en mano, de barrigas peludas, senos flácidos, acné medieval y penes malamente retorcidos. Iniciaba así lo que parecía una era de igualdad pornográfica en la que desaparecían las jerarquías sexistas y las barreras formales que "excluían al espectador" mediante narrativas cerradas inspiradas en modelos hollywoodenses y puestas en escena por actores. Du-rante décadas la porno había seguido las fórmulas del filme musical en el que la historia se detenía al llegar a un número sexual (en vez de una escena de canto y danza) y tras el orgasmo continuaba la historia hasta el siguiente acto sexual. Las narrativas del cine porno, que conforman lo que conocemos como la pornotopia o utopía pornográfica, tomaban prestados elementos de todos los géneros fílmicos pero en esencia mantenían esta estructura punteada de escenas eróticas explícitas.

Rápido, barato y fuera de control

En la década de los 90 la búsqueda de nuevas alternativas para excitar al público (y para poder competir con pocos recursos contra empresas gigantes que invertían millones en sus producciones) engendró lo que hoy conocemos como el subgénero gonzo, el cual fue bautizado así por sus supuestas semejanzas con la manera efectista, directa y ríspida en que escribía el legendario periodista Hunter Thompson.

A lo largo de la historia de la porno ha habido incontables filmes que toman la forma de documentales y pretenden mostrar sexo de manera realista. En 1989 el actor de porno, Jaime Gillis, tomó una cámara de video y comenzó a filmar sus encuentros (supuestamente azarosos) con mujeres a las que convencía de tener relaciones sexuales. Gillis realizó entonces el primero de los videos On the Prowl, donde lo que se ofrecía era convertirnos en testigos-partícipes-cómplices, desde el punto de vista del narrador-guía-protagonista de actos supuestamente espontáneos. Las pretensiones de contar una historia eran sustituidas por entrevistas o pláticas que veíamos en primera persona con las mujeres que el narrador "encontraba" en las calles. Este turismo pornográfico, que algunos llaman pro-am pues en él participan profesionales y amateurs, tuvo un impacto enorme entre el público además de que apareció en el momento preciso en que la industria del porno, que generaba alrededor de 600 videos mensuales, no podía permitirse el lujo de invertir mucho en cada filme. Después del éxito de Gillis otros pornógrafos siguieron sus pasos, como John Stagliano, quien adoptó la personalidad de Buttman para salir a las calles a filmar mujeres y dejar a su paso una inmensa serie de videos realizados en diversas ciudades del mundo. Lamentablemente Stagliano atrapó un souvenir fatal en sus aventuras pues se infectó de Sida, aparentemente con un transexual en Brasil. Otro pornógrafo que se volvió extremadamente popular al filmar de manera semejante fue Ed Powers, quien otra vez mediante entrevistas y pláticas calenturientas seducía jóvenes novatas en su serie Dirty Debutantes y cazaba muchachas en la parada del autobús para su serie Bus Stop Tales. Muchos otros, tanto profesionales como improvisados, siguieron estos pasos para conformar la sórdida y ambigua identidad de la nueva porno.

La seducción de lo brutal

Los fetichismos más oscuros y extraordinarios competían por la atención de los cibernautas de manera indiscriminada pero entre la impactante diversidad de imágenes sexuales destacaba una amplia vertiente pornográfica violenta que desafiaba explícitamente los cánones morales dominantes en el género. En este tiempo el sexo anal comienza a volverse la condición sine qua non de la nueva porno, de manera semejante a lo que fue el sexo oral en los años 70. Pero si bien podía entenderse que el espectador buscara en los videos lo que no se le ofrecía en el lecho matrimonial, llamaba la atención el énfasis en la brutalidad, el ejercicio de la fuerza como elemento fundamental y central del acto sexual. La aparición de este fenómeno, su popularidad y aparentemente gran rentabilidad resulta en buena medida perturbador pues si bien podemos interpretarlo como una moda y como la reacción que provocó la semiabolición de un tabú, también podemos verlo como la triste confirmación de las visiones más sórdidas de las activistas antipornografía estadounidenses y sus seguidoras en el mundo, quienes aseguraban que la pornografía era la teoría y la violación era la práctica (Andrea Dwokin, dixit) y que pensaban que los hombres en realidad gozaban viendo escenas donde la mujer fuera degradada, mancillada, maltratada, herida y de ser posible asesinada.

En lo personal pienso que es tonta e ignorante la perspectiva que considera que el gusto y fetichismo masculino es monolítico. Siempre habrá quienes gocen haciendo gozar, así como habrá quienes quieran ser golpeados, amarrados o participar en los más diversos y estrambóticos rituales eróticos. Existen tantas variantes de las fantasías sexuales como existen personas en el mundo, cualquier generalización es ingenua o simplemente mentirosa. Muchísimos hombres sienten repugnancia e incluso malestar físico al ver porno violenta, algunas mujeres sin duda se sentirán estimuladas por ella. Pero lo que es importante es señalar que el papel de la fantasía en el imaginario no está directamente vinculado con las ideas de igualdad y justicia que podamos tener en el mundo real. Es decir que nuestros fetichismos son moldeados por una combinación de experiencias, predisposición, el entorno que nos rodea y probablemente hasta por elementos genéticos pero el hecho de desear ser víctima o victimario en una fantasía sexual no quiere decir que esperemos que algo semejante nos suceda en la vida cotidiana.

Y entonces apareció Max

Esta larga introducción es necesaria para hablar de fenómenos pornográficos como Max Hardcore, uno de los pornógrafos más reconocidos de la corriente de la pornografía brutal. Max, quien también ha usado los alias Rex Reamer, Video Paul y Sam Smythe, es un videasta nacido en Racine, Illinois en 1959, que ha producido series como The Adventures of Max Hardcore, Anal Vision, Cherry Poppers, Hardcore Schoolgirls y Max World. Antes de reinventarse como pornógrafo, Max Steiner o Paul Little (sus nombres verdaderos dependiendo qué biografía se lea) fue fotógrafo, albañil y chofer, pero al mudarse a California conoció al productor y director Bobby Hollander, quien lo introdujo al mundo de la pornografía. Max trabajó con él en una serie en la que el protagonista recorría Hollywood en una camioneta recogiendo "niñas en edad escolar" con las que tenía relaciones sexuales. Max impresionó a Hollander con su vulgaridad, sus jalones de cabellera y su estilo rudo. Al poco tiempo Max comenzó a hacer sus propios videos en los que pudo perfeccionar su talento para el abuso y donde parece siempre más interesado en experimentar con las más extremas posibilidades físicas de los cuerpos de las mujeres y con los límites de la elasticidad de la carne que con buscar cualquier tipo de placer.







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